'LE DISTE A TUS HIJOS UNA BASE SóLIDA PARA SU ESPERANZA'

By Archbishop Gomez
July 26, 2014
Source: Vida Nueva
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La siguiente es una adaptación de la homilía del Arzobispo durante la Misa Anual de Reconocimiento a todos los Inmigrantes en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, que tuvo lugar el 20 de julio, después de la cual, miles de personas formaron una fila en el interior de la Catedral, para venerar las reliquias itinerantes de Santo Toribio Romo.

Santo Toribio Romo fue un buen hermano y un buen hijo. Fue un sacerdote santo y un mártir de Jesús. Y en el cielo ahora, él es un amigo y protector de los inmigrantes y de los pobres.

Así que es un hermoso símbolo de lo que esta celebración anual conmemora.

En esta Santa Misa, celebramos el espíritu de inmigración que le da vida a nuestro gran país y a nuestra gran ciudad. Nos reunimos ahora, en oración y esperanza, como nos lo recuerda el tema de nuestra reunión, que la primera lectura de la Misa de hoy destaca: “Le diste a tus hijos una base sólida para su esperanza”.

Como todos sabemos, esta tierra fue construida sobre la base de la sangre, el sacrificio y la inspiración de los misioneros y los inmigrantes de toda raza, lengua y nación.

Así que hoy damos gracias por todos esos hombres y mujeres que dejaron los lugares en los que nacieron para llevar su fe y sus valores, sus talentos y dones con el fin crear una nueva vida y un nuevo mundo aquí en Estados Unidos.

Y también le damos gracias a Dios por el espíritu de nuestros nuevos inmigrantes, los que se están uniendo a nosotros cada día para ser nuestros vecinos, amigos y miembros de nuestra familia.

Sin embargo, al reunirnos nuevamente este año, somos también conscientes de que existen verdaderos problemas en nuestra tierra. Hay muchas cosas que no marchan bien en nuestra ciudad y en nuestro país.

Año tras año, un número mayor de nuestros conciudadanos parece estar perdiendo la fe en el espíritu propio de Estados Unidos; un número mayor parece estar perdiendo su fe en el espíritu de inmigración que es lo que le confiere grandeza a este país.

En Estados Unidos, nuestros corazones y nuestras manos siempre han estado abiertos para acoger al extranjero y al refugiado. Pero ya no estamos actuando de manera tan acogedora.

Sé perfectamente que el día de hoy todos nosotros estamos pensando en las decenas de miles de niños que han estado cruzando nuestras fronteras, enviados por sus padres, que están tratando de salvarlos de la pobreza y de la violencia de sus países de origen. ¡No me puedo imaginar cuánta tristeza y desesperación les debe ocasionar a aquellos padres y madres el tener que tomar una decisión de ese tipo!

Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, dijo esta semana que nos encontramos ante una verdadera “emergencia humanitaria” con estos niños no acompañados. El Papa Francisco tiene razón. Y ante esta emergencia, nuestro primer deber ha de ser proteger a estos niños.

Hermanos y hermanas míos, lo que estamos haciendo por estos niños como Iglesia no es asunto de política. Todos lo sabemos. Tiene que ver más bien con nuestra identidad de católicos.

La Iglesia del Sur de California siempre ha abierto sus puertas para recibir a los refugiados y a los inmigrantes.

Pero no lo hacemos porque seamos “trabajadores sociales” o “gente buena”. Lo hacemos porque así estamos siendo fieles a nuestra identidad y a nuestro deber como católicos. Lo hacemos porque Jesús nos llama a hacerlo.

En la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar en esta Santa Misa, Jesús nos dice que el Reino de Dios es un misterio. Que es algo pequeño y oculto a nuestros ojos. Nos dice que el Reino es como una semilla que se encuentra bajo la tierra. No podemos verla, pero sabemos que está viva y creciendo.

¡Y el mensaje de esta parábola de hoy es que Dios tiene todo bajo control!

¡Dios tiene el timón de nuestro mundo y de nuestras vidas! Jesús nos dice que Dios es justo. Dios es fiel a sus promesas y es fiel a cada uno de nosotros, porque Dios cuida de cada uno de sus hijos.

Así que nosotros tenemos que permanecer también fieles a Dios. Tenemos que permanecer fieles a su Palabra y al llamado que nos hizo a cada quien en la vida.

No importa lo que se interponga en nuestro camino, tenemos que estar conscientes que su Reino viene y creer firmemente en ello. Su Reino va creciendo poco a poco y día con día, a pesar de que no podemos verlo, y a pesar de que tengamos que enfrentar la oposición y la incomprensión.

Jesús nos ha dado a cada uno de nosotros una misión, hermanos y hermanas míos. Tenemos la misión de ayudar a que el Reino de Dios crezca.

Y el Reino de Dios crece con cada acto de amor, con cada acto de ternura y bondad que hacemos hacia alguien en necesidad.

Hay una hermosa frase en esa primera lectura que escuchamos esta tarde, tomada del libro de la Sabiduría, del Antiguo Testamento. Estoy seguro de que se fijaron en ella. Decía:

¡Los que son justos debe ser amables!

Hemos de recordar eso, hermanos y hermanas míos. En nuestro trabajo por la justicia, en nuestro trabajo por la dignidad humana, hemos de ser amables. Hemos de ser misericordiosos y nuestros corazones y nuestras acciones han de estar llenos de caridad. Especialmente hacia aquellos que no nos comprenden y hacia aquellos que se oponen a nosotros.

Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco dice que tenemos que ayudar a las personas a cambiar sus corazones y sus actitudes hacia los inmigrantes. Él dice que tenemos que ayudarles a superar la indiferencia y el miedo, para que puedan extender sus manos con ternura y comprensión a quienes lo necesiten.

Así que vamos a orar por esa intención el día de hoy, en esta Eucaristía.

Pidamos que podamos tener el valor de seguir a Jesús -tal como lo hizo Santo Toribio- sin detenernos en las dificultades, y amando a Dios y a nuestros hermanos y hermanas.

Con el ejemplo de nuestra bondad, enseñémosle a nuestros prójimos la manera de ser más amables. Con el ejemplo de nuestra hospitalidad, enseñémosle a nuestros prójimos la manera de tener compasión por los demás.

Entretanto, sigamos orando y trabajando por una reforma migratoria. La reforma migratoria es un asunto que concierne a la vida y a la familia. Y, es una cuestión que concierne a nuestras almas como católicos y como estadounidenses.

Necesitamos una reforma migratoria que mantenga unidas a las familias, que les conceda derechos a los trabajadores, y que ofrezca un camino generoso hacia la ciudadanía.

Oremos unos por otros y por nuestros líderes. Pidámosle a Dios que podamos redescubrir nuestra capacidad de cuidar unos de otros y de estar cercanos a los demás en sus sufrimientos. Pidamos que se nos conceda una mayor ternura y comprensión hacia nuestras familias y niños inmigrantes, y especialmente hacia los jóvenes que han venido a nuestro país en los últimos meses.

Y que la Virgen de Guadalupe y Santo Toribio nos ayuden a seguir construyendo el Reino de Dios, a seguir trabajando por un mundo mejor, en el que haya más justicia, más inclinación a compartir, más misericordia y amor, porque Dios nos ha dado a nosotros, sus hijos, una base sólida para nuestra esperanza.

¡Viva Santo Toribio Romo! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Cristo Rey! Amén.

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