PENTECOSTéS Y LOS DONES DEL ESPíRITU

By Archbishop Gomez
June 06, 2014
Source: Vida Nueva
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Este domingo celebramos la gran fiesta de Pentecostés y el final del Tiempo Pascual.

Además de nuestra celebración de Pentecostés el domingo por la mañana a las 10 a.m., en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, este año tendremos también una Misa especial el domingo por la tarde, a las 3 p.m., en la Catedral, en la que estarán presentes todos los “movimientos eclesiales” que representan la hermosa diversidad de dones espirituales en nuestra Arquidiócesis.

Así que espero que ustedes puedan unirse a nosotros cuando hagamos memoria del “cumpleaños” de la Iglesia al celebrar la efusión del Espíritu Santo, y nos volvamos a comprometer con nuestra misión como discípulos.

Pentecostés es una ocasión para todos nosotros de renovar nuestra devoción al Espíritu Santo. Es un momento para abrir nuestro corazón más plenamente a la realidad del Espíritu en nuestras vidas y en nuestro mundo.

Como bien sabemos, el Espíritu Santo es el don de Dios, el amor personal de Dios derramado en nuestros corazones por el Bautismo, “impreso” y fortalecido en nosotros por el sacramento de la Confirmación, y renovado en nosotros por la Eucaristía.

Los primeros cristianos hablaban de que eran templos del Espíritu Santo, de que el Espíritu de Cristo habitaba en sus corazones por la fe.

Nosotros hemos de pedirle al Espíritu Santo que nos dé esta misma conciencia de que nuestra vida cristiana es una vida que vivimos con Cristo en su Espíritu. El Espíritu Santo es el “alma” de nuestra identidad y misión como cristianos. Tenemos, entonces, que pedirle al Espíritu que fortalezca sus dones en nosotros, para que podamos llevar a cabo nuestra misión.

Como sabemos, en el Bautismo recibimos los siete dones del Espíritu Santo.

Dios nos da el don de entendimiento para iluminar nuestras mentes con las hermosas verdades de nuestra fe cristiana. Él nos da el don de sabiduría para que lo busquemos a Él por encima de todas las cosas y lo pongamos en “primer lugar” en todo lo que hagamos.

El don de ciencia nos permite reconocer las bendiciones de Dios en torno nuestro en su creación. El don de consejo o de buen juicio nos ayuda a tomar las decisiones correctas y a cumplir los mandamientos de Dios.

Dios también nos da el don de piedad, o reverencia, para que podamos amarlo con el amor confiado de un niño. Él nos da el don de la valentía o fortaleza para que podamos hacer frente a los desafíos y tentaciones que enfrentamos en nuestra fe diaria.

Por último, el Espíritu nos da el don de temor de Dios, que es el don de maravillarnos y asombrarnos ante el amor y el poder de Dios, para ayudarnos a evitar las ocasiones de pecado y las tentaciones causadas por nuestras debilidades.

Necesitamos hacernos más conscientes de la presencia del Espíritu, no sólo de sus dones y acciones dentro de nuestras almas, sino también de su actividad en nuestro entorno, en el mundo.

El mundo se ve diferente cuando nos damos cuenta de que el Espíritu de Dios mora dentro de nosotros y de que está trabajando en el mundo. Cuando sabemos esto, las cosas toman un matiz diferente y tenemos una actitud nueva.

El Espíritu Santo nos muestra que existe riqueza y dignidad en nuestra vida humana. ¡Somos hijos de Dios! Somos hermanos y hermanas de Jesucristo. Por su gracia podemos conocer su amor y su amistad; podemos ser como Él.

El Espíritu nos lleva a ver el mundo con más claridad, con más precisión. Empezamos a ver las cosas como Jesús las ve. Empezamos a tener su “corazón” para comunicarlo al mundo.

Cuando somos guiados por el Espíritu vemos toda la bondad y la belleza que hay en el mundo, vemos la imagen de Dios en los demás. Tenemos también una compasión nueva, un nuevo sentido de las necesidades de la gente y de sus sufrimientos. Así como también de nuestra responsabilidad de amar a los demás por amor a Dios.

Los dones del Espíritu nos son dados para cumplir nuestra misión cristiana. Así como el Espíritu llamó a los apóstoles el día de Pentecostés, nos llama hoy a cada uno de nosotros para dar testimonio de Jesús, para dar a conocer a Jesús a los demás, para anunciar la buena nueva de su amor y salvación a través de nuestras acciones y palabras.

Sigamos orando unos por otros esta semana. Y pidámosle al Espíritu Santo que nos ayude a responder con amor y obediencia a todas sus inspiraciones en nuestras vidas.

Este fin de semana también tenemos que orar de manera especial por la paz en Tierra Santa. Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, invitó a los presidentes de Israel y Palestina al Vaticano el domingo, para orar con él por la paz.

Entonces, pidámosle al Espíritu que guíe su encuentro y fortalezca los lazos de unidad y amistad entre los pueblos de la Tierra Santa y en todo el Medio Oriente.

Y pidámosle a Nuestra Madre Santísima que nos ayude a que la alegría y la paz de Pentecostés sean el fundamento de nuestra manera de actuar, de nuestro modo de pensar, y de nuestra manera de vivir.

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