PARA AQUELLOS QUE SON LáZARO

By Archbishop Gomez
March 22, 2018
Source: Vida Nueva
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(Texto adaptado de la homilía de clausura del arzobispo Gómez en el Congreso de Educación Religiosa de Los Ángeles 2018, el 18 de marzo. La homilía fue pronunciada en español e inglés y trató acerca de la historia de Lázaro, del capítulo 11 del Evangelio de San Juan.)

 En la hermosa historia del Evangelio acerca de Lázaro y sus hermanas, Jesús le dice a Marta: “Tu hermano resucitará”. Pero de inmediato le presenta un desafío: “¿Crees tú esto?”.

Jesús hoy está haciéndonos esa misma pregunta a ustedes y a mí.

¿Creemos que Jesucristo puede resucitar a nuestros hermanos y hermanas de entre los muertos? ¿Creemos que Él puede “remover la piedra” de sus corazones endurecidos y darles un corazón nuevo y un espíritu nuevo?

¿Creemos que Jesucristo puede llamar a nuestros hermanos y hermanas, así como llamó a Lázaro: “¡Resucita!”. ¿Creemos que puede desatar todos los nudos que enredan y atan nuestras vidas, que puede liberarnos para vivir verdaderamente como Dios pretendió que viviéramos cuando nos creó?

Esa es la pregunta que Jesús nos hace hoy. Y sé que ustedes creen esto. Por eso han elegido dedicar sus vidas a servir a Jesús y a la misión de su Iglesia.

Todos estamos aquí porque creemos lo que cree Martha. Estamos aquí porque compartimos su confesión de fe: “Sí, Señor, creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que vino al mundo”.

Jesús es el que viene. Pero somos nosotros quienes debemos traerlo a nuestro mundo. Jesucristo viene al mundo a través de ustedes y de mí.

Quiero compartirles aquí algunas palabras de una de las mujeres santas de nuestro tiempo, la Venerable Madeleine Delbrêl.

Ella escribió una vez: “La misión significa hacer el trabajo de Cristo donde sea que estemos. No seremos Iglesia y la salvación no llegará hasta los confines de la tierra a menos que ayudemos a salvar a las personas en las situaciones mismas en las que vivimos”.

Madeleine vivía cerca de París, Francia, y murió en 1964. Cuando era niña, Madeleine tenía inclinaciones artísticas, era poeta. Y le encantaba ir a fiestas y salir a bailar con sus amigos.

A la edad de 15 años, perdió la fe y se describió a sí misma como una “estricta atea”. Dijo que todos los días el mundo le parecía cada vez más absurdo. Incluso escribió una especie de “manifiesto” cuando tenía 17 años. Se llamaba “Dios está muerto, ¡viva la muerte!”. Estaba escribiendo cosas atemorizantes.

Finalmente, Madeleine encontró a Dios. O, como le gustaba decir, Dios la encontró a ella. Ella escuchó la voz de Jesús y Él la llevó a buscar la santidad y a continuar su misión en las calles de París, viviendo entre los pobres y entre los trabajadores comunes y corrientes.

Y ella nos enseña hoy que estamos llamadas a ser “misioneros” en nuestros hogares, en los lugares en los que trabajamos, en la escuela y en nuestros vecindarios.

Su experiencia personal del ateísmo la ayudó a comprender el mundo en el que vivimos. Y a través de sus ojos, podemos comenzar a comprender el dolor de tantas personas que ya no pueden oír la voz de Dios ni experimentar su amor.

Acerca de esos años en los que estaba perdida y sin Dios, ella dice: “En ese momento, yo habría dado al mundo entero sólo para saber por qué estaba en él”.

Esa es una frase muy triste y hermosa. Y como ustedes saben por sus propios ministerios, esto lamentablemente describe la realidad de demasiadas personas de nuestra sociedad actual. Estamos viviendo en tiempos en los que mucha gente ya no sabe para qué vivimos.

Pero ustedes y yo sabemos que el corazón humano está hecho para Dios. Así que ésta debe ser nuestra misión como católicos, nuestra misión como Iglesia.

Estamos llamados a hablar a los corazones de nuestros prójimos. Estamos llamados a decirles lo que todo corazón desea saber: ¡la buena noticia de quiénes son y de por qué están en el mundo! Estamos llamados a decirles, “¡Resucita!”.

¡Seamos la voz de Jesucristo para las personas que son los “Lázaro” de nuestro tiempo!

¡Por el testimonio de nuestras vidas, por nuestras palabras y nuestras acciones, ayudemos a Jesús a derribar todos los muros de la muerte, para que nuestros hermanos y hermanas puedan resucitar y vivir en la luz de su libertad y de su amor!

Que nuestra Santísima Madre María vele por ustedes y que nos mantenga a todos cerca del corazón de Jesús. 

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