EL CIELO ES REAL Y PARA SIEMPRE

By Archbishop Gomez
October 18, 2014
Source: Vida Nueva
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Los caminos de Dios no son nuestros caminos, y no siempre es fácil entender su voluntad.

Sabemos que Dios tiene un plan de amor para cada vida. Pero también sabemos que, dentro de su plan, las personas se pueden encontrar con la enfermedad o el sufrimiento, los cuales parecen no tener ninguna razón de ser, ninguna justificación.

Estas son algunas de mis reflexiones ante el triste drama que hemos visto esta semana en las noticias y en los medios de comunicación social, sobre una joven de California.

A estas alturas, muchos de ustedes ya han oído hablar de Brittany Maynard. Ella tiene 29 años y está sufriendo de un cáncer incurable de cerebro. Los médicos dicen que este cáncer va a acabar con su vida dentro de seis meses.

Ella y su esposo se mudaron a Oregon porque es uno de los cinco estados de nuestra nación que permiten a los médicos ayudar a los pacientes a suicidarse. Ella ha anunciado que planea suicidarse con una sobredosis de medicamentos para el dolor en algún momento de las próximas dos semanas.

En sus últimos días, Brittany está trabajando con un grupo nacional a favor de la eutanasia para defender que el “derecho” al suicidio asistido por un médico y la “elección” de éste puedan concederse a todos los estadounidenses.

Su historia llena mi corazón de tristeza. Y su confesión pública ha dado lugar a toda una efusión de oraciones, comentarios y debates. (Pueden leer más al respecto en la página 16 de The Tidings).

He leído algunos hermosos testimonios y llamados a la reflexión realizados por parte de personas que están enfrentando sus propias enfermedades terminales con fe y esperanza cristianas, alentando a Brittany a buscar belleza y significado en sus sufrimientos.

Todo esto nos recuerda que desde que nacemos, caminamos hacia la muerte. Nuestra vida es un peregrinar que algún día llegará a su fin. Todos sabemos esto.

Como cristianos, sabemos que nuestro Dios es el Dios de los vivos y que Él ha participado de nuestros sufrimientos. Jesús lloró con lágrimas humanas, y su corazón fue movido a compasión por los enfermos, los aquejados por el dolor y los moribundos. Él nos ha precedido, participando de nuestros dolores y sufrimientos, para poder conducirnos a través del valle de la muerte y hacia la tierra de los vivos.

La muerte es un hecho real para nosotros, pero no es el final.

Sin embargo, para nuestra sociedad secular, la muerte sigue siendo una puerta cerrada, el único horizonte más allá del cual nunca se puede ver.

Nuestra ciencia puede descubrir el funcionamiento interno de las células más pequeñas de nuestro cuerpo y sondear las profundidades del espacio exterior. Pero, con relación a lo que hay más allá de esta vida, nunca lo sabremos con certeza hasta que nos suceda.

Recibimos destellos y atisbos de ello a lo largo del camino. Por ejemplo, por las historias que aquellos que cuidan a sus seres queridos narran sobre los últimos momentos de éstos, por los testimonios de quienes han vivido experiencias cercanas a la muerte, o de quienes han estado en coma durante varios años y luego han despertado.

Hace un tiempo leí un libro, “El cielo es real”, que fue llevado a la pantalla del cine el año pasado.

Es la historia verdadera de un niño de 4 años de edad que casi murió durante una cirugía. Cuando el niño se recuperó, describió cómo vio a Jesús y María en el Cielo y cómo se encontró con miembros de la familia cuya existencia desconocía: un bisabuelo y una hermana no nacida que había muerto en un aborto involuntario.

No sabemos bien qué pensar de todas estas historias.

Pero como cristianos, sabemos que el Cielo es real y es para siempre. Y la esperanza del Cielo da una nueva perspectiva a todos los días que viviremos aquí en la tierra.

Nuestro desafío como Iglesia es compartir esta esperanza con los demás. Es otro aspecto de la nueva evangelización de nuestra sociedad, la cual está perdiendo su sentido de Dios y su sentido del Cielo.

En nuestra sociedad, los sufrimientos de los demás deben ser una llamada para nosotros.

Tenemos que acompañar a nuestros hermanos y hermanas con amor y compasión. A través de nuestro empeño por consolarlos y aliviar su dolor podemos ayudarlos a comprender que Dios se acerca a ellos en sus sufrimientos.

Por medio de nuestro cariño y cuidados podemos ayudar a los que sufren a creer en el Cielo. Podemos mostrarles que cuando exhalen su último aliento, Dios también estará allí para tomar su mano con ternura y acompañarlos en los últimos pasos de su peregrinar, por la puerta que conduce al amor que nunca termina.

Por eso, esta semana, los invito a rezar por esa joven y por todos aquéllos que llevan la pesada carga de la enfermedad y el dolor.

Que en este tiempo de prueba y sufrimiento puedan encontrar la ternura y la belleza en el cuidado que les brindan sus seres queridos. Que puedan darse cuenta de que para Dios, sus vidas son preciosas y que vale la pena vivirlas, incluso en medio de la debilidad y la vulnerabilidad.

Y en este mes del rosario, pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a todos a vivir con una nueva confianza, la confianza de que a la hora de la muerte, toda nuestra tristeza se transformará en gozo.

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