LA NAVIDAD Y EL AMOR DE DIOS

By Archbishop Gomez
December 31, 2014
Source: Vida Nueva
featured image


Jesús vino a este mundo como un niño vulnerable y dependiente.

Se hizo pequeño para que lo pudiéramos amar, para que pudiéramos levantarlo, tenerlo entre nuestros brazos y cuidar de Él, así como María y José lo estrecharon entre sus brazos aquella primera noche de Navidad, en Belén.

Jesús se quiso transformar en un pequeño niño para que nosotros pudiéramos saber lo valioso que cada quien es para Dios. En esta Navidad le pido a Dios por todos nosotros, para que podamos darnos cuenta de la realidad del amor que Dios nos tiene a cada uno.

La revelación de la Navidad es que Dios es nuestro Padre amoroso.

¡Nuestro Padre! Para entender el amor de Dios, hemos de saber que somos sus hijos. ¡Hijos de Dios! Él los ama a ustedes y me ama a mí, a cada uno con un amor personal, así como un buen padre ama a sus hijos e hijas.

Jesús nos enseñó que cada cabello de nuestra cabeza está contado. Que cada niño nace con un ángel que vela por él o ella en el cielo. Que Dios se preocupa por todos y aun por nuestras necesidades más pequeñas.

Dios sólo quiere lo mejor para sus hijos, para ustedes y para mí. No hay sacrificio que no haga para que podamos ser felices y vivir en paz. Él irá a cualquier extremo para buscarnos, para traernos de nuevo a Él, incluso al extremo de enviar a su Hijo unigénito para sufrir y morir por nosotros.

Al mostrarnos el rostro misericordioso del Padre celestial, Jesús reveló que toda vida es sagrada y preciosa y que tiene un propósito en el plan amoroso del Padre para el mundo.

Este fue un mensaje radical en aquel entonces, y es un mensaje radical ahora.

Sigo pensando que, para mucha gente, tal vez ésta sea la verdad cristiana más difícil de aceptar. Si el universo es tan vasto, ¿cómo es posible que Dios pueda conocerme y cuidarme a mí? ¿Cómo puedo ser “alguien importante” para Dios cuando estoy viviendo en este gran mundo anónimo en el que no soy nadie para casi todos los demás?

Suena demasiado bello para ser realidad. Pero Jesús nos enseñó que así es. Antes de que el mundo fuera creado, Dios sabía el nombre de cada uno de nosotros, y tenía un plan para nuestras vidas.

Esta es la promesa de la Navidad. Y es al mismo tiempo una invitación dirigida a cada uno de nosotros, una invitación a vivir una nueva vida como hijos e hijas de Dios.

El saber que somos amados por Dios debería liberarnos de nuestros miedos, de nuestro orgullo y egoísmo. El ser conscientes de su amor debería llenarnos de alegría cada día, y debería cambiar todo para nosotros: como nos relacionamos con Dios y con los demás, como nos vemos a nosotros mismos y como entendemos nuestro lugar en el mundo.

¿Cómo sería si verdaderamente creyéramos que somos amados, que somos queridos, que somos necesarios para Dios? ¿Qué tal si viviéramos verdaderamente cada día como si el Creador del universo nos amara con un amor de padre, como si cada persona que encontramos fuera amada al igual que nosotros, y también tuviera un papel que desempeñar en los elevados propósitos del amor de Dios?

Entonces, al prepararnos para la Navidad, oremos unos por otros, para que podamos abrir nuestros corazones al amor de nuestro Padre.

Él quiere nuestra alegría, nuestra felicidad, y podemos encontrar esa felicidad cuando permanecemos cerca de Jesús. De ahí procede nuestra felicidad, de estar con Dios, de estar cerca de Jesús, experimentando su amor y su presencia en nuestras vidas.

Jesús se hizo Hijo de María para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Y como hijos de Dios estamos llamados a continuar la misión de Jesús en el mundo, la misión de su Iglesia, de su familia.

La Navidad es también una invitación a renovar nuestro sentido de propósito y de pertenencia a la Iglesia.

La Navidad nos llama nuevamente a transitar por los caminos de este mundo con Jesús, en compañía de nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia, a vivir como Jesús, es decir, con bondad, compasión y una amable comprensión para con todos.

La misión que comenzó en la Navidad continúa en ustedes y en mí.

El saber que somos amados por Dios nos debería incentivar a compartir ese amor con los demás a través de obras de misericordia y actos de justicia, buscando el Reino que Dios quería para sus hijos, un mundo en el que nadie es extranjero, en el que todos son bienvenidos y queridos y nadie es descartado o marginado.

Les pido que recen por mí durante este tiempo santo y les aseguro de mis oraciones por ustedes y sus familias.

¡Feliz Navidad!

Que nuestra Santísima Madre María, la Madre de Jesús y Madre de cada uno de nosotros, nos ayude a todos a conocer el amor de Dios nuestro Padre, que llega hasta nosotros en la Navidad.

Back to Top