¡QUE VIVA EL BEATO OSCAR ROMERO! ¡QUE VIVA NUESTRA SEñORA DE LA PAZ! ¡QUE VIVA EL SALVADOR!

By Archbishop Gomez
March 31, 2015
Source: Vida Nueva
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(Nota del editor: La siguiente es una adaptación de la homilía del arzobispo en una Misa especial celebrada en honor a la vida y al testimonio del Arzobispo Oscar Romero, que tuvo lugar el 22 de marzo, en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. El Papa Francisco declaró que Monseñor Romero fue mártir y que será beatificado en El Salvador, el 23 de mayo.)

En la providencia de Dios, el hermoso y desafiante pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar es el mismo Evangelio que fue proclamado en la última Misa celebrada por el arzobispo Oscar Romero, hace 35 años esta semana.

Y al igual que nosotros, Monseñor Romero escuchó la promesa de Jesús:

En verdad, en verdad les digo
que si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
seguirá siendo sólo un grano de trigo;
pero si muere, dará mucho fruto.
El que ama su vida, la perderá;
pero el que aborrece su vida en este mundo
la conservará para la vida eterna.

Después de escuchar este Evangelio, Monseñor Romero dio una breve homilía, en la cual dijo:

“No hay que amarse tanto a sí mismo como para evitar involucrarse en los riesgos de la vida que la historia exige de nosotros. … Pero el que por amor a Cristo se entrega al servicio de los demás, vivirá, como el grano de trigo que muere. … Sólo al morir producirá fruto. … El que ofrece su vida por amor a Cristo, y en el servicio a los demás, vivirá como la semilla que muere”.

Sólo unos pocos minutos después de haber dicho esas palabras, se murió Monseñor Romero, con el corazón traspasado por la bala que un asesino disparó hacia él, justo cuando estaba ofreciendo los dones del pan y el vino en la Sagrada Eucaristía.

Monseñor Romero fue ciertamente un mártir que murió por dar testimonio de la fe cristiana. Pero él no será beatificado por la manera en que murió. Será beatificado por la manera en que vivió.

Él va a ser beatificado porque el testimonio de su vida es un espléndido ejemplo para todos nosotros.

Sé que él es una fuente de inspiración para muchos de ustedes. También lo es para mí en mi ministerio, por su humildad y valor, por su amor a los pobres y por su testimonio de solidaridad y de servicio a los demás, hasta el punto de entregar su vida.

Así como el grano de trigo que muere, su vida ha producido una cosecha abundante de frutos de amor, paz y justicia. Ha surgido una nueva generación comprometida con su visión de una sociedad nueva, la sociedad que Dios quiere, una sociedad en la que los bienes sean compartidos por todos, no sólo por unos pocos.

La vida de Monseñor Romero fue un peregrinar en compañía de su pueblo. Él sirvió a su pueblo con el amor de un pastor, con el amor de un padre.

Monseñor Romero fue el pastor de un pueblo inmerso en una pobreza extrema y en una radical desigualdad. Vivió en una época de terror y represión, en la que se introdujo una nueva palabra en el vocabulario cotidiano de la gente: “desaparecido”.

Él caminó con su pueblo durante ese oscuro tiempo de tristeza y de miedo, viviendo y trabajando con ellos, y compartiendo sus dificultades.

Él dijo: “Mi responsabilidad como pastor me obliga a vivir en solidaridad con todos los que sufren, y a hacer todos los esfuerzos posibles por proteger la dignidad de las personas”.

El testimonio de Monseñor Romero nos recuerda que la Iglesia Católica –en todo tiempo y en todo lugar— es siempre una Iglesia peregrina, que recorre el camino de Jesús, y siempre acompaña al pueblo de Dios.

Él nos hizo ver que la Iglesia existe por una única razón: llevar adelante la misión de Jesús, es decir, su misión de evangelizar y de salvar al mundo. Y esa misión significa que la Iglesia debe ser siempre la voz de los sin voz, debe ser la defensora de los pequeños y los débiles; debe ser una fuerza para el amor y la verdad, para la dignidad y la justicia, sirviendo a los pobres y manifestando la misericordia de Dios a todos los que sufren.

El Arzobispo Romero predicó la no violencia y la reconciliación en un tiempo de odio y de venganza. Él habló en contra de toda forma de violencia, de todo lo que atenta contra la santidad de la vida y de la dignidad de la persona humana. No solo se refería a la violencia política y a la represión, sino que frecuentemente hablaba también sobre la violencia del aborto.

Apenas ocho días antes de que lo asesinaran, Monseñor Romero dijo: “Nada es tan importante para la Iglesia como la vida humana, como la persona humana, especialmente la vida de los pobres y de los oprimidos. … Jesús dijo que cualquier cosa que se le haga a los pobres, se le hace a él”.

Al acompañar a su pueblo en su pobreza y opresión, al mirar el rostro de los pobres y de aquellos que eran torturados y maltratados; al ver el rostro de los niños que no tenían nada para comer, Monseñor Romero descubrió el rostro de Jesucristo.

Y el camino que emprendió Monseñor Romero es el camino que cada uno de nosotros, como cristianos, estamos llamados a recorrer.

Cada uno de nosotros está llamado a seguir a Jesús a nuestra propia manera y a acercarnos a nuestros prójimos necesitados. Cada uno de nosotros está llamado a buscar el rostro de Dios en el rostro del pobre, del inmigrante, del prisionero, del enfermo, del hambriento, del que sufre soledad.

Entonces, sigamos adelante en su memoria. Y, como él lo hizo, sigamos a Jesús con alegría, con amor y gratitud. Llevemos el mensaje de amor y de misericordia del Evangelio a todos los rincones de nuestro mundo.

Como él lo hizo, vivamos movidos por el amor a Jesús y entreguémonos al servicio de los demás. Que nuestras vidas produzcan mucho fruto en este mundo y para la vida eterna.

Y en este día especial, pidámosle a la patrona de El Salvador, a Nuestra Señora de la Paz, que proteja a sus hijos que viven en esa tierra nombrada en honor de nuestro Salvador.

Que ella los guíe para que puedan vivir la libertad, la justicia y la paz por las que el Beato Oscar Romero entregó su vida.
¡Que viva el Beato Oscar Romero! ¡Que viva Nuestra Señora de la Paz! ¡Que viva El Salvador!

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