TENER HAMBRE DE SANTIDAD Y SED DE JUSTICIA

By Archbishop Gomez
March 22, 2014
Source: Vida Nueva
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Nuestro Congreso Arquidiocesano de Educación Religiosa del fin de semana pasado fue una gran celebración de fe.

¡Qué bendición tan grande tener a tantos miles de personas, procedentes de países de todo el mundo, que vinieron para aprender más acerca de nuestra fe católica y para ser renovados en su dedicación a la misión de la nueva evangelización de la Iglesia!

Me dio mucha alegría poder hablar con tantos de ustedes y celebrar la Eucaristía juntos. Fue una alegría especial participar en el Día de la Juventud en el Congreso y ver a tantos de nuestros jóvenes tan contentos de vivir y compartir su fe católica.

Estamos viviendo una hermosa primavera en nuestra Iglesia, al empezar un segundo año con nuestro Santo Padre el Papa Francisco.

Este es un tiempo para que todos nosotros profundicemos en nuestra conversión a Jesús y al camino de santidad que Él traza para nosotros. Como hemos estado reflexionando durante este tiempo de Cuaresma, Jesús nos invita a ser personas que vivan las Bienaventuranzas.

Las Bienaventuranzas nos enseñan el camino que Dios nos marca para encontrar la verdadera felicidad. Y sabemos que Dios nos creó para ser felices, para ser bienaventurados. Cada uno de nosotros ha nacido con este deseo de alcanzar la felicidad en nuestros corazones. Y sólo Dios puede satisfacer este deseo.

San Agustín dijo hace muchos siglos: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

Esto todavía es así; sólo Dios nos sacia.

El problema es que somos tentados por nuestra debilidad y por nuestra cultura a olvidar esta verdad. Muchas veces terminamos buscando la felicidad en lugares equivocados: en conductas y actividades que nos pueden entretener o darnos placer, pero que no pueden satisfacer los verdaderos anhelos de nuestro corazón.

Las Bienaventuranzas expresan ese “orden correcto” que Dios quiere para nuestras vidas. A través de las Bienaventuranzas, Él nos enseña lo que deberíamos desear y lo que deberíamos estar buscando en nuestras vidas; nos enseña a buscar aquello que verdaderamente nos puede hacer felices.

De modo que en la cuarta Bienaventuranza Jesús nos llama a tener hambre y sed de justicia.

Justicia no significa “perfección absoluta”, o que nunca nos equivoquemos. La Justicia, en las Escrituras, significa “lo correcto” o lo justo.

Las cosas son justas cuando son como Dios quiere que sean. Como esta Bienaventuranza indica, la justicia es algo que estamos llamados a tratar de alcanzar; no es algo que podamos aspirar a lograr en esta vida. La justicia es obra de Dios. Y estamos a la espera, como dijo San Pedro, del día en que Él traerá “una tierra nueva en la que morará la justicia”.

Buscar la justicia significa tratar de estar “bien” con Dios y “bien” con las personas que nos rodean. Significa también tratar de hacer que las cosas del mundo en que vivimos estén “bien”.

Es importante recordar que las Bienaventuranzas no son virtudes “privadas”, a pesar de que parecería que deben serlo.

Jesús nos llama a ser “pobres”, “mansos” y a ser de “los que lloran”. Estas son cualidades personales, rasgos de carácter. Pero Jesús nos llama a vivir estos aspectos de nuestra personalidad cristiana de manera que tengan consecuencias en nuestras relaciones personales y en nuestra misión en el mundo.

Él quiere que seamos pobres para que tengamos más que dar. Él quiere que “lloremos” en solidaridad con los que padecen la injusticia. Ser mansos significa vencer el mal con el bien.

De la misma manera, al llamarnos a tener hambre y sed de justicia, Jesús quiere que busquemos la santidad en nuestras propias vidas y la justicia en nuestra sociedad y en nuestro mundo.

Una vez más, Jesús es nuestro modelo para vivir las Bienaventuranzas. En los Hechos de los Apóstoles, se le llama “el Santo y el Justo”.

Y Él es aquél a quien estamos llamados a buscar. Hemos de tener hambre de Jesús, porque Él es el Pan de Vida. Hemos de tener sed de Él, porque de su corazón fluye agua viva.

En esta Bienaventuranza, Jesús nos está llamando a ser personas de grandes deseos. Personas que siempre busquen las cosas de arriba: la verdad, la belleza y las cosas más elevadas, de Dios. Personas que se estén esforzando siempre para que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo, para que todos en este nuestro mundo tengan lo que se merecen como hijos de Dios, creados a su imagen.

Este anhelo de santidad y del Reino de Dios es el verdadero camino a la felicidad que nuestro corazón desea.

Entonces, oremos unos por otros esta semana. Oren para que todos podamos crecer en nuestro deseo de Dios.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a tener hambre de santidad en nuestras vidas y sed de justicia para nuestro mundo.

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