VIGéSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

By Archbishop Gomez
Igelsia de San Francisco, Los Angeles, California
August 20, 2017


Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,1

¡Me da mucha alegría estar con ustedes para la celebración de la Santa Misa!

Hoy queremos invocar de manera especial la presencia y las oraciones de su santo patrono: San Francisco. Necesitamos en estos momentos un nuevo San Francisco en nuestro país. Nos hacen falta sus oraciones por la paz y necesitamos aprender de su ejemplo en la lucha por la paz.

Ésta ha sido una semana difícil para nuestro país. Continuemos orando hoy por la gente de Charlottesville, en Virginia. Y hemos de comprometernos de una manera nueva en vencer el racismo y toda ideología que niegue la igualdad y la dignidad de la persona humana.

Recemos también por las víctimas y sus familias de la tragedia en Barcelona y por la paz del mundo.

Ese es el mensaje que escuchamos esta semana en nuestras lecturas de la Sagrada Escritura.

Dios quiere que su Iglesia sea el hogar de todos los pueblos, que sea una familia que acoja a hombres y mujeres de toda nación, raza, lengua y cultura.

Acabamos de oír en la primera lectura esas hermosas palabras del profeta Isaías: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”.

¡El profeta nos dice que Dios quiere que cada hombre y cada mujer ame el santo nombre del Señor! Dios quiere que cada uno de nosotros lo adoremos en su montaña santa.

¡Éste es el punto de vista de Dios! A los ojos de Dios, no hay “extranjeros”, no hay extraños. ¡Él creó este mundo para que fuera su Reino! Hizo que todo pueblo perteneciera a su familia.

Toda iglesia, toda parroquia, debe de ser una “casa de oración para todos los pueblos”. Toda iglesia está destinada a ser una familia en la que todos sean bienvenidos y en la que toda la gente con la que nos encontramos es un hermano o una hermana.

Esta es una verdad que escuchamos también en nuestro Evangelio de hoy.

El Evangelio nos enseña —y los santos también nos lo muestran— que, más allá del color de nuestra piel o de los países de donde provenimos, todos somos hermanos y hermanas. Todos somos hijos de un solo Padre. Y todos tenemos a la Madre de Dios como nuestra madre.

La mujer con la que nos encontramos en nuestro Evangelio de hoy, es cananea. Ella proviene de un país que está fuera de Israel. Es una extranjera, una inmigrante.

Y lo que Jesús nos está enseñando hoy es que la “fe” es la clave para pertenecer a Dios. No importa dónde hayas nacido, ni el color de tu piel, ni el idioma que hables. La fe es la llave que abre la puerta del Reino de Dios.

La Iglesia es “católica”. Esto significa que la Iglesia es universal, mundial e incluye a todos. Nuestro Padre Dios quiere hacer del mundo entero una sola familia en Jesús.

La Iglesia está destinada a ser un “sacramento”. Estamos destinados a ser un “signo” visible de la unidad que Dios quiere para la familia humana.

Y cada uno de nosotros debe trabajar para ser un “instrumento” de Dios, construyendo su familia por medio de nuestras palabras y acciones; tanto en nuestros hogares, como en nuestros empleos, en nuestras parroquias y en la sociedad.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo nos dice que Dios quiere “la reconciliación del mundo” por lo tanto, la Iglesia en este momento está llamada a ser un verdadero signo e instrumento de sanación y de unidad.

Esta es la misión de la Iglesia. Y eso significa que es la misión de ustedes y la mía también. Esta es nuestra misión, mis queridos hermanos y hermanas.

En nuestro país estamos viendo un nuevo tipo de racismo y nacionalismo. Es un racismo y un nacionalismo que se origina en el temor. Hay temor por lo que está sucediendo en nuestra sociedad.

Hay temor por lo que está sucediendo en nuestra economía. En muchas diferentes áreas, nuestro país ha llegado a ser un país indignado, amargado, dividido.

No hay lugar en la Iglesia —y no hay un lugar en la sociedad estadounidense— para el racismo; no hay lugar para la discriminación a las personas por motivo del color de su piel o de su nacionalidad.

Hemos de esforzarnos por vencer todo pensamiento racial y esas prácticas racistas que todavía son una realidad dentro de nuestra sociedad. Y, como bien sabemos, todavía hay mucho racismo y nativismo en la raíz del debate sobre la inmigración.

¡Esto es algo completamente equivocado y tiene que desaparecer por completo!

Nuestra tarea es reunir a la gente, construir puentes, abrir puertas y forjar amistades. ¿No es acaso eso lo que vemos que Jesús hace en el Evangelio?

Jesús no limita la salvación de Dios solamente a la “casa de Israel”. Las puertas del Reino de Dios están abiertas para todos los pueblos.

Esta era una enseñanza radical en el tiempo de Jesús. Y sigue siendo una enseñanza radical en nuestro tiempo. Pero es verdad.

Todos somos hermanos y hermanas. Todos somos hijos, nacidos de la misericordia del Padre. San Pablo nos dice hoy que Jesús vino “para manifestarnos a todos su misericordia”.

Dios está con nosotros. Siempre. Tanto en nuestros sufrimientos como en nuestras alegrías. Todas las cosas resultan en el bien de aquellos que aman a Dios, aunque no lo entendamos en este momento.

Incluso si no podemos ver la mano de Dios actuando en los acontecimientos de nuestra vida o del mundo.

Entonces, no se desanimen cuando las cosas parecen oscuras, o cuando parece que no hay manera de salir de una situación.

Cuando las cosas son difíciles, necesitamos orar aún más. La mujer cananea estaba desesperada pero nunca dudó del amor de Dios, o de la bondad de él. Ella siguió hablando con Jesús, siguió orando. Ella dijo: “¡Señor, ayúdame!”.

Entonces, mis queridos hermanos y hermanas, en este momento de la vida de nuestro país, necesitamos rezar más. Necesitamos pedirle al Señor que nos ayude.

Pidamos la gran fe de esta mujer cananea cuando enfrentamos nuestros retos: los retos del racismo, el nativismo y el nacionalismo.

Pidamos la gracia de creer que el amor de Dios puede transformar todo corazón endurecido por el odio.

¡San Francisco, ruega por nosotros!

Y pidámosle a María, nuestra Santísima Madre, que nos ayude a aumentar nuestra fe. Que ella nos conceda la fortaleza que necesitamos para seguir construyendo la familia de Dios y para seguir construyendo una sociedad en la que cada uno sea tratado como hijo de Dios.

1. Lecturas: Is 56, 1, 6-7; Sal 67, 2-3, 5-6, 8; Rom 11, 13-15, 29-32; Mt 15, 21-28.

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