LA ALEGRíA SACERDOTAL ES UNA ALEGRíA MISIONERA

By Archbishop Gomez
October 11, 2014
Source: Vida Nueva
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Es hermoso ver a cientos de sacerdotes felices y relajados, riendo y simplemente disfrutando el pasar un tiempo juntos. Es muy hermoso presenciar esto. ¡Y puede ser muy ruidoso también!

Tuve esta maravillosa experiencia el lunes, en la Catedral, cuando los sacerdotes de la Arquidiócesis se reunieron para el Día Presbiteral anual.

Más de 600 de nuestros sacerdotes se reunieron para una tarde informal de compañerismo, conversación, oración y reflexión.

Para mí, fue un día feliz. Un día para celebrar nuestra hermandad y amistad como sacerdotes. Como sacerdotes, no seguimos al Señor de manera solitaria. Con nuestros hermanos sacerdotes, seguimos a Jesús en nuestros ministerios y en el servicio a los fieles, haciendo uso de todos nuestros dones, nuestras diferentes personalidades, nuestras diferentes maneras de pensar y ver las cosas.

Y en el tiempo que pasamos juntos, ¡vi tantos signos de alegría sacerdotal!

La vocación al sacerdocio es un llamado a la alegría. La alegría sacerdotal no significa que los sacerdotes no tengan problemas o experimenten reveses y sufrimientos. La vida del sacerdote es rica y exigente, y requiere que invirtamos toda la fuerza y compromiso que le podamos ofrecer a Dios y a nuestros fieles. Y eso es lo que nos llena de alegría.

El sacerdocio es un camino de alegría porque caminamos con Jesús y con el pueblo de Dios. Encontramos nuestra alegría en el amor que llevamos en el corazón y en compartir ese amor con los fieles.

El Papa Francisco nos ha dicho que la alegría sacerdotal es una alegría misionera.

“La alegría sacerdotal está profundamente ligada al pueblo santo y fiel de Dios, porque es una alegría eminentemente misionera”, dice él. “Nuestra unción tiene por objeto ungir al pueblo santo y fiel de Dios: para bautizarlo y confirmarlo, sanarlo y santificarlo, bendiciéndolo, reconfortándolo y evangelizándolo”.

Esta es una hermosa expresión de lo que significa ser sacerdote, pues nuestro ministerio está totalmente entretejido con la vida de nuestros fieles.

¡Nuestros sacerdotes son un gran regalo y una bendición en nuestras vidas! Espero que todos ustedes tengan la costumbre de rezar cada día por los sacerdotes. Esto es muy significativo. Ellos merecen nuestras oraciones de gratitud y nuestras expresiones de apoyo.

No es fácil llegar a ser un sacerdote “ideal”. Pero tenemos la bendición de tener a muchos buenos sacerdotes que se esfuerzan por crecer en santidad y que viven al servicio de la familia de Dios aquí en Los Ángeles. También es una bendición que tengamos a tantos que viven con mucha sencillez y según un estilo misionero, y que tratan de esforzarse por profundizar su devoción y su relación personal con nuestro Señor en la oración.

Cuando pido por los sacerdotes en mis oraciones diarias, con frecuencia pienso en las hermosas palabras que san Pablo dirigió a sus Iglesias, “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por sus almas”.

¡Así habla un sacerdote! A veces nos olvidamos de que San Pablo y los demás apóstoles eran sacerdotes antes que cualquier otra cosa.

De manera que deberíamos agradecer a los sacerdotes por todo lo que nos entregan diariamente: por enseñar a nuestros hijos, por cuidar a los enfermos y moribundos, por salir al encuentro de los necesitados, por alimentarnos y sanarnos con los sacramentos, y por toda la misericordia y el amor de Cristo.

Este mes estamos celebrando por primera vez las fiestas de los Papas recientemente canonizados, San Juan XXIII y San Juan Pablo II.

Celebraremos la fiesta de San Juan XXIII este fin de semana, el 11 de octubre, fecha que fue elegida por ser el aniversario del día en que él inauguró el Concilio Vaticano II en 1962. La fiesta de San Juan Pablo II es el 22 de octubre, el aniversario del inicio de su pontificado.

Estos dos nuevos santos fueron buenos sacerdotes, pastores y líderes dedicados al servicio, que nos mostraron con sus enseñanzas y su ejemplo la manera de encontrar la felicidad y la alegría, abriendo nuestros corazones a la voluntad de Dios y al Espíritu Santo.

Entonces, esta semana sigamos rezando unos por otros. Recemos también por nuestros sacerdotes, y busquemos maneras de mostrarles nuestra gratitud, y de apoyarlos en su ministerio.

También les pido que por favor tengan presentes en sus oraciones al Papa Francisco y a los obispos del Sínodo de la Familia, ahora que el Sínodo está a punto de entrar en su última semana.

Pidamos que, con el Espíritu Santo, la Iglesia pueda encontrar nuevas maneras para anunciar el Evangelio de la familia en nuestros tiempos, para que nuestro mundo pueda ver el gran don que es la familia como escuela de amor, de cuidado mutuo y de humanidad.

Y encomendemos a todas nuestras familias al amor maternal de la Santísima Virgen María.

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