HEMOS SIDO BENDECIDOS CON MUCHAS NUEVAS VOCACIONES

By Archbishop Gomez
August 19, 2016
Source: Vida Nueva
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Les estoy escribiendo esto el 15 de agosto, en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María; y es también el aniversario de mi ordenación sacerdotal, que recibí en 1978.

Éste es siempre un día de gran alegría para mí.

En este día, doy gracias por mi madre y por mi padre. Yo llegué a conocer el amor de Dios a través de su testimonio y de su ejemplo. Su felicidad y su amor despertaron en mí el deseo de seguir a Jesús y de entregarle mi vida a él. En este día también doy gracias por la gran cantidad de sacerdotes que fueron una inspiración para mí a lo largo de los años por la manera en la que vivían su vocación con alegría, y por su amor a la Eucaristía.

Esta semana marca también el inicio del año académico para muchos hombres que se están preparando para ser sacerdotes en el Seminario St. John y en la Casa Juan Diego.

Es un buen momento para que le demos gracias a Dios. En los últimos años, él ha bendecido a sus hijos de esta Arquidiócesis con muchos nuevos y excelentes sacerdotes y con nuevas vocaciones.

Este año ordenamos para Los Ángeles a nueve nuevos sacerdotes y a siete diáconos transitorios que se convertirán en sacerdotes el próximo año; ordenamos también a dos diáconos transitorios que van a ir a prestar su servicio en Uganda.

Por la gracia de Dios, actualmente tenemos 93 seminaristas que se están preparando para ser sacerdotes en Los Ángeles. Hay 67 en St. John, 25 en la Casa Juan Diego y uno que está estudiando en el Seminario Hispano de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Ciudad de México. En total en St. John hay 114 hombres de Los Ángeles, de otras 11 diócesis y de dos comunidades religiosas.

Realmente no se puede “aprender” a ser sacerdote; no es algo como aprender cualquier profesión u ocupación ordinaria. La preparación para el sacerdocio requiere la formación de la mente y del corazón, del intelecto y del espíritu. Es un trabajo espiritual que consiste en formar el alma para una vida que se ha de vivir en compañía de Jesucristo y al servicio de su misión.

Al igual que muchos de ustedes, he estado viendo los Juegos Olímpicos estas últimas dos semanas. La habilidad y el celo de los atletas es algo emocionante e inspirador. Me maravilla su disciplina y entrenamiento y los años de sacrificio que invierten preparándose para estas competencias.

La formación para el sacerdocio se parece de alguna manera a eso. Empieza con una decisión de vivir de una forma totalmente nueva, para poder lograr un nuevo objetivo, un nuevo propósito para nuestras vidas. Para alcanzar ese objetivo se requiere dedicación, sacrificio y una práctica diaria y paciente cuyo objetivo es el dominio del propio cuerpo, mente y espíritu.

En el caso del sacerdote, este entrenamiento implica la Misa diaria y la oración interior, así como también el hacer “horas santas” ante Jesús en el Santísimo Sacramento. Requiere el estudio de las enseñanzas, la teología y las tradiciones de la Iglesia; el aprendizaje sobre la naturaleza humana y las necesidades de la gente, y sobre la conformación de la sociedad en la que vivimos. Implica, de igual modo, el aprender a vivir con otros en comunidad. También hay experiencia práctica, adquirida a través del ministerio pastoral y del servicio en las parroquias.

Así como en el entrenamiento deportivo, la formación sacerdotal requiere también de “entrenadores”, de “formadores” y de mentores. Este es el trabajo del seminario. Siempre hemos tenido una rica tradición académica y una excelente facultad de profesores y de personal. En estos últimos años, hemos seguido haciendo que nuestra facultad y los programas del Seminario St. John y de la Casa Juan Diego crezcan y se fortalezcan.

El “oro” que estamos buscando para nuestros sacerdotes es éste: un corazón consagrado a Dios y una vida que esté conformada con la de Jesucristo. El sacerdote es un hombre de Dios, lleno de alegría porque conoce el amor y la misericordia de Dios. Es un hombre que ahora vive solo para Dios, con una pasión de misionero para difundir el amor y la misericordia de Dios a lo largo y ancho del mundo.

Siempre he sentido una asociación entre mi propia vocación al sacerdocio y la Asunción de María.

María era una joven sencilla y humilde que fue elegida por Dios y llamada para la grande y noble tarea de llevar a Jesucristo al mundo.

En cierto modo, su historia es la historia de toda vocación, y su misión es la misión de todo sacerdote. Nadie “decide” ser sacerdote. La elección de Dios es el fundamento de toda vocación y cada sacerdote vive su vida en respuesta a este llamado. Él llega hasta nosotros y nos eleva para servirlo a él y a la familia de Dios.

Tal vez a eso se deba que el sacerdote rece la oración de María todos los días: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… porque ha mirado la humildad de su esclava.”
Oren por mí esta semana, y yo estaré orando por ustedes.

Y juntos, sigamos orando por nuestros sacerdotes y seminaristas y para pedir más vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

¡Que nuestra Santa Madre María obtenga para nosotros muchas y santas vocaciones!

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