REDESCUBRIENDO EL ROSARIO

By Archbishop Gomez
May 17, 2014
Source: Vida Nueva
featured image


Mayo es el mes de María y el Rosario es la oración de María.

Es una oración sencilla, que muchos de nosotros aprendimos cuando éramos niños. Y a medida que vamos avanzando en edad, el Rosario crece con nosotros.

Sé que muchos de ustedes rezan el Rosario todos los días. Yo también lo hago. Me gusta mucho el Rosario y he tenido esta devoción desde hace muchos años.

Y sé que muchos de ustedes comparten mi propia experiencia, la de que el Rosario es diferente cada vez que lo rezo. Con cada año que pasa, esta oración me lleva a diferentes lugares de mi corazón y a diferentes lugares en mi contemplación de Jesús y de sus misterios.

El Rosario es la oración del discípulo, una oración del corazón que está hecha para rezarla mientras recorremos el camino de la fe, el camino del seguimiento de Jesucristo.

Ningún Rosario es igual a otro, aunque siempre estemos rezando con las mismas palabras y de la misma manera. Me es difícil describirlo, pero me parece que el Rosario es una oración que está perfectamente adaptada a la naturaleza del corazón humano y de la mente humana.

Las Ave Marías que repetimos con nuestros labios se convierten en una especie de música de fondo cuando somos elevados a la contemplación del misterio.

Al meditar sobre los misterios de la vida de Cristo, con frecuencia nuestra mente se aparta de las preocupaciones de nuestra propia vida —nuestras preocupaciones se transforman en oración por nuestras familias y amigos, por nuestro trabajo y por nuestro mundo— y luego volvemos a la consideración de las escenas del Evangelio.

Nuestra oración parece tan natural como la respiración. Nos detenemos en algunos pensamientos más que en otros. El tiempo parece ir más despacio y volverse parte del tranquilo ritmo de las Ave Marías. En el curso de la oración, por momentos nos vamos fijando más en determinada palabra o grupo de palabras.

La repetición de las Ave Marías en el Rosario es como una letanía de amor. Me recuerda aquella escena de Pascua en la que Jesús le pregunta a San Pedro tres veces: “¿Me amas?”.

Como bien sabemos, las palabras “Te quiero”, no son palabras que digamos sólo una vez a los que amamos.

Más bien, les expresamos nuestro amor una y otra vez, muchas veces y de muchas maneras cada día. Así que cada Ave María que repetimos en el Rosario es como un “Te quiero” que le estamos diciendo a Jesús y a María, que es su madre y nuestra madre.

El Rosario nos dice que podemos estar tan cerca de Jesús como lo está María, que podemos vivir para Jesús como María lo hace.
Y en el Rosario, estamos aprendiendo a mirar a Jesús de la manera que María lo miró.

Las escenas que pasan ante nuestros ojos en los misterios gozosos, dolorosos, luminosos y gloriosos son, todas ellas, escenas que María vio con sus propios ojos. Los Evangelios nos dicen que María “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

De manera que la oración de María es una oración de recuerdo en la que hacemos memoria de las palabras de Jesús y de su ejemplo presente y vivo, meditando estos misterios hasta que llegan a llenar y moldear nuestro propio corazón.

San Pablo nos enseña a orar sin cesar y a buscar pensar según la manera de pensar de Cristo. Él habla de que Cristo mora en nuestros corazones y de que se está formando dentro de nosotros. Todo esto va sucediendo cuando rezamos el Rosario.

A través de la contemplación de la vida de Cristo, vamos siendo atraídos a la comunión con Él. A medida que vamos repitiendo las palabras del ángel en el Ave María, su promesa a María se va cumpliendo en nuestras propias vidas. Vamos siendo inundados de la gracia de Dios y el Señor está con nosotros.

A través de la repetición del Rosario diario, los patrones y las virtudes de la vida de Cristo se van imprimiendo en nuestros corazones.

Con los misterios gozosos, aprendemos acerca de su humildad. A través de los misterios luminosos, compartimos su celo por llevar la luz de Dios al mundo. En los misterios dolorosos, aprendemos que el amor implica sacrificio. Y en los misterios gloriosos, crece nuestra confiada esperanza del cielo.

¡Qué hermosa oración! ¡Es bastante sencilla como para que la rece un niño y, sin embargo, tan profunda que nos puede llevar hasta el corazón de Cristo e introducirnos en las profundidades de su Evangelio!

Así que esta semana, en que estamos a mitad de este mes de María, busquemos redescubrir el tesoro espiritual del Rosario. Es la oración de los santos. Y debe ser la oración de todo católico que quiera seguir el camino de Jesús e identificarse cada vez más con Él.

Esta semana, recemos todos un Rosario —o por lo menos una decena del Rosario— por la intención de la familia y por la paz.

Y pidámosle a Nuestra Madre Santísima que nos ayude a rezar el Rosario con un nuevo espíritu de fe y de amor, tanto en nuestras familias como en nuestras parroquias y en nuestros corazones.

Back to Top