EL SACRAMENTO DE LA MISIóN CRISTIANA

By Archbishop Gomez
May 31, 2014
Source: Vida Nueva
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Me gustan mucho estas semanas de la temporada Pascual durante las cuales estamos a la espera de la Ascensión de Nuestro Señor y del envío de su Espíritu Santo en Pentecostés.

Desde los principios de la Iglesia, este tiempo ha sido asociado con el gran sacramento del compromiso cristiano: la Confirmación.

Y en estas semanas que han transcurrido desde el domingo de Pascua, he tenido la alegría y el privilegio de conferir este Sacramento a adultos conversos en nuestra Catedral, y a varios jóvenes en muchas parroquias de toda la Arquidiócesis. Mis hermanos obispos también están celebrando Confirmaciones en toda la Arquidiócesis. Es una bendición para todos nosotros el poder compartir el don del Espíritu Santo con nuestro pueblo cristiano.

La Confirmación es un hermoso Sacramento, una acción maravillosa de Dios que nos unge con su Espíritu y nos impulsa a una dedicación más profunda a servir a su Iglesia.

Para mí, el Bautismo es el sacramento de la Pascua, y la Confirmación es el Sacramento de la Ascensión y de Pentecostés. El Bautismo nos hace partícipes de la vida de Jesús. La Confirmación nos hace partícipes de su misión.

Las últimas palabras de Jesús a sus discípulos antes de ascender al cielo son palabras de envío en misión: “Ustedes serán mis testigos… hasta los confines de la tierra”.

Su Ascensión le confiere a la Iglesia su misión, la de dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra, hasta que él venga de nuevo.

Su Ascensión nos confiere una misión. Y la Confirmación es el Sacramento de la misión que tenemos como cristianos.

Nunca lo diremos demasiado: nuestras vidas tienen un propósito profundo y hermoso en el plan de Dios.

Así como Dios derramó su Espíritu en Pentecostés, derrama también su Espíritu en nuestros corazones en el Bautismo para hacernos sus hijos y miembros de su familia, que es la Iglesia. En la Confirmación, él envía una vez más su Espíritu para imprimir su “sello” en nuestros corazones, consagrándonos y fortaleciéndonos para cumplir la misión de su Iglesia.

El Bautismo nos inicia en la vida y en los propósitos de Dios. La Confirmación nos une más estrechamente a su Iglesia, y al servicio de la misión de misericordia de la Iglesia.

En este Sacramento, palpamos el amor de Dios y el cuidado que tiene de nuestras vidas.

El Papa Francisco nos recuerda que: “Esto es obra del Espíritu Santo… Él viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas. Él nos cambia, ¡el Espíritu nos cambia!”.

A través de su Espíritu, que Dios nos da en el Bautismo y luego nuevamente en la Confirmación, él actúa de manera de transformarnos a imagen de su Hijo, para que nos parezcamos cada vez más a Jesús. Así podremos amar como Jesús, perdonar como Jesús y servir como Jesús para poder ser sus testigos.

Y al transformarnos a nosotros, Dios quiere transformar al mundo.

Jesús vino a traer un cielo nuevo y una tierra nueva, un Reino de amor y de verdad, es decir, la familia de Dios. Y él nos está llamando continuamente a ayudarle a difundir sus enseñanzas con valentía y creatividad, por medio de nuestras palabras y de nuestro ejemplo.

Jesús quiere que lo ayudemos a redimir esa pequeña parte del mundo en la que vivimos: nuestros hogares, los lugares en los que trabajamos, nuestras escuelas y vecindarios. Él nos llama a santificar nuestra realidad y nuestras relaciones, para que todo refleje un poco más la gloria de Dios y sus planes para la familia humana.

En esta misión no estamos solos. Vamos caminando todos los días con Jesús a nuestro lado y siempre estamos caminando también en compañía del Espíritu Santo.

Al darnos su Espíritu, hace de nuestra vida cristiana una vida de alegría y de amor.

De alegría, al saber que somos hijos de Dios, que caminamos con Jesús, nuestro hermano, colaborando con él para lograr lo que él quiere de este mundo. De amor, por vivir para los demás y no para nosotros mismos; haciendo todo por amor de Dios y por amor a nuestros hermanos y hermanas.

Así que esta semana, en que celebramos la Ascensión del Señor y en que nos preparamos para Pentecostés, oremos unos por otros. Oremos pidiendo tener una más profunda gratitud por el don de nuestra Confirmación y un nuevo compromiso con Cristo y con la misión de su Iglesia.

Mientras esperamos la llegada de Pentecostés, deberíamos abrir más ampliamente nuestros corazones al Espíritu Santo, pidiéndole que venga y renueve sus siete dones dentro de nosotros: los dones de sabiduría, entendimiento, conocimiento y consejo; los dones de fortaleza, piedad y temor del Señor.

Y que nuestra Santísima Madre María nos ayude a acoger al Espíritu como ella lo acogió y a vivir como hijos de Dios y verdaderos testigos de su amor en nuestras vidas.

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