LOS JUEGOS OLíMPICOS DEL ESPíRITU

By Archbishop Gomez
February 23, 2018
Source: Vida Nueva
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He estado apartando tiempo todos los días para ver los Juegos Olímpicos de Invierno de PyeongChang.

La habilidad y la determinación de los atletas son sorprendentes. Al ver el patinaje artístico, el snowboard y otros deportes, es increíble darse cuenta de que el cuerpo humano es capaz de hacer tales hazañas, tan llenas de fuerza y de belleza.

Y, mientras veo los Juegos, me pongo a reflexionar acerca de los años de entrenamiento y sacrificio diario que se requieren para llevar a estos atletas al escenario mundial. Y me acuerdo de esa frase de la Iglesia primitiva: “La gloria de Dios es la persona humana, viva en plenitud”.

¡Todos nosotros fuimos creados para esta gloria, para esta plenitud de vida! Cada persona tenemos un destino trascendente escrito en nuestro ser y guiado por la mano amorosa de Dios. Los primeros cristianos llamaron a este destino con diferentes nombres: santidad, participación de la naturaleza divina, llegar a ser santos.

En esos primeros días de la cristiandad, se consideraba que el misterio de Dios obraba en cada uno de nosotros: se pensaba que nacer era solo el principio; que ser creado a imagen de Dios implica una “trayectoria” para nuestras vidas; que estamos destinados a crecer y perfeccionarnos, a llegar a ser una nueva creación.

Por más logros que hayamos alcanzado como especie humana, desde el atletismo hasta la ciencia, la tecnología y las artes, estamos todavía empezando a valorar lo que significa haber sido creados a imagen y semejanza de Dios.

Pero al ver la grandeza de nuestros logros en el entrenamiento de nuestros cuerpos y en la transformación del mundo natural, creo que podemos ver lo que es posible para el espíritu y para el alma del ser humano.

En sus cartas, San Pablo con frecuencia compara nuestra vida cristiana con una competencia atlética, haciendo referencia a los deportes —como correr, boxear y luchar— que llegarían a formar parte de los Juegos Olímpicos.

Como los atletas lo hacen, San Pablo nos dice que debemos fijarnos metas y tener un plan de entrenamiento para acondicionarnos y fortalecernos. Requerimos de disciplina, abnegación y paciencia. Y hemos de mantener nuestra motivación, teniendo los ojos siempre fijos en el premio del cielo y de la vida eterna.

“¿Qué no saben que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo uno gana el premio?”, les escribió San Pablo a los Corintios. “¡Corran de manera que lo consigan! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible”.

Ésta es una cultura de los medios de comunicación, y yo me pregunto si estos días no pasamos demasiado tiempo como “espectadores”, viendo a los grandes atletas, actores y actrices. Lo que vemos en nuestras pantallas es solamente el “producto terminado”. Nunca vemos todos los años de trabajo arduo, de entrenamiento y práctica que se requirieron para desarrollar sus habilidades.

Y me pregunto: ¿Acaso todo este tiempo dedicado tan solo “a mirar” no nos debilita y nos vuelve más pasivos? ¿Es algo que refuerza en nosotros la idea de que sólo las personas excepcionales pueden hacer cosas excepcionales?

La Cuaresma sería un buen momento para que cuestionáramos ese esquema. Tal vez podemos tratar de “hacer” más y de “mirar” menos.

¿Qué tal si aceptáramos el reto que San Pablo nos hace, de “entrenarnos con dedicación” y “correr con fortaleza la prueba que se nos presenta… fijos los ojos en Jesús?”.

Imagínense si nos entrenáramos como atletas olímpicos, desplegando la misma energía y la misma dedicación total a nuestra vida espiritual. ¿Qué tal si nuestro objetivo no fuera “el oro” sino llegar a la santidad para la que Dios nos creó a cada uno?

No hay Olimpiadas del espíritu. La santidad es una competencia que se desarrolla dentro de nosotros mismos, en nuestras luchas diarias por superar nuestro egoísmo y por volvernos hombres y mujeres llenos de amor, compasión, amabilidad, humildad y paciencia.

Los atletas entrenan sus músculos para trabajar de ciertas maneras, repitiendo las mismas tareas y ejercicios una y otra vez hasta que lo hacen correctamente, hasta que la habilidad se vuelve como algo “connatural” para ellos.

La santidad para la que Dios nos ha creado requiere también de un nuevo sistema de pensamientos y de vida, de un nuevo enfoque del mundo. Eso significa desarrollar en nuestra vida buenos hábitos y acabar con los malos.

El amor es el buen hábito que debemos adquirir. Es algo que requiere de práctica porque por naturaleza somos egoístas, buscamos nuestra propia comodidad y nuestra propia ventaja. Y, como con todo buen hábito, nos vamos llenando de amor mediante la repetición de actos de amor. Así que tenemos que practicar hasta que seamos perfectos.

Las disciplinas espirituales de la Cuaresma, el ayuno, la oración y la limosna, tienen como fin fortalecernos a través de la abnegación, apartándonos de las metas egocéntricas, enseñándonos a buscar la voluntad del Padre para nuestras vidas y a vivir para su gloria y para su reino.

Esta semana, al ir avanzando juntos en nuestro viaje por la Cuaresma, oren por mí. Yo estoy orando por ustedes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a correr la carrera que tenemos ante nosotros y a mantener nuestros ojos fijos en el premio: en esa vida nueva de gozo que Dios quiere para nosotros.

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