LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO ESTá ESCRITA CON LA SANGRE DE LOS MáRTIRES

By Archbishop Gomez
March 11, 2016
Source: Vida Nueva
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Siempre me sorprende que justo el día después de la alegre fiesta de Navidad, la liturgia de la Iglesia haga memoria del primer mártir, el diácono San Esteban. Y casi cada semana a lo largo de todo el año, nuestra liturgia hace memoria del testimonio de alguna persona que ha derramado su sangre a causa de su seguimiento a Jesús.

Los mártires son un testimonio para nuestra conciencia. Nos recuerdan que Jesús nos llama a seguirlo sin buscar concesiones, y que podemos llegar a enfrentarnos a la intolerancia, a la discriminación e incluso a la violencia por creer en su nombre.

Lamentablemente, el testimonio cristiano de la sangre perdura continuamente en el mundo de hoy.

La semana pasada, en Yemen, cuatro religiosas de las Misioneras de la Caridad, la comunidad fundada por la Madre Teresa, fueron asesinadas cuando -quienes se sospecha que eran musulmanes radicales- atacaron su hogar para ancianos pobres.

Estas hermanas habían sido advertidas de que se las iba a atacar, pero se negaron a abandonar a los pobres a quienes servían. En base a relatos de testigos, se les escogió para asesinarlas. Un sacerdote salesiano de la India, que se había estado alojando con las hermanas desde que su Iglesia fue incendiada en septiembre, fue secuestrado durante el ataque.

El domingo, el Papa Francisco dijo que las hermanas eran “mártires de hoy en día”, que “derramaron su sangre por la Iglesia”.

Dijo también que fueron víctimas, no sólo de sus atacantes, sino también de la “indiferencia” del mundo con respecto a la persecución de los cristianos.

El Papa ha estado diciendo esto desde hace varios años. Y tiene razón.

La violencia y la tortura son el precio cotidiano del discipulado para los cristianos de todo el mundo actual, pero muy especialmente en el Medio Oriente. Y la comunidad mundial -los líderes del gobierno, las autoridades internacionales, los medios de comunicación y por desgracia incluso las Iglesias locales- no parecen preocuparse por ello.

Recientemente agregué mi nombre a una petición en la que se solicita que nuestro gobierno declare que la situación de los cristianos en Irak y Siria es un “genocidio”.

Y no hice esto a la ligera.

Está claro que lo que el llamado Estado Islámico le está haciendo a los cristianos y a otros grupos minoritarios en Irak y Siria corresponde a la definición que al respecto hacen las Naciones Unidas: violencia y asesinato con “la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”.

El Papa Francisco y los Obispos de Estados Unidos ya han definido las atrocidades que enfrentan los cristianos en el Medio Oriente como “una forma de genocidio”.

El Estado Islámico ha expulsado a más de 150 mil cristianos, tan sólo de Irak.

La violencia en contra de los cristianos es tan sistemática como salvaje: los líderes de la Iglesia son asesinados, los creyentes son asesinados en una escala masiva; existe la tortura, el secuestro con fines de extorsión, la violación sistemática y la esclavitud sexual de mujeres y niñas cristianas; hay conversiones forzadas al Islam, se destruyen las Iglesias, monasterios y cementerios y hay robo de casas y negocios de familias comunes y corrientes.

Todo esto ha sido documentado por grupos religiosos y agencias internacionales independientes.

No podemos imaginarnos una realidad así, pero es algo verdadero. La presencia cristiana puede llegar a ser eliminada algún día de esas tierras en las que brilló por primera vez la luz de la fe. Y es inimaginable e inconcebible que nuestro gobierno -junto con la mayoría de los gobiernos del mundo occidental- haya guardado silencio ante la persistencia de este martirio.

La designación política de “genocidio” tiene sus implicaciones. En primer lugar, está describiendo la verdad. Lo que les está sucediendo a los cristianos en el Medio Oriente es un crimen contra la humanidad, que clama a Dios.

Es más, una designación de genocidio es un llamado moral, dirigido a la comunidad internacional a detener la violencia y a castigar a los responsables. Les da también un estatus especial a los cristianos que huyen de la persecución; les da el derecho de ser tratados como refugiados, y de reclamar sus hogares y sus propiedades una vez que se ponga fin a la violencia.

Les hago un llamado apremiante a que se unan a mí en esta petición, que ha sido encabezada por los Caballeros de Colón. Los Caballeros han dado siempre un hermoso testimonio de compasión y misericordia hacia la Iglesia perseguida. Han aportado más de 5 millones de dólares para la asistencia directa a los cristianos de Irak, Siria y otros lugares.

En estos días de Cuaresma, en que recordamos el camino de la Cruz que nuestro Señor recorrió por nuestra redención, oremos por los cristianos de Medio Oriente que están sufriendo su propia y lenta crucifixión en la tierra en la que nació nuestro Salvador.

No podemos permitir que ellos sean olvidados, ni en nuestras oraciones ni en nuestro apoyo de su causa. Como parte de nuestros sacrificios cuaresmales, ofrezcamos oraciones y ayunos por la Iglesia perseguida. Y demos limosnas para ayudarlos por medio de los Caballeros de Colón #Christians At Risk initiative.

Y así, unidos, hagamos un llamado apremiante al Congreso, para que trabaje más por detener el genocidio de nuestros hermanos y hermanas en la fe.

Que nuestra Santísima Madre María le dé esperanza a los que sufren, y a nosotros nos dé el valor para defender su causa como propia y apoyarlos con nuestra solidaridad y nuestro amor.

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