HISTORIA Y SUFRIMIENTO EN TIERRA SANTA

By Archbishop Gomez
May 24, 2014
Source: Vida Nueva
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Esta semana, nuestro Santo Padre, el Papa Francisco hace su primer viaje a Tierra Santa.

Su peregrinación nos recuerda que nuestra fe cristiana tiene sus raíces en la historia y en la geografía de esa tierra que fue santificada porque Dios alguna vez recorrió sus caminos.

Nuestra fe es única entre todas las religiones del mundo.

Como cristianos, creemos que en cierto momento y en determinado lugar, Dios bajó del cielo y se hizo hombre. Inclusive se le identificaba por el pueblo en que creció; era conocido como Jesús de Nazaret.

El Credo que profesamos tiene sus raíces en este recuerdo. Creemos, como un artículo de nuestra fe, no sólo que Jesús tuvo que sufrir y morir, sino que tuvo que sufrir y morir “bajo el poder de Poncio Pilato”. En otras palabras, durante los años específicos en que Poncio Pilato fue prefecto de Judea, que era una provincia del Imperio Romano.

La visita del Santo Padre se cimentará en esta historia. Él celebrará la Misa en Belén, el lugar donde nació Jesús. Y va a orar en el Santo Sepulcro, que fue donde Jesús fue enterrado.

El Papa Francisco sabe que esta tierra es sagrada, y no sólo para los católicos, sino también para las religiones del Judaísmo y del Islam.

Para simbolizar esto, viajará con dos viejos amigos y colaboradores de los días en que vivió en Buenos Aires: un rabino, y un líder musulmán.

Depositará flores en la tumba de Theodor Herzl, para honrarlo a él, el fundador del Estado de Israel.

Y en el Santo Sepulcro, se unirá en oración con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, para resaltar la antigua unidad de la fe cristiana.

Estos gestos de amistad ecuménica e interreligiosa son importantes en este momento de la historia porque actualmente, en la tierra en que nació Jesús y a lo largo y ancho de las tierras donde su Iglesia primero creció y floreció, la fe cristiana está siendo atacada.

A principios del siglo pasado, los seguidores de Jesús conformaban el 20 por ciento de la población de Oriente Medio. Actualmente, los cristianos son menos del 5 por ciento.

En algunos países es un delito usar un crucifijo al cuello o llevar una Biblia en público. Los cristianos son acosados, golpeados, sus iglesias destruidas. Hay secuestros de sacerdotes y clérigos, y “conversiones” forzadas bajo amenaza de muerte.

El día de Navidad, más de tres docenas de católicos fueron asesinados en ataques con bombas en Bagdad mientras participaban en la Misa Hace un par de semanas, se informó que dos cristianos fueron crucificados en Ma’loua, un antiguo pueblo cristiano de Siria.

Lo que hace que esta persecución sea más dolorosa es que, al actuar así, los perseguidores dicen estar motivados por su creencia en Dios. Pero como lo ha dicho el Papa Francisco, el Dios vivo es un Dios de misericordia y de amor y “decir que se puede matar en nombre de Dios es una blasfemia”.

Así que el Papa irá esta semana a Oriente Medio llevando ahí un mensaje de paz, respeto mutuo y tolerancia hacia todas las religiones y todos los pueblos.

Y al orar por su peregrinación, es importante para nosotros renovar nuestro sentido de solidaridad con la Iglesia universal. La Iglesia católica es mucho más que la parroquia a la que pertenecemos o que la Iglesia de nuestra Arquidiócesis o de nuestra nación. La palabra “católico” significa “que abarca el todo”, o “universal”.

Ante la persecución contra los cristianos en el Medio Oriente y en todo el mundo, tenemos que comprometernos a orar diariamente por aquellos que están sufriendo y dando su vida por su fe en Jesús.

Tenemos que permitir que su sufrimiento toque nuestros corazones. No podemos ser indiferentes. Ellos son miembros de nuestra familia, son nuestros hermanos y hermanas.

Todos somos hermanos y hermanas dentro de la familia de Dios. Pero también somos ciudadanos de una nación que fue fundada sobre los principios de la libertad religiosa y de la libertad de conciencia. Entonces, tenemos que presionar a nuestro gobierno para que haga que estas cuestiones se vuelvan una prioridad en nuestra relación diplomática con otras naciones.

En un mundo marcado por el aumento del secularismo por un lado, y del fanatismo religioso por el otro, hemos de insistir en que la libertad de conciencia es un derecho humano fundamental.

Entonces, esta semana, oremos por el Santo Padre. Y oremos por la Iglesia en Tierra Santa y en todo el Oriente Medio.

Y oremos unos por otros para que podamos intensificar nuestra identidad como cristianos. Y habiendo tantos que están dando testimonio de Cristo con su sangre, honremos su sacrificio, viviendo nuestra propia fe con valor y alegría.

Y pidámosle a Nuestra Madre Santísima, la Reina de los mártires, que sea Madre de todos aquellos mártires —conocidos y desconocidos— cuya sangre es la semilla de la Iglesia.

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