LA MISERICORDIA ES LA PREGUNTA Y LA RESPUESTA

By Archbishop Gomez
December 18, 2015
Source: Vida Nueva
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El domingo 13 de diciembre tuve el privilegio de abrir la puerta santa de la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles para marcar el inicio de este Año extraordinario Jubilar de la Misericordia.

Una puerta se abre como señal de bienvenida y hospitalidad. Y en este Año de la Misericordia, Dios está abriendo ampliamente la puerta de la salvación, acogiendo a todos a su casa, a su familia, a la Iglesia.

Cada uno de nosotros tiene que pasar por esta puerta de la misericordia. Este Año de la Misericordia es una nueva oportunidad para que todos nosotros busquemos y redescubramos la misericordia de Dios.

Nuestra vida cristiana debe ser una vida de continua conversión a Dios; una conversión que se dé cada día, año tras año, que nos lleve a profundizar en nuestro amor a Dios y en el compromiso que implica ser sus discípulos. Y la conversión siempre tiene un nuevo comienzo cuando nos damos cuenta de la misericordia y el amor de Dios en nuestras vidas.

Por lo tanto este es un año importante para la Iglesia. Pero es también un año importante para el mundo.

Hace ya casi una generación, San Juan Pablo II escribió: “La mentalidad de hoy en día, más aún tal vez que la de la gente del pasado, parece oponerse al concepto un Dios misericordioso, y de hecho tiende a excluir de la vida y a eliminar del corazón humano la idea misma de la misericordia”.

Desgraciadamente, creo que esto es aún más cierto en nuestros días.

En un mundo en el que parece que la guerra y la violencia son constantes, en un mundo que nos enfrenta diariamente con la realidad de la pobreza espiritual y material, con la injusticia y con el sufrimiento humano, muchos no encuentran la “evidencia” de un Dios misericordioso, no encuentran la “prueba” de que la creación esté siendo conducida por una mano amorosa.

Y conforme va disminuyendo la creencia de la sociedad en la misericordia de Dios, vemos que la idea de la misericordia se va perdiendo también en nuestra vida pública. Lo vemos en algunas de las declaraciones de los políticos y en los medios de comunicación respecto a ciertos temas; parece que nos estamos volviendo más fríos y duros en nuestro idioma, más temerosos y menos indulgentes. ¿Nos estamos transformando, como lo sugirió San Juan Pablo, en un pueblo sin misericordia?

Este es uno de los retos fundamentales de la nueva evangelización: proclamar la misericordia de Dios a una sociedad sin misericordia, a corazones que parecen haber olvidado la idea misma de la misericordia.

En mi opinión, la misericordia es la pregunta de nuestros tiempos y es al mismo tiempo, la respuesta.

La gente de nuestro tiempo quiere saber si la misericordia es real y, si lo es, dónde pueden encontrarla.

Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, nos dice que la Iglesia debe ser un “testigo creíble de la misericordia”. Y tiene razón. Sólo la misericordia puede ser creíble en un mundo que carece de ella.

Eso significa que la misericordia de Dios en nuestra vida debe volverse un llamado para que nosotros practiquemos la misericordia hacia los demás, para que seamos misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso.

Puesto que creemos en su misericordia, tenemos que vivir de esa misericordia, y tenemos que hacer que su misericordia sea algo real en la vida de los demás.

Jesús reveló la misericordia de Dios con palabras de instrucción, de consejo, de consuelo y aliento; la reveló al orar por las personas y al perdonarlos, al sobrellevar los insultos y humillaciones con paciencia.

Estas son las siete tradicionales obras de misericordia espirituales que Jesús nos pide practicar a cada uno de nosotros en nuestras vidas.

Él también nos llama a practicar las siete obras de misericordia corporales, como Él lo hizo: dar de comer al hambriento y de beber al que tiene sed; proporcionar un techo al que carece de él, vestir al desnudo; visitar a los enfermos y a los que están en la cárcel; enterrar a los muertos.

Como el Catecismo nos lo recuerda, las obras de misericordia tradicionales de la Iglesia son, todas ellas, obras de “amor a los pobres”.

Y cada año por estas fechas, nuestras parroquias ofrecen muchas expresiones hermosas de las obras de misericordia que practicamos para con los pobres. Aquí, en la Catedral, tenemos el programa Adopt-A-Family [Adopta una familia].

Durante más de 25 años, este programa ha ayudado a cientos de familias que viven en las zonas más pobres de Los Ángeles, proporcionándoles bienes materiales y ayuda espiritual, y haciendo presente la misericordia de Dios en el mundo.​

Al empezar este Año de la Misericordia, oremos unos por otros. Que todos nosotros que formamos parte de la Iglesia redescubramos las obras corporales y espirituales de misericordia, y que encontremos maneras de hacer que la misericordia sea el hilo conductor de nuestra vida, que nos lleve a ser buenos y misericordiosos con nuestros hermanos y hermanas como Dios es bueno y misericordioso con nosotros.

Sólo la misericordia es una respuesta creíble a las preguntas de nuestro tiempo.

Pidámosle a la Santísima Virgen María que nos ayude a proclamar que la misericordia de Dios es real y a mostrarle a la gente de nuestro tiempo que la misericordia se puede encontrar en dondequiera que haya un cristiano.

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