TERCER DOMINGO DE PASCUA

By Archbishop Gomez
April 14, 2016
Source: Vida Nueva
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Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo, 

Bienvenidos todos a la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles en este tercer Domingo de Pascua.

Especialmente damos la bienvenida a la familia de Cesar Chávez para la tradicional Misa en la que pedimos por él y damos gracias a Dios por su vida como uno de los grandes líderes de los derechos civiles en nuestro país. 

Igualmente, bienvenidos los líderes de la Unión de Campesinos (United Farm Workers), incluyendo a los que acompañaron a Cesar en su peregrinación histórica (penitencial) desde Delano hasta Sacramento hace ya 50 años! 

Queridos hermanos y hermanas, nuestro caminar de justicia es largo y seguimos todavía de camino. Su testimonio nos inspira a todos. Dios Nuestro Señor quiere que todos vivamos como hermanos y hermanas, todos hijos suyos queridísimos, con dignidad y libertad!

La primera lectura de la Misa de hoy me hizo pensar en César. Escuchamos a los Apóstoles diciendo: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”. Ésta era la misión de Cesar, y ahora es nuestra responsabilidad!

Oremos hoy para que sigamos caminando con el mismo espíritu de César, espíritu de paz, de rechazar la violencia y de entrega sacrificada. 

Oremos hoy por la dignidad de todos los trabajadores, en especial de los campesinos y de todos aquellos que siguen sufriendo por el incongruente y obsoleto sistema de inmigración. 

Estamos en el tiempo de Pascua que nos llena de esperanza ¡porque Jesús vive! Jesús ha resucitado de entre los muertos y camina con nosotros en nuestras vidas y en nuestro mundo. 

En el pasaje del Evangelio de hoy escuchamos uno de los eventos de los primeros días después de la Resurrección de Jesús.

Es siempre interesante notar que los eventos después de la Resurrección no son momentos públicos con mucha gente sino privados, de poca gente. 

Contrasta, por ejemplo, con la segunda lectura del Apocalipsis. Una gran celebración con ángeles y todas las criaturas. Así es en el Cielo, pero aquí en la Tierra no hay grandes celebraciones por la Resurrección de Jesús. ¡Interesante! 

Escuchamos en el Evangelio la normalidad de los siete discípulos pescando en la noche, casi al amanecer. Está oscuro y hace frío y se les aparece Jesús. No hay ángeles, ni nadie más glorificando a Dios, sólo siete personas pescando. Así es con Jesús, queridos hermanos y hermanas.

Pienso que es importante reflexionar sobre esto porque la sencillez de la Resurrección nos dice cómo es Jesús. Como actúa Dios en el mundo y en nuestras vidas.

Jesús viene a nuestras vidas personalmente. Quiere una relación personal con cada uno de nosotros. Él con nosotros, conmigo, contigo. Uno a uno, de corazón a corazón! 

Jesús viene adonde están trabajando. Después de la Resurrección ellos siguieron con su vida, trabajando, ganándose la vida, cuidando a su familia. Igual que lo que cada uno de nosotros vive. 

Ahí, en su trabajo, se encuentran con Jesús. En el mundo del trabajo, en la vida ordinaria, en lo de todos los días. Y así viene Jesús a nuestras vidas y nos habla como les habló a los Apóstoles esa mañana en el lago. 

Por eso los eventos de la Resurrección son privados, personales. Jesús vino a salvar a todo el mundo, persona por persona. Vino a salvar a la humanidad entera, pero vino a salvarte a ti y a mí personalmente. 

Increíble, pero verdadero! No hay amor más grande en el mundo que el Amor de Dios por cada uno de nosotros. ¡Es el amor misericordioso de Dios por ti y por mí! Increíble, pero verdadero! 

Jesús nos conoce personalmente. Conoce nuestra vida, nuestras alegrías y tristezas. Sabe qué hacemos y que estamos tratando de mejorar. 

Sabe lo más escondido de nuestros corazones. De hecho, nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Y así nos ama, nos quiere sin condiciones, con un cariño incondicional. 

¿Se fijaron también que en el Evangelio de hoy, los Apóstoles no habían pescado nada? Toda la noche y nada. Jesús les pregunta: “Muchachos, han pescado algo? Ellos contestaron: ‘No’”.

Y Él les dice, inténtenlo de nuevo. “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.”

Queridos hermanos y hermanas, así quiere tratarnos Jesús. Por eso, hemos de escuchar su voz en nuestra vida diaria, cuando estamos en el trabajo, en la escuela o en la casa con la familia. 

Jesús está siempre con nosotros. Nos acompaña siempre. Podemos hablar con Él cuando estamos bien o un poco frustrados; cuando las cosas no nos salen como queremos, cuando hemos estado ‘pescando’ toda la noche y no hemos pescado nada. Podemos preguntarle cómo y hacia donde tenemos que ‘echar las redes’.

Acordándonos que no sólo estamos trabajando para nosotros sino para edificar el Reino de Dios en la Tierra. 

Esa es también nuestra vocación. Nuestra misión es llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, nuestros contemporáneos, a encontrarse con Dios. ¡Siempre tratando de compartir con los demás el amor y la misericordia de Dios! 

Como todos sabemos, estamos viviendo el Año del Jubileo Extraordinario de la Misericordia convocado por el Papa Francisco.

El Papa Francisco nos dice que la Iglesia debe ser un “testigo creíble de la misericordia”. Y tiene razón. Sólo la misericordia puede ser creíble en un mundo que carece de ella.

A través de la práctica de las obras de misericordia mostramos el amor de Dios a los necesitados. Por medio de nuestro amor, mostramos a nuestra sociedad que nadie está fuera del amor y del cuidado de Dios.

Todos estamos aquí para servir. Todos estamos aquí para entregarnos a los demás. Todos estamos aquí para ayudarnos unos a otros a llevar las cargas que todos tenemos en esta vida.

Renovemos nuestro compromiso de trabajar por la justicia, por la dignidad de la persona humana que ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y que es nuestro hermano, nuestra hermana. 

Pidamos hoy la gracia de vivir con Jesús como los Apóstoles y como ellos seamos ‘testigos de Su Resurrección’, saliendo de nosotros mismos para servir a los demás y promover el valor de cada persona porque todos somos ‘hijos e hijas queridísimos de Dios’.

Damos gracias por la herencia de César Chávez y todos los que caminaron con él y trabajaron y siguen trabajando para hacer realidad su visión de una sociedad digna y justa. 

Y que nuestra Madre Santísima de Guadalupe nos siga bendiciendo, protegiendo con su manto y nos lleve a ser verdaderos discípulos de Jesús, testigos de su Resurrección y misericordia. Amén.

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