FORMANDO HOMBRES PARA LA MISIóN Y HOMBRES DE MISERICORDIA

By Archbishop Gomez
September 13, 2014
Source: Vida Nueva
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Nota del editor: Esta columna es una adaptación de la homilía del Arzobispo para la Misa de apertura del nuevo año académico en el Seminario de Saint John San Juan, que tuvo lugar el 3 de septiembre de 2014.
El Arzobispo hizo su reflexión sobre 1 Cor 3, 1-9 y Lucas 4, 38-44.

Este 75 aniversario marca un nuevo comienzo.

El Seminario de Saint John es uno de los seminarios históricos de Estados Unidos, que goza de una rica herencia y todavía desempeña un papel importante en la misión de la Iglesia del siglo XXI. Aquí en este seminario estamos formando sacerdotes para la nueva evangelización de nuestro país y de nuestro continente, hombres para la misión y hombres de misericordia.

En la primera lectura que escuchamos hoy, San Pablo nos dice algo importante acerca de nuestra misión aquí en el Seminario de St. John.

Nos dice que la Iglesia le pertenece a Jesús. Y nos recuerda que en la Iglesia no hay espacio para el egoísmo, no hay lugar para los celos ni para la rivalidad.

Y San Pablo nos dice que somos colaboradores de Dios. Este un hermoso privilegio.

Somos colaboradores del Dios que creó el sol, la luna y las estrellas. Del Dios que creó el universo y todo cuanto contiene: todo ser vivo, toda alma.

¡Dios nos ha pedido a cada uno de nosotros que formamos parte de esta comunidad que es el seminario que seamos sus colaboradores! Así como le pidió a la Santísima Virgen María que cooperara con su voluntad de traer a Jesucristo al mundo.

¡Qué increíble privilegio! Esto debería ser un motivo para hacernos más humildes cada día. Esto debería hacer que nos arrodilláramos —todos los días— ante el Santísimo Sacramento.

Esto es lo que somos. Somos colaboradores de Dios, y cada uno de nosotros tiene una contribución que hacer a la misión de Dios.

San Pablo lo describe de esta manera: Estamos aquí para plantar. Estamos aquí para regar. Dios hará el resto. Dios provocará el crecimiento, Dios hará que los buenos frutos se multipliquen.

Lo que estamos haciendo aquí en el Seminario de Saint John es absolutamente esencial para el plan de Dios, puesto que estamos formando a los hombres que harán crecer la familia de Dios aquí en Los Ángeles. Estamos formando a los hombres que alimentarán a la familia de Dios y que serán los instrumentos para santificar a los hijos de Dios, alimentándolos con el Pan de la Vida, con la Palabra de Dios y con la Eucaristía.

El Papa Francisco dice que todos los seminarios deberían estar cimentados sobre “cuatro pilares”: la formación espiritual, la formación académica, la formación en la vida comunitaria y la formación apostólica. Por lo tanto, en este nuevo tiempo en el Seminario de Saint John, comprometámonos una vez más al fortalecimiento de estos cuatro pilares de nuestro Seminario y construyamos sobre ellos.

Si me permiten decirles unas palabras a ustedes, hermanos míos que se preparan para ser sacerdotes, es importante recordar que no van solos al seminario. Ustedes son hermanos que caminan juntos por el mismo sendero hacia el sacerdocio.

Para cada uno de nosotros, nuestra vida se inició en la comunidad de nuestros padres y de nuestras familias. La Iglesia empezó como la familia de Jesús y sus apóstoles y discípulos, incluyendo a todos los hombres y mujeres que seguían a Jesús.

La Iglesia primitiva hablaba de la familia como la “Iglesia doméstica”. Y es hermoso reflexionar sobre esta imagen de la familia como el lugar que tiene a Jesús como centro, y en el que los valores del Evangelio se viven y se transmiten.

En la familia que es su Iglesia, Jesús llama a sus sacerdotes a ser hermanos. En primer lugar, ustedes están llamados a ser hermanos de Jesús en la dignidad de su mismo sacerdocio. Y también están llamados a ser hermanos unos de otros con sus hermanos sacerdotes.

Y Jesús también los llama a ser hermanos y padres espirituales de toda la familia de Dios. Los llama a caminar con sus fieles en amistad; a estar cerca de ellos en sus sufrimientos y en sus alegrías. Los llama a servirlos como Cristo sirvió a los demás.

Por eso, parte de lo que aprenden en estos años de formación es la capacidad para la amistad, para la fraternidad.

Rezo para que ustedes crezcan en sus amistades y que aprendan a compartir sus alegrías, sus expectativas y sus dificultades unos con otros. ¡Trabajen juntos! ¡Ayúdense unos a otros! Hagan todo esto para que todos crezcan en el amor y se conviertan en los sacerdotes santos que Dios quiere que sean.

Para todos nosotros — seminaristas, estudiantes o profesores, o también administradores, miembros de la junta directiva o benefactores— es importante recordar que no estamos preparando hombres para hacer un “trabajo”.

Estamos preparando hombres que puedan desempeñar un ministerio a imagen de Jesús, el Buen Pastor. Estamos preparando hombres para ser apóstoles. Para que salgan, vayan por el mundo, tal como lo hizo Jesús, y enseñen, sanen y proclamen la misericordia de Dios.

Esta es la imagen de Jesús que vemos en nuestra lectura del Evangelio de hoy. Es muy interesante. Él va por el camino, avanzando de pueblo en pueblo. Sale al encuentro de las personas en sus necesidades, en su dolor; trata de estar cerca de ellos y servirlos. 

En esta imagen de Jesús, vemos la imagen del sacerdocio.

Y ésta es nuestra responsabilidad. Tenemos esta hermosa tarea de formar hombres que sigan a Jesús, que participen en su misión de anunciar la misericordia de Dios.

De modo que este es un poderoso momento de gracia, de crecimiento y renovación en el seminario de Saint John. ¡Pedimos a Dios que nos conceda muchas y santas vocaciones! 

Entonces, al iniciar este nuevo año académico, pidámosle a nuestra Santísima Madre, la Virgen María, que nos ayude a ser siempre fieles y a ofrecer nuestros talentos y servicios a Dios con toda humildad. Que ella nos ayude a plantar y a regar. Y a confiar siempre en que Dios nos dará buenos frutos en base a nuestras labores.

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