EN NUESTRO TIEMPO

By Archbishop Gomez
February 28, 2015
Source: Vida Nueva
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Estamos viviendo en tiempos de creciente violencia y extremismo religioso.

En lo que escribo esto, acabo de leer la triste noticia de que 90 cristianos han sido secuestrados en dos aldeas de Siria. Por supuesto que a todos nos conmocionó, a principios de este mes, la noticia de los 21 cristianos coptos ejecutados en Siria. Fueron asesinados, como dijo el Papa Francisco, “por el mero hecho de ser cristianos”.

Lamentablemente, sabemos que todos los días los cristianos son perseguidos en el Medio Oriente, en África y en otras partes del mundo.

Me entristeció también el ataque que hubo a principios de este mes en una sinagoga de Copenhague, y los ataques terroristas ocurridos en París, en el mes de enero. Las autoridades nos dicen que la violencia antisemítica está aumentando considerablemente en todo el mundo. Estos son tiempos difíciles tanto para los cristianos y judíos, así como para otras minorías religiosas y étnicas.

He estado rezando y reflexionando sobre estas cosas porque en las últimas semanas he tenido la oportunidad de participar en dos eventos importantes y esperanzadores, que nos recuerdan los profundos vínculos espirituales que unen a los creyentes de todos los credos, pero muy especialmente a católicos y judíos.

El primer evento se celebró en la Universidad Loyola Marymount a fines de enero. Tuve el privilegio de participar en un diálogo público con el rabino Abraham Skorka.

El Rabino Skorka es argentino y amigo íntimo del Papa Francisco, de los tiempos en que era arzobispo de Buenos Aires. Juntos publicaron un excelente libro titulado “Sobre el cielo y la tierra”, en el que dialogan acerca de los grandes problemas del mundo de hoy: la guerra y la paz, la eutanasia, la economía global, la pobreza, el ateísmo, y muchas cosas más.

La amistad del Papa con el rabino Skorka es un ejemplo práctico de la “cultura del encuentro” que el Papa nos llama a crear en nuestro mundo de hoy.

Como sabemos, el Papa quiere que todos nosotros, en nuestros ministerios y en nuestra vida cotidiana, hagamos un esfuerzo renovado por romper barreras, por tratar de comprender mejor a los demás y por entablar amistades, especialmente con las personas que pertenecen a otras religiones y que tienen diferentes puntos de vista.

Desde hace muchos años la Iglesia ha estado trabajando por construir esta cultura del encuentro con el pueblo judío, así como también con los que profesan otras religiones en el mundo. Estos esfuerzos culminaron en la declaración histórica del Concilio Vaticano II, Nostra Aetate (“En nuestro tiempo”), sobre las religiones no cristianas.

A principios de este mes también participé en una celebración entre católicos y judíos para conmemorar el 50 aniversario de Nostra Aetate. Fue una hermosa ceremonia, celebrada en la Catedral, en la que tuve el privilegio de unirme a rabinos y otros líderes judíos y católicos de Los Ángeles y de todo el país.

Aunque Nostra Aetate trata de nuestras relaciones con los musulmanes, budistas, hindúes y gente de otras religiones, la sección más larga y central del documento se refiere al “vínculo que une espiritualmente” a la Iglesia con el pueblo judío.

El largo camino que han recorrido los católicos y los judíos a lo largo de los siglos ha sido complicado y marcado por malos entendidos, conflictos, y desafortunadamente, por violencia también.

Pero creo que nuestra amistad, que se vuelve más y más profunda con cada año que pasa, puede ser un importante testimonio en estos tiempos de violencia e intolerancia religiosa.

La amistad que los católicos y los judíos siguen forjando a través del diálogo paciente y de la oración, es un hermoso testimonio de que los odios y temores históricos pueden superarse, y que las diferencias religiosas no necesitan hacernos enemigos o extranjeros.

Al releer Nostra Aetate, me llamó la atención este pasaje:

“No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios… La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión”.

Estas palabras tienen una fuerza profética en estos tiempos en que poblaciones enteras están siendo asesinadas, hostigadas y perseguidas en nombre de la religión.

A la vista de esto, católicos, judíos, musulmanes, y gente de todos los credos, comparten un deber común: mantenerse unidos en rechazar el fanatismo y el extremismo y en eliminar toda barrera de prejuicios e intolerancia. Este es el deber que tenemos como personas de fe en nuestro tiempo: trabajar juntos para promover la sanación, la paz y la bendición en nuestro mundo.

En nuestras oraciones de esta semana, sigamos orando unos por otros. Y pidamos de manera especial por nuestros hermanos y hermanas judíos y por la Iglesia perseguida en todas partes en nuestro mundo de hoy.

Pidamos la gracia de hacer nuestra propia contribución —cada quien a su manera— a la cultura del encuentro que traerá la paz y la comunión a nuestras comunidades y a nuestro mundo.

Que nuestra Santísima Madre María, una hija del pueblo judío, nos ayude a todos a trabajar juntos para construir un mundo que refleje cada vez más la voluntad de nuestro Creador.

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