LA ESPERANZA EN EL MUNDO QUE ESTá POR VENIR

By Archbishop Gomez
March 02, 2018
Source: Vida Nueva
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Como todos ustedes, he estado orando por nuestros hermanos y hermanas de Parkland, Florida, después del tiroteo en masa que hubo allí.

Es muy difícil entender este tipo de violencia y el odio que la motiva. Nos preguntamos cómo es posible que la gente pueda hacer semejantes cosas, y cómo es que el asesinato se llega a infiltrar en el corazón de una persona.

Nuestra fe cristiana nos dice que hemos de vencer el mal con el bien y de responder al odio con amor. El confiar en la providencia de Dios, el apoyarnos en su misericordia, es algo difícil de hacer. Pero éste es nuestro desafío para los próximos días.

Nuestra tarea a un plazo más largo es propagar en nuestra sociedad una verdadera comprensión de la muerte y del significado de la vida.

Me llama la atención lo confuso y conflictivo de nuestro concepto sobre la muerte.

Por una parte, parecemos temer a la muerte. La trivializamos, hacemos bromas sobre ella, tratamos de fingir que no es real. Por otra parte, parece que glorificamos la muerte en nuestra cultura: en la televisión y en las películas vemos a las personas sufrir y morir por “entretenimiento”. Permitimos que nuestros niños jueguen juegos que básicamente los hacen matar a personas “virtuales”.

Y todo eso se extiende a nuestra sociedad, que está inundada de armas y violencia, inclusive la violencia del aborto y eutanasia. Es una sociedad en la que la vida a menudo parece algo “barato” o desechable, como nos lo sigue recordando nuestro Santo Padre.

Sabemos que Dios no creó la muerte. Él es el Autor de la Vida y el Dios de los vivos. Él solo quiere la vida para sus hijos. La muerte entró a nuestro mundo a través de nuestra propia inclinación humana al pecado.

Pero la muerte no tiene la última palabra en la vida de nadie, porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte y Jesucristo ha vencido el pecado y ha destruido a la muerte.

Debemos recordar eso, especialmente en estos tiempos difíciles. Más aún, hemos de recordar que Jesucristo, que murió una vez y vive ahora para siempre, camina con nosotros en el camino que llamamos la vida.

Todos conocemos ese hermoso salmo: “El Señor es mi pastor, nada me faltará… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo”.

Jesús va con nosotros por el camino de la vida. No podemos experimentar nada, ni siquiera la soledad del sufrimiento y de la muerte, que Él no haya experimentado antes que nosotros. Él descendió a las profundidades de la muerte y viene ahora a guiarnos, a mostrarnos el camino que está más allá de la muerte. Nosotros lo seguimos en esta vida para vivir con Él en la próxima.

Creo que hemos de recuperar también la antigua práctica conocida como “memento mori” (frase en latín, que significa “Recuerda que has de morir”).

Esta práctica tiene profundas raíces dentro de nuestra tradición espiritual. En el arte cristiano, vemos con frecuencia a santos representados haciendo oración en tanto que en su escritorio o en algún lugar de la escena se ve un cráneo, como gráfico recordatorio de nuestra mortalidad.

Y, por supuesto que escuchamos un eco de todo esto cuando recibimos la ceniza al principio de la Cuaresma: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”.

Recordar que moriremos nos ayuda a mantener la perspectiva de la vida. Nos hace ver en qué nos debemos apoyar y qué debemos de dejar ir. Nos señala lo que es importante y lo que no lo es. Nos permite asegurarnos de valorar nuestras relaciones más que el dinero o que las cosas.

Lo que la tradición cristiana llama “el arte de morir bien” (en latín, “ars moriendi”) se refiere realmente a la manera de vivir en santidad y bienaventuranza.

La razón por la cual nuestra vida es importante- y la razón por la que nuestra muerte es importante- es que cada uno de nosotros fue creado a propósito por la mano amorosa del Dios vivo, cada uno fue creado por Él y para Él.

¡Y Dios nos creó para cosas más grandes! Somos hijos de Dios y Él está personalmente involucrado en nuestras vidas. Él nos creó, a cada uno de nosotros, con un hermoso propósito y se comprometió a ayudarnos a convertirnos en las personas que estamos destinadas a ser.

Por eso, lo que hagamos en esta vida tiene importancia, porque lo que hacemos moldea lo que hemos de llegar a ser. Y dentro del plan de Dios, está el hecho de que Él quiere que nos volvamos como Él, para ser transfigurados a la imagen de su Hijo, Jesucristo.

Estamos hechos para la trascendencia, para vivir con alegría en este mundo en lo que vamos recorriendo nuestro camino de peregrinación hacia el mundo que está por venir, hacia el Reino de los Cielos, en donde tendremos una vida que participará, ya siempre, de la vida de Dios.

Esto es lo que falta en la comprensión de nuestra cultura. La muerte no es una pared sino una puerta; no es un final sino un principio. Hemos nacido para morir, sí; pero morimos para ser resucitados.

Oren por mí esta semana, que yo estoy rezando por ustedes.

Recurramos a nuestra Santísima Madre María y pidámosle que esté con nuestros hermanos y hermanas de Parkland. Que Ella traiga la sanación para ellos, y la paz a nuestra problemática sociedad. 

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