ES TIEMPO PARA UNA REFORMA MIGRATORIA

By Archbishop Gomez
November 14, 2014
Source: Vida Nueva
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Les escribo esta semana desde Baltimore, donde estoy participando en la reunión anual de los Obispos católicos de Estados Unidos.

Esta es una importante reunión anual, una oportunidad para que todos los obispos de la Iglesia oremos y reflexionemos acerca de los retos y oportunidades que enfrentamos en nuestro ministerio pastoral.

Este año, por supuesto, hemos estado hablando mucho acerca del Sínodo sobre la Familia que tuvo lugar el mes pasado, en Roma.

Es hermoso ver cómo el Sínodo ha despertado una nueva determinación por acompañar a los matrimonios y a las familias y por buscar nuevas maneras de alentarlas y apoyarlas en su esfuerzo por vivir el Evangelio.

Esta semana, estamos hablando sobre los desafíos de la nueva evangelización, específicamente sobre la manera de comunicar la alegría del Evangelio a los jóvenes.

También hemos estado hablando de la influencia que tienen los servicios relacionados con la justicia social de la Iglesia, de manera particular sobre las contribuciones hechas por Catholic Relief Services, así como de la importancia de las escuelas católicas en la obra de evangelización. Además, estamos haciendo planes para celebrar el Año de la Vida Consagrada convocado por el Papa Francisco para el próximo año.

Pero entre los muchos temas que estamos tratando esta semana, el más urgente de este año es una vez más el de la reforma migratoria.

Ha pasado ya casi un año y medio desde que el Senado de Estados Unidos aprobó un proyecto de ley de reforma integral.

Y desde las elecciones de hace dos semanas, existe una nueva esperanza de que el Congreso y el presidente puedan unirse y llegar a un común acuerdo sobre el tema.

Como mis hermanos obispos, pienso que no podemos perder esta oportunidad. No podemos permitir que pase otro año sin hacer nada por enfrentar esta continua injusticia de nuestra sociedad.

Desde hace mucho tiempo los obispos de Estados Unidos venimos promoviendo una reforma integral de las políticas de inmigración de nuestro país.

Tenemos un compromiso especial con este asunto porque somos una Iglesia de inmigrantes. Y no existe ninguna otra institución en la vida estadounidense que trabaje más, día con día, por promover el bienestar de los inmigrantes y refugiados de nuestro país.

De modo que la reforma migratoria se relaciona con el futuro de la Iglesia.

Pero se trata también de un mínimo de dignidad y justicia para las familias y los niños. Demasiadas familias están siendo desgarradas por las deportaciones y las largas esperas en nuestro proceso de visado. Demasiados hombres y mujeres indocumentados son explotados en su lugar de trabajo, y obligados a vivir en la sombra de la sociedad.

Ahora es el momento de renovar nuestros esfuerzos y nuestro compromiso por ayudar a los líderes en Washington a dejar de lado sus diferencias y a unirse para encontrar soluciones compasivas y justas para los 11 millones de personas indocumentadas que viven en nuestro país.

Los hechos son bien conocidos: la mayoría de estos 11 millones de indocumentados han estado viviendo aquí durante cinco años o más. Dos tercios de ellos han estado aquí por lo menos una década.

Podemos ver desde ya cómo estos hombres y mujeres están siguiendo el mismo patrón que las anteriores generaciones de inmigrantes.

Están aprendiendo Inglés y asegurándose de que sus hijos crezcan hablando este idioma con fluidez. Están adoptando las costumbres y tradiciones del estilo de vida estadounidense. Prestan sus servicios en nuestras fuerzas armadas y en las fuerzas de policía locales. Van a la iglesia y trabajan junto a nosotros, pagando sus impuestos.

Como lo han hecho los inmigrantes de todas las generaciones, esta nueva generación de inmigrantes promete hacernos un país más fuerte, más virtuoso y más próspero.

A veces parece como si estuviéramos diciendo las mismas cosas una y otra vez, en espera de que nuestros líderes respondan. Y lo estamos haciendo. Pero la Iglesia está llamada a proclamar la verdad “a tiempo y a destiempo”, como dicen las Escrituras.

Y nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, está llamando a la Iglesia a llevar la delantera en este asunto. Él nos recuerda que la inmigración no es sólo una cuestión política o económica; es un poner a prueba nuestra humanidad común.

Los inmigrantes que viven en medio de nosotros son hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. Como católicos no podemos quedarnos indiferentes ante sus sufrimientos o buscar excusas para explicar por qué no podemos ayudarlos.

Tenemos que seguir trabajando por una reforma que sea real y completa, una reforma que permita que nuestros hermanos y hermanas vivan con la dignidad que Dios quiere para ellos.

Entonces, esta semana, recemos unos por otros y recemos por nuestro país. Roguemos para que nuestros líderes nacionales tengan el valor y la voluntad de encontrar soluciones a estos desafíos.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que ensanche más nuestros corazones, para que podamos siempre —con un espíritu de hospitalidad y con ánimo de compartir— salir en busca de aquellos que están necesitados.

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