TRABAJAR CON AMOR

By Archbishop Gomez
September 04, 2015
Source: Vida Nueva
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En una audiencia reciente, el Papa Francisco dijo: “Cuando hablamos de una persona seria y honesta, la cosa más hermosa que podemos decir es: ‘Es muy trabajador’, es una persona que trabaja”.

El Papa se explayó sobre el tema, explicando cómo el trabajo humano es parte de la intención de Dios desde el principio para la creación. El trabajo, dijo, “es propio de la persona humana. Expresa la dignidad de ser creados a imagen de Dios. Por lo tanto, se dice que el trabajo es sagrado”.

Es bueno meditar acerca de las palabras del Papa en estos días previos al Día del Trabajo, que celebramos el 7 de septiembre, y mientras seguimos con las reflexiones sobre la espiritualidad del trabajo que empecé en mi columna de la semana pasada.

Los evangelios nos dicen que Jesús trabajó durante la mayor parte de su vida adulta —hasta que tuvo alrededor de 30 años— como carpintero, igual que su “padre” terrenal.

De hecho, Jesús estaba tan identificado con su humilde profesión que cuando comenzó a predicar sus vecinos se sorprendieron. No podían creer que este hombre que conocían “solamente” como carpintero pudiera estar hablando con tanta autoridad.

En sus enseñanzas, Jesús con frecuencia usaba ejemplos del mundo del trabajo, de la industria y de las finanzas; y especialmente lo hacía en sus parábolas. Habló acerca de los agricultores que sembraban las semillas y recogían la cosecha, acerca de los trabajadores y sus salarios, de propietarios e inquilinos, de talentos e inversiones, de deudas y de pago de intereses.

Jesús hablaba en un lenguaje que la gente entendía, en un lenguaje que él mismo entendía desde su propia experiencia de ejercer su profesión. Y los primeros seguidores de Jesús eran propietarios de pequeños negocios.

Pedro y su hermano Andrés eran pescadores comerciales. Lo suficientemente exitosos —según los evangelios— como para poseer varios barcos y emplear a varios hombres. San Pablo se ganaba la vida como fabricante de tiendas. Entre los primeros conversos de Pablo estaba Lidia, una próspera y prominente mujer de negocios, comerciante en seda.

Jesús reveló que el trabajo humano es fundamental para la dignidad humana y para darle a nuestras vidas el sentido que Dios contempló en su plan.

El primer hombre y la primera mujer fueron bendecidos y recibieron un trabajo que hacer: cultivar y cuidar del mundo que Dios les dio.

Y las Escrituras nos enseñan que a través del trabajo que hacemos estamos llamados a continuar la obra de Dios en el mundo, la de construir a su familia en la tierra y la de reflejar su amor y su gloria en nuestras vidas.

El Papa Francisco dice: “La belleza de la tierra y la dignidad del trabajo deben estar unidos. Los dos van juntos: la tierra se vuelve hermosa cuando es trabajada por el hombre”.

Trabajamos para proveer para nuestras familias. Trabajamos, también, para tener algo que ofrecerles a nuestros hermanos y hermanas necesitados.

Pero Dios quiere también que nuestro trabajo sea una especie de culto, una ofrenda de amor a Dios, una manera de darle gracias y de alabarlo. San Pablo solía decir: “Cualquier cosa que hagan, háganla completamente para gloria de Dios”.

El Evangelio del trabajo que encontramos en las Escrituras y en las enseñanzas de Jesús se encuentra maravillosamente expresado en la Eucaristía.

En las oraciones que el sacerdote hace en la Misa, reconocemos que el pan y el vino son tanto el trabajo del hombre como el don de la creación de Dios. De este modo, le ofrecemos estos dones a Dios en acción de gracias y para alabanza y gloria de su nombre.

En cierto sentido, todo nuestro trabajo debería ser así, debería ser “eucarístico”. Deberíamos ofrecerle a Dios lo que hacemos, para su gloria y para servicio de nuestros prójimos.

Eso significa que nuestro trabajo debería hacerse siempre con amor y con una actitud de oración. “Ora y trabaja”, como solía enseñar San Benito.

Todo nuestro trabajo, incluso las tareas más pequeñas y menos notorias que hacemos durante el día, puede ser una “labor de amor”. Lo único que se necesita es hacer nuestro trabajo con la intención correcta, hacerlo todo para la gloria de Dios y para el servicio de los demás. Como la Beata Madre Teresa solía decir, debemos tratar de “realizar algo hermoso para Dios” en todo lo que hacemos.

A través de nuestro trabajo, Dios nos confía el maravilloso privilegio de compartir y de hacer progresar su obra de la creación y la obra de salvación de Cristo.

De modo que esta semana que celebramos el Día del Trabajo, pidamos la gracia de hacer de todo nuestro trabajo, un trabajo de amor a Dios y a nuestro prójimo.

Sigamos orando también por el Papa Francisco y por el éxito de su visita pastoral a los Estados Unidos, a finales de este mes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María, quien trabajó en el hogar de la Sagrada Familia, en Nazaret, que nos dé a todos una nueva apreciación del Evangelio del trabajo.

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