HAY QUE PONERLE FIN A LA PENA DE MUERTE EN CALIFORNIA

By Archbishop Gomez
September 23, 2016
Source: Vida Nueva
featured image


Dentro de la votación de este 8 de noviembre en California se encuentra la Propuesta 62.

Esta propuesta derogaría la pena de muerte en nuestro estado y haría que la cadena perpetua sin libertad condicional fuera la pena máxima que pudiera ser impuesta por delitos de asesinato.

Mis hermanos obispos y yo estamos apoyando este esfuerzo en la Conferencia Católica de California.

Es hora de ponerle fin a la pena de muerte, y no sólo en California, sino en todo Estados Unidos y en todo el mundo.

La Iglesia Católica siempre ha enseñado que los gobiernos legítimos tienen el derecho de imponer la pena de muerte a los que son encontrados culpables de los crímenes más graves. Esta enseñanza ha permanecido constante durante siglos, tanto en las Escrituras, como en los escritos de los Padres de la Iglesia y en las enseñanzas de los papas.

Pero en los últimos años, ha surgido un creciente consenso de que el uso de la pena de muerte ya no puede ser aceptado. Este consenso se refleja en el Catecismo de la Iglesia Católica, en las enseñanzas de las conferencias episcopales de todo el mundo y en las enseñanzas de Juan Pablo II, del Papa Benedicto XVI, y ahora del Papa Francisco.

En su última visita a nuestro país en 1999, San Juan Pablo dijo que la pena de muerte era algo “cruel e innecesario”. Y es cierto.

La razón de esto es que toda vida es sagrada y que toda persona tiene una dignidad que le viene de Dios. Esto es cierto tanto en el caso de los inocentes como de los culpables. Es cierto incluso en el caso de las personas condenadas por los delitos más violentos.

La Iglesia se ha opuesto siempre al aborto y a la eutanasia ya que implican la eliminación directa y voluntaria de seres humanos inocentes. Obviamente, la pena de muerte es diferente. Los que son culpables de crímenes violentos no son inocentes.

Pero la oposición a la pena de muerte permite también dar testimonio acerca de la santidad de la vida. Estamos hablando de que incluso la vida de los que son más pecadores y culpables es preciosa para Dios y no debe ser suprimida a manos de otros.

La pena de muerte niega el plan de misericordia y justicia de Dios. Viola la dignidad de la persona condenada y la priva de la oportunidad de cambiar su corazón y de hacer reparación por sus crímenes.

Al buscar ponerle fin a la pena de muerte, de ningún modo estamos olvidando a las víctimas del crimen ni a sus seres queridos, sino que los confiamos al Padre de las misericordias y le rogamos que les conceda la sanación y la paz.

Pero reconocemos que matar a un criminal no hace justicia a las víctimas. Nuestro país tiene maneras mucho más eficaces de aplicar la justicia a los asesinos y de proteger a la sociedad de los criminales violentos.

En lugar de condenarlos a muerte, como cristianos, deberíamos orar por su conversión y favorecer su rehabilitación y restauración definitiva dentro de la sociedad.

En el caso de algunos criminales, esto nunca será posible. Sus corazones están demasiado dañados, se han vuelto demasiado crueles y endurecidos. Pero sabemos que la conversión y el arrepentimiento son obra de Dios y no nuestra.

Nos vemos alentados por el testimonio de santos como Santa Teresa de Lisieux a seguir orando y trabajando por la conversión de los que están esperando que se les aplique la “pena de muerte” Sabemos que la vida le pertenece sólo a Dios y creemos que no hay ninguna persona que no pueda ser tocada por la misericordia de Dios y transformada por su amor.

La Iglesia no está cambiando su enseñanza. Los gobiernos siempre tendrán la justificación de recurrir a la pena de muerte si es necesaria para llevar a cabo su tarea de garantizar el orden social. Lo que la Iglesia está pidiendo con insistencia al gobierno es que aplique la discreción, enfocándose más bien en mostrarse misericordiosa como un tributo a la santidad de la vida humana y a la posibilidad de que cada persona puede encontrar la redención y la rehabilitación.

En esto, estamos siguiendo las huellas de algunos de los grandes doctores de la Iglesia antigua, tales como San Ambrosio y San Agustín. En su tiempo, ellos también insistieron ante las autoridades gubernamentales para que éstas mostraran misericordia en los casos de pena capital.

Y, por supuesto, tenemos el testimonio de Jesucristo, que perdonó a la mujer sorprendida en adulterio, lo cual era un crimen que, en aquel tiempo, implicaba una sentencia de muerte obligatoria.

Otra cosa que he estado pensando es que tenemos un extraño apetito por la violencia en nuestra cultura popular. Les permitimos a los niños jugar con videojuegos violentos y escuchar música que degrada la dignidad humana. Por “entretenimiento”, vemos películas y programas de ficción en los que los criminales acaban con la vida de otras personas y cometen acciones espantosas.

En este contexto cultural, no veo de qué manera la pena de muerte pueda expresar ya nunca más el valor último de la sociedad para la vida humana. En este contexto cultural, la pena de muerte sólo puede funcionar como un asesinato más.

En una cultura de la muerte, creo que sólo la misericordia puede ser el único testimonio creíble de la santidad de la vida y de la dignidad de la persona humana.

Los invito con insistencia a que todos ustedes sigan orando y reflexionando sobre este complicado tema. Hemos establecido un sitio web que ofrece recursos que los pueden ayudar en su reflexión: killingisntjustice.org.

Oren por mí esta semana; yo estaré orando por ustedes.

Y que nuestra Santa Madre María nos ayude a todos a ser ciudadanos fieles y testigos a la cultura de la vida en nuestro tiempo.

Back to Top