INMIGRACIóN, IDENTIDAD NACIONAL Y CONCIENCIA CATóLICA

By Archbishop Gomez
Boston College
September 08, 2016


Queridos amigos,

Me da mucho gusto estar con ustedes esta noche. Gracias. Me siento honrado por haber sido invitado a hablar sobre este tema que llevo tan dentro de mi corazón y de mi ministerio.

La reforma migratoria es uno de los grandes problemas de nuestros días. Y es algo que va más allá de la política y de la economía. Es una lucha por la justicia, la dignidad y los derechos humanos. Es un desafío a la conciencia de cada individuo. En muchos sentidos, creo que la reforma migratoria es un asunto espiritual; es una prueba de nuestra fe, de nuestra humanidad y de nuestra compasión. Y las cuestiones que plantea tienen que ver con el núcleo de la identidad nacional y del propósito en el mundo de Estados Unidos.

Estas son algunas de las cosas sobre las que quiero reflexionar sobre esta noche.

Tengo que empezar con una breve advertencia: No soy un político, soy un pastor.

Para mí la inmigración tiene que ver con las personas; con las personas con las que trabajo y convivo, con mis vecinos y feligreses, con mis amigos y con mi familia. Es también algo personal para mí. