EL ADVIENTO Y UN AñO DE MISERICORDIA

By Archbishop Gomez
December 06, 2015
Source: Vida Nueva
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Como muchos de ustedes, mientras celebraba el día de Acción de Gracias, estaba al mismo tiempo siguiendo en los medios de comunicación la peregrinación del Papa Francisco a África.

La visita del Santo Padre fue una peregrinación de esperanza y un llamado a la conciencia.

Como siempre, en África también las palabras y gestos del Santo Padre fueron desafiantes e inspiradores; fueron un llamado para que cada uno de nosotros, como cristianos, asumamos la responsabilidad que tenemos de moldear nuestra cultura y nuestra sociedad; un llamado a que defendamos la dignidad humana, a que apoyemos a la familia, y a que seamos solidarios con los pobres y vulnerables.

“La fidelidad a Dios, la honestidad y la integridad de vida, y una genuina preocupación por el bien de los demás, son cosas que nos proporcionan esa paz que el mundo no puede ofrecer”, dijo el Papa. “Esto no ha de disminuir nuestra preocupación por este mundo, como si sólo nos enfocáramos a la vida por venir. Más bien, le da un propósito a nuestra vida en este mundo, y nos ayuda a tenderle la mano a los necesitados, a cooperar con los demás para el bien común, y a construir una sociedad más justa, que promueva la dignidad humana, que defienda el don de la vida que Dios nos da, y que proteja las maravillas de la naturaleza: su creación y nuestro hogar común”.

Me llamó la atención el hermoso llamado del Papa a la oración, repetido una y otra vez.

La oración es el fundamento de la vida cristiana, insistió el Papa. Sin ella, no tenemos nada. Sin la oración, perdemos el sentido de lo que somos y el fin para el cual Dios nos creó.

El Papa dijo: “Un hombre o una mujer pierde la mejor parte de sí mismo, de su humanidad, cuando deja de orar, porque entonces se siente todopoderoso, porque entonces deja de sentir la necesidad de pedir la ayuda del Señor frente a tantas tragedias”.

Fue muy apropiado que la visita del Papa a África haya concluido el primer domingo de Adviento. Porque el Adviento es siempre un momento de oración y de un nuevo inicio. Es el principio de un nuevo Año litúrgico para la Iglesia, y es siempre una oportunidad para un nuevo comienzo en nuestra vida cristiana. No de volver a empezar desde el principio, sino más bien de profundizar en nuestro compromiso con Cristo, de hacer crecer nuestra relación con Dios.

Las relaciones son como seres vivos. Y los seres vivos se marchitan y se debilitan si no son nutridos y renovados. Lo que no está creciendo, en cierto sentido, se está muriendo. Por eso nunca podemos permanecer inmóviles en nuestra vida cristiana, ni tampoco podemos pensar que “ya hemos hecho lo suficiente” en nuestra relación con Dios.

La belleza de la vida cristiana es que siempre podemos profundizar más en nuestro amor a Dios. Él siempre nos está llamando a una amistad más íntima y más estrecha con Él, y a servir mejor en la construcción de su Reino en la Tierra.

El Papa Francisco ha declarado que este año tendrá lugar un Jubileo Extraordinario de la Misericordia, empezando el día 8 de diciembre, con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María.

Aquí en la Arquidiócesis de Los Ángeles, la familia de Dios observará este año con iniciativas y programas especiales. Pero el verdadero programa para el Año de la Misericordia es un programa para el corazón de cada uno. La misericordia empieza en el interior de cada uno de nosotros. La misericordia debe ser la actitud cristiana ante la vida.

El amor es un intercambio de regalos. Uno de los padres de la Iglesia dijo esto, y es verdad. Nosotros hemos sido perdonados por Dios y, a nuestra vez, perdonamos a los demás. El amor que Él nos ha mostrado, la misericordia que nos manifiesta día a día, es la misericordia que hemos de mostrar hacia los demás.

En este Año de la Misericordia, todos tenemos que practicar el perdón, empezando por nuestro propio corazón. Y tenemos que fomentar el entendimiento y la reconciliación en todas nuestras relaciones. Este es el fundamento para la felicidad en nuestras vidas y la base para una nueva sociedad en la que podamos vivir como hermanos y hermanas.

Hagamos, pues, de la misericordia, nuestro “proyecto” como Iglesia en este Año Jubilar que está por empezar. La misericordia es nuestra misión como cristianos. Tratemos -en todos nuestros ministerios y en cada una de las áreas de nuestra vida- de caminar junto con nuestros hermanos y hermanas, para que la presencia misericordiosa de Dios sea conocida en nuestro mundo.

Tomemos esta resolución, tanto en nuestros hogares como en nuestras parroquias y lugares de trabajo. Así cambiaremos a los demás, mostrándoles cómo Cristo nos ha cambiado a nosotros. Podemos hacer esto sin grandes palabras o gestos, sino tan sólo viviendo con confianza, con amor y con una actitud de comprensión. Si hacemos esto, el poder del Evangelio -la misericordia y la bondad de Dios- brillarán a través de nosotros.

En este tiempo santo, sigamos orando unos por otros, especialmente por aquellos que están angustiados o que enfrentan problemas difíciles.

Y que la Santísima Virgen María nos ayude a acompañarla durante estas semanas de Adviento, para que con ella podamos recibir al Niño Jesús en la Navidad, con un corazón fuerte, que esté lleno de misericordia y de amor.

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