HOMILíA DE LA MISA PARA LA CELEBRACIóN DEL 100˚ ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL BEATO ÓSCAR ROMERO

By Archbishop Gomez
Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles
August 16, 2017
Source: Vida Nueva
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Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Hoy celebramos la memoria del Beato Óscar Romero, un orgulloso hijo del pueblo salvadoreño y un santo del continente americano.

Por lo tanto, con motivo de la celebración de este importante memorial, oramos hoy de manera especial por la gran nación de El Salvador y por la comunidad salvadoreña que está aquí en Los Ángeles.

A cien años de su nacimiento, el beato Óscar Romero es todavía una fuente de inspiración para nosotros por su humildad y valor, por su amor a los pobres y su testimonio de solidaridad y servicio a los demás, hasta el punto de entregar su vida.

Nuestro hermano, el Beato Óscar, tenía un proyecto para conformar una nueva sociedad —la sociedad que Dios quiere— una sociedad en la que los dones de Dios fueran compartidos por todos, y no sólo por unos cuantos. Hemos de poner en práctica ese proyecto en los tiempos y en la sociedad en los que nos ha tocado vivir.

Así que, hoy también hemos de pedirle a este gran santo que nos ayude a todos a vivir con una fe renovada, con una nueva esperanza y con un nuevo amor. Le pedimos que interceda por nosotros para darnos el valor de continuar su proyecto, su “revolución del amor”.

Nuestras lecturas de hoy nos ayudan a entender nuestra misión como discípulos. Tenemos que pensar en nuestras vidas como en un viaje.

Y ésta es la imagen que encontramos en nuestro Evangelio de hoy. Nuestras vidas son como ese viaje por mar que vemos que los apóstoles estaban haciendo en el Evangelio.

Estamos viajando en esa barca, tal y como ellos lo hicieron. Y, por supuesto, la “barca” es la Iglesia. En la Iglesia, somos una familia cuyos miembros van viajando juntos, como hermanos y hermanas, y en la que vamos moviéndonos a través de la vida en compañía de Nuestro Señor Jesucristo.

La vida de Monseñor Romero fue un viaje que el hizo en compañía de Jesús y en compañía de su pueblo. Y él sirvió a su pueblo con el amor de un pastor, con el amor de un padre.

Y así como los discípulos que van con Jesús en la barca, y como el profeta Elías en la primera lectura de hoy, nos enfrentamos también con pruebas y tormentas en nuestro propio viaje como discípulos.

Esto es un hecho en nuestras propias vidas personales. Y también en la realidad del mundo en el que vivimos.

Oremos especialmente por los que sufren por la violencia en El Salvador actualmente, por aquéllos que están viviendo en una pobreza desesperada en toda América Central y en América Latina. En especial por nuestros hermanos y hermanas en Venezuela.

Sabemos que todos ellos enfrentan los mismos temores que enfrentaron Elías en la montaña y los apóstoles en la barca. Pero nunca podemos olvidar que Dios nos llama a venir a él y que nunca nos dejará solos en nuestras luchas.

En la primera lectura que acabamos de escuchar, fue difícil para el profeta Elías reconocer dónde estaba Dios.

Él estaba buscando a Dios en medio de todo el “ruido” y la confusión del mundo. ¡El profeta Elías se encuentra ante un viento tan fuerte que causa grietas en las montañas y que rompe las rocas en pedazos! Y hay un terremoto. ¡Y luego hay fuego!

Pero Dios quiere que Elías sepa —y que nosotros también sepamos— que incluso en medio de todo este caos, aun cuando el mundo parezca estar desmoronándose, él sigue estando con nosotros.

Tenemos que escuchar a Dios. Tenemos que tener fe y confianza en que él es real. Hemos de encontrar el tiempo necesario para escucharlo, y para prestarle atención y tener confianza en él.

Y, por supuesto, esto es lo que ocurrió en la vida de nuestro santo.
El Beato Óscar caminó con su pueblo durante este tiempo oscuro de dolor y de miedo, viviendo y trabajando junto a este pueblo, compartiendo sus luchas.

Y él sabía que tenía que confiarle todo a Dios. Necesitamos pedir hoy que tengamos esa misma confianza. Hemos de seguir su ejemplo. 

