AMAR A LA IGLESIA

By Archbishop Gomez
November 13, 2015
Source: Vida Nueva
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Nuestra fe en Jesucristo es profundamente personal. Pero no vivimos la fe como individuos aislados. No creemos por nuestra cuenta.

Desde el momento de nuestro bautismo, vivimos nuestra fe en Cristo en compañía de muchos otros que también creen en él; la vivimos en comunión con la Iglesia de la tierra y con los santos del cielo.

Estos dos últimos fines de semana he tenido el privilegio de consagrar nuevos altares en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Los Nietos, y en San Raymond, en Downey.

Y al estar orando y hablando con mis hermanos y hermanas de estas parroquias, empecé a pensar acerca de nuestro amor por la Iglesia.

Nuestra relación con la Iglesia tiene sus raíces en el sacrificio que ocurre en el altar.

El altar es mucho más que una mesa colocada al frente del edificio de la iglesia. Fueron manos humanas las que elaboraron el altar. Y las manos humanas del sacerdote ofrecen pan y vino en el altar. Pero cada altar consagrado es el altar de Cristo, el altar de su sacrificio.

Lo que sucede en el altar nos introduce en el misterio del amor de Jesucristo por cada uno de nosotros, y en el amor que él le tiene a su Iglesia.

San Pablo dice que “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla… para que ella fuera santa”. Todos los días, Jesús viene una vez más a cada altar, a entregarse a sí mismo por su Iglesia, a alimentarnos, a mostrarnos su amor por nosotros y a hacernos santos.

Lo que sucede en el altar nos une a Jesús y nos une entre nosotros mismos. El altar nos hace ser una sola Iglesia; nos hace ser la familia de Dios.

A veces podemos cometer el error de ver solamente las apariencias exteriores de la Iglesia, las características externas de la jerarquía, de las estructuras organizativas, de los edificios de la iglesia.

Pero la Iglesia es una realidad espiritual, es uno de los misterios más profundos de la creación, es el centro del hermoso plan de Dios para el mundo.

La Iglesia es el plan de Dios para el mundo.

El plan de Dios es hacer que el mundo se transforme en una sola familia para compartir su amor hasta los confines de la tierra y para hacer de su Iglesia un lugar en el que todos puedan vivir como hermanos y hermanas, como hijos de Dios, como una familia en su Hijo, Jesús. Para proclamar la buena nueva de que Dios es nuestro Padre y para invitar a hombres y mujeres de todas las naciones a ser bautizados y a vivir como hijos de Dios y como hermanos y hermanas en su familia, que es la Iglesia.

Esta es la misión de la Iglesia, de cada hijo de Dios.

Así que no podemos cometer el error de tratar de imaginar una falsa división entre Cristo y la Iglesia. Como cuando se llega a decir: “Yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia”. O bien, “Creo en Cristo, pero no el Papa”.

Pero no podemos separar a Cristo de su Iglesia, como tampoco podemos tener un Cristo sin la cruz. La Iglesia es la familia en la que nacimos, el hogar del que obtenemos la vida.

Es cierto que los miembros de la Iglesia —inclusive el Papa, los obispos, los sacerdotes y religiosos—somos todos humanos. De modo que todos tenemos pecados y flaquezas. La Iglesia es la familia en la que nacemos, y no hay familia que no tenga fallas humanas. Pero en toda familia tratamos de amarnos unos a otros y tratamos de ayudarnos mutuamente a superar nuestras fallas. Y en la familia de la Iglesia siempre podemos recurrir a nuestro Padre para obtener misericordia y gracia para empezar de nuevo, para amar como Jesús ama.

Entonces, Dios nos creó a cada uno de nosotros para que encontremos nuestro verdadero hogar en la Iglesia. Dios tiene un hermoso plan que quiere que sus hijos compartan con el mundo. Es un “plan familiar” porque Dios quiere que hagamos que todo el mundo se transforme en una sola familia de Dios.

Así que esta semana, oremos unos por otros. Y pidámosle a Dios que aumente nuestro amor por su Iglesia para que estemos más unidos a Cristo y más unidos unos a otros. Para que nos dediquemos más a fondo a nuestra misión de compartir la misericordia y el amor de Dios con los demás, invitándolos a unirse a nosotros en la familia de la Iglesia.

Y pidámosle a nuestra Madre Santísima, María, la Madre de la Iglesia, que ore por la Iglesia, por el Papa y por todos los que están al servicio de la Iglesia.

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