EL MATRIMONIO Y EL MISTERIO DE LA FAMILIA

By Archbishop Gomez
February 07, 2015
Source: Vida Nueva
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Estoy entusiasmado porque este domingo 8 de febrero celebraremos en la catedral el Día Mundial del Matrimonio con una Misa en inglés a las 10 a.m. y en español a las 12:30 p.m. Las parejas que celebran aniversarios significativos —25, 50, 60 o más años de matrimonio— están invitadas a participar en alguna de esas misas para conmemorar su matrimonio y recibir una bendición especial.

La celebración del Día Mundial del Matrimonio es especial este año porque nos estamos preparando para la visita del Papa Francisco a Filadelfia en el mes de septiembre, para el Encuentro Mundial de las Familias. Y luego, en octubre, para el Sínodo de los Obispos sobre la Familia al que convocó el Papa.

Unidos a toda la Iglesia universal, estamos rezando por el sínodo.

En respuesta al llamado a la oración del Papa Francisco, se ha organizado una nueva “novena” para podamos rezar por el Sínodo. Se invita a los fieles a hacer una hora de Adoración Eucarística cada primer jueves durante los próximos nueve meses. La novena empieza este jueves 5 de febrero. Pueden encontrar más información aquí: adorationforsynod2015.blogspot.it.

Como parte de los preparativos para el Sínodo, el Vaticano ha pedido a los católicos de todo el mundo que participen en una consulta sobre temas relativos a la familia. Con el fin de facilitar esa consulta, la Arquidiócesis de Los Angeles invita a todos a responder a una serie de preguntas de reflexión, proporcionadas por el Vaticano. Las preguntas están disponibles en nuestro sitio web: http://survey.la-archdiocese.org

Jesús escogió nacer del seno de una madre y quiso ser nutrido y criado en una familia humana con su madre María y José, su esposo. Realizó su primer “signo” en una boda.

Lo hizo por una razón: para mostrarnos que el matrimonio y la familia están en el núcleo del plan de amor de Dios para el mundo y para la historia.

Jesús le dio a su Iglesia la misión de crear lo que equivale a una familia mundial integrada por todas las familias procedentes de todo pueblo y nación.

El Catecismo dice: “La Iglesia no es más que la ‘familia de Dios’”. Y la misión de la Iglesia es hacer crecer la familia de Dios para crear, a partir de todos los pueblos de la tierra, una sola familia.

En el plan de Dios, la familia humana tiene sus raíces en el compromiso permanente y exclusivo de un hombre y una mujer en el matrimonio. Los Padres de la Iglesia hablan de la familia como la “Iglesia doméstica”. Esta es una poderosa imagen que refleja la identidad y la misión de la familia.

Como “Iglesia doméstica” cada familia es un signo que apunta a la familia que Dios quiere construir en la sociedad. Y cada familia es un instrumento a través del cual la familia de Dios crece en la sociedad y en la historia.

Y lo que es hermoso en el plan de Dios es que la familia cumple su vocación y sus elevados propósitos en los ambientes y obras sencillas de la vida cotidiana ordinaria.

Nuestras familias están destinadas a ser escuelas naturales donde se aprende el amor y la virtud. A ser lugares donde Jesús sea el centro y su ejemplo y enseñanzas sean vividos y transmitidos dentro del ritmo sencillo de la vida cotidiana. En nuestras familias aprendemos a amar y a reír, a compartir y a sacrificarnos.

En la Iglesia doméstica, el amor de nuestros padres, experimentado en medio de todas las frustraciones y alegrías ordinarias de la vida cotidiana, nos enseña que también tenemos un Padre en el cielo que nos ama.

En la familia, aprendemos que nuestro Padre tiene un propósito amoroso para nuestras vidas y que cada uno de nosotros tiene una “vocación” o un llamado de Dios, ya sea al matrimonio, o al sacerdocio o la vida consagrada o para vivir como un fiel laico, al servicio del prójimo, en el mundo del trabajo o en la familia.

Vivir como Iglesia doméstica no es fácil. Se necesita amor, paciencia, trabajo duro y gracia.

Y tenemos que mantener la perspectiva correcta. Tenemos que recordar que la Iglesia doméstica que es nuestra familia, también participa en la gran vocación de la Sagrada Familia. Nuestra vocación está oculta, así como Jesús, María y José vivieron, en el silencio, durante los casi 30 años que pasaron en Nazaret.

La “vida oculta” de la Sagrada Familia trae un mensaje para nosotros: en las realidades ordinarias de la vida familiar, el magnífico plan de Dios para la historia es traído a la tierra.

Tenemos que tener fe en que las pequeñas cosas que hacemos, que no se ven —como llevar a los niños a la iglesia y la confesión, rezar antes de acostarnos, los humildes actos cotidianos de bondad y sacrificio—, son, todos ellos, esenciales para la misión de la Iglesia, y parte del plan de Dios.

Entonces, sigamos orando por nuestras familias. Que nuestra Santísima Madre nos ayude a todos a conocer la santidad y la felicidad de la vida familiar que Ella experimentó al lado de Jesús y de San José.

Y que sus oraciones nos lleven a todos a tener una mayor conciencia de que el matrimonio y la familia son una verdadera vocación, de seguir a Jesús y servir al plan de Dios para la familia humana.

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