SOBRE LAS óRDENES DEL PODER EJECUTIVO

By Archbishop Gomez
January 31, 2017
Source: Vida Nueva
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La semana pasada fue difícil. Es triste llegar a esto: a que el Presidente de Estados Unidos tenga que definir, con una orden ejecutiva, el significado preciso de la palabra “muro”.

La palabra “muro” implicará una pared física contigua u otra “barrera física” igualmente segura, contigua e infranqueable, de acuerdo a una de las tres órdenes ejecutivas emitidas la semana pasada con respecto a los inmigrantes y a los refugiados.

Lo primero que hay que decir es que parece que estas órdenes ejecutivas fueron elaboradas con demasiada premura. No parece haberse pensado suficientemente en su legalidad o en explicar su razón de ser, ni tampoco en considerar las consecuencias prácticas que tendrán para millones de personas de aquí y del resto del mundo.

Es cierto que las órdenes respecto a los refugiados no son una “prohibición contra los musulmanes”, como claman algunos manifestantes y medios de comunicación. De hecho, la inmensa mayoría de los países predominantemente musulmanes no se ven afectados por estas órdenes, incluyendo a algunos que tienen verdaderos problemas con el terrorismo, tales como Arabia Saudita, Pakistán y Afganistán.

Eso no hace que estas órdenes sean menos preocupantes. Detener la admisión de refugiados durante 90 o 120 días puede parecer que no es mucho tiempo. Pero para una familia que huye de una nación devastada por la guerra, por la violencia de los cárteles de la droga, o de los caciques que obligan incluso a los niños a enlistarse en el ejército, esto podría significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Y es un simple hecho de que no todos los refugiados son terroristas, y que los refugiados ni siquiera son la principal fuente de las amenazas terroristas a nuestro país. El ataque terrorista que ocurrió aquí en San Bernardino fue “casero”, llevado a cabo por un hombre nacido en Chicago.

Me agrada el hecho de que una de las órdenes implicará que nuestro país empezará finalmente a dar prioridad a ayudar a los cristianos y a otras minorías perseguidas.

Pero, ¿quiere Dios que nuestra compasión por la gente se detenga en las fronteras de Siria? ¿Vamos a decidir ahora que algunas personas no son dignas de nuestro amor porque tienen un color de piel diferente, o una religión diferente o porque han nacido en el país “equivocado”?

Como pastor, lo que me preocupa es que todo el enojo, la confusión y el miedo que resultaron de las órdenes de la semana pasada eran totalmente predecibles. Sin embargo, eso no parece haberles importado a los responsables de ellas.

Me preocupa que por querer mostrar firmeza y determinación, lo que estamos comunicándole al mundo es una dura indiferencia.

Actualmente, ninguna nación acepta más refugiados que Estados Unidos. Entonces, ¿qué tipo de mensaje le estamos enviando al mundo?

Esos momentos de nuestra historia de los que nos sentimos menos orgullosos -desde el Holocausto hasta las limpiezas étnicas de los años 80 y 90- han sido momentos en los que cerramos nuestras fronteras y nuestros corazones a los sufrimientos de personas inocentes.

Todos estamos de acuerdo en que nuestra nación tiene la obligación de asegurar sus fronteras y de establecer criterios con respecto a quiénes se les permite entrar y por cuánto tiempo se les permite permanecer. En un mundo posterior al 11 de septiembre, todos estamos de acuerdo en que hay personas dentro y fuera de nuestras fronteras que quieren hacernos daño. Compartimos una preocupación común con respecto a la seguridad de nuestra nación y a la salvaguarda de nuestros seres queridos.

Pero nuestro enfoque de todas estas cuestiones debe ser coherente con nuestros ideales. Estados Unidos siempre ha sido diferente, algunos hasta dirían, excepcional. Acoger a los inmigrantes y proteger a los refugiados ha sido siempre algo especial y esencial en relación a quiénes somos como nación y como pueblo.

Es cierto que estas nuevas órdenes sobre la inmigración requieren, en su mayoría, un volver simplemente a la práctica de hacer cumplir las leyes existentes.

El problema es que nuestras leyes no se han aplicado durante tanto tiempo que ahora tenemos a millones de personas indocumentadas que viven, trabajan, practican su culto y van a la escuela en nuestro país.

Eso incluye a millones de niños que son ciudadanos y que viven en un hogar cuyos padres son indocumentados. Estos niños tienen el derecho, como ciudadanos y como hijos e hijas de Dios, de crecer con cierta seguridad de que sus padres no serán deportados.

Estas nuevas órdenes no cambian el hecho de que nuestra nación requiere de una reforma verdadera y duradera por lo que respecta a nuestro sistema de inmigración. ¿Queremos verdaderamente entregarles el destino de millones de padres, madres e hijos a trabajadores sociales agobiados por el trabajo, dentro de un sistema de tribunales de inmigración insuficientemente financiados?

Una política de aplicación sola, sin una reforma del sistema subyacente, sólo se traducirá en una pesadilla de derechos humanos.

Como Iglesia, nuestras prioridades siguen estando del lado de nuestro pueblo. Continuaremos siguiendo el llamado de Cristo a través de nuestras parroquias, de nuestras organizaciones benéficas y de nuestras organizaciones de socorro.

Y repito, como lo he dicho antes, que lo más constructivo y compasivo que puede hacer nuestro gobierno en este momento es detener las deportaciones y la amenaza de deportaciones por lo que respecta a aquellos que no son criminales violentos.

Nuestra misión cristiana es clara: estamos llamados a escuchar el grito de los pobres, estamos llamados a abrir nuestras puertas al extranjero que toca, y a buscar el rostro de Cristo que viene a nosotros en el inmigrante y refugiado.

Por favor oren por mí esta semana, que yo estaré orando por ustedes.

Y que nuestra Santísima Madre María nos ayude a todos -y especialmente a nuestros líderes- a afrontar los desafíos que tenemos como una nación de inmigrantes bajo la mirada de Dios.

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