Cuando tenemos problemas, cuando vienen las tentaciones y las pruebas, necesitamos tener una confianza total en Dios. Y percibiremos la presencia y la cercanía de Dios en nuestras vidas, incluso en esos tiempos difíciles.

En el Evangelio, vemos a los apóstoles realmente asustados. La tormenta es fuerte y estoy seguro de que ellos estaban pensando que ése era el fin, que estaban a punto de morir. Incluso cuando vieron a Jesús en el agua, ¡pensaron que era un fantasma!

Esto también puede sucedernos a nosotros. Podemos llenarnos tanto de angustia por nuestro futuro o preocuparnos tanto por asuntos de nuestras vidas, que podemos llegar a pensar que Dios no está ahí con nosotros. Pero sí está.

El Evangelio de hoy nos asegura que Jesús está siempre con nosotros, que él siempre está dispuesto a darnos la mano para ayudarnos.

Por eso es que San Pedro es un hermoso ejemplo para todos nosotros.
Él llama a Jesús con fe, y Jesús le dice: Ven.

Y, como lo oímos hoy, San Pedro estuvo bien mientras mantuvo sus ojos en Jesús y mientras siguió avanzando hacia él. Pero en cuanto apartó la vista, cuando pensó en sus limitaciones humanas y en todas las tormentas que lo rodeaban, empezó a hundirse.

Entonces exclamó: ¡Señor, sálvame! Y Jesús extendió su mano, lo sostuvo y lo ayudó a seguir caminando.

¡Qué gran lección para cada uno de nosotros, mis queridos hermanos y hermanas! Necesitamos mantener nuestros ojos en Jesucristo.

Por supuesto, Monseñor Romero vivió luchas y desafíos en su ministerio. Pero él mantuvo sus ojos en Jesucristo. Le pidió al Señor que lo salvara y que lo ayudara a seguir en la misión que Jesús le había dado.

Y eso es importante para nosotros también. Dios nos da, a cada uno de nosotros, una misión. No sólo a los obispos, como Monseñor Romero. Cada uno de nosotros, estamos llamados a edificar el Reino de Dios.

El Beato Óscar solía decir que cada persona debe ser un “mensajero” y un “profeta” de Dios y del Reino de amor y misericordia que Jesucristo vino a proclamar.

Escuchemos sus palabras: “Cada uno de ustedes, en su propia vocación —ya sea monja, persona casada, obispo, sacerdote, estudiante de escuela secundaria o universitaria, obrero, trabajador, comerciante— cada quien viva intensamente la fe desde su propio lugar y sientan que son un verdadero micrófono de Dios para su entorno” [ii].

Esta es nuestra misión, hermanos y hermanas míos. Un hermoso desafío que compartimos todos, ¡todos nosotros! ¡Ser discípulos misioneros! ¡Vivir intensamente nuestra fe en Jesucristo! Ser el “verdadero micrófono de Dios” para llevar su palabra de curación, su palabra de justicia, su palabra de verdad a cada aspecto de nuestras vidas y al engranaje de nuestra sociedad.

De manera que hoy también, pidámosle a este gran santo que nos ayude a todos a vivir con una fe renovada, con una nueva esperanza y un nuevo amor.

En nombre del Beato Óscar, sigamos trabajando para construir una mejor ciudad de Los Ángeles, un mejor país y un mundo mejor. Llevemos el mensaje evangélico de amor y misericordia, de verdad y de justicia a cada rincón de nuestro mundo.

Sigamos trabajando con empeño por la reforma migratoria, para mantener a nuestras familias unidas, para lograr derechos para nuestros trabajadores y para despejarles el camino para llegar a convertirse en nuevos ciudadanos de esta gran tierra en la que vivimos.

Y en este día especial, pidámosle a la patrona de El Salvador, a Nuestra Señora de la Paz, que vele por sus hijos en esa tierra que lleva el nombre de “el Salvador”.

Que ella los guíe para que conozcan la libertad, la justicia y la paz por la cuales el Beato Óscar Romero entregó su vida.

Y recurramos a nuestra Santísima Madre. Pidámosle que obtenga para nosotros el valor que necesitamos para confiar en Jesús completamente, para que podamos navegar por las aguas tormentosas de nuestra cultura y llevar a nuestros hermanos y hermanas a las playas de la vida eterna.

¡Que viva el Beato Oscar Romero! ¡Que viva Nuestra Señora de la Paz!
¡Que viva El Salvador!

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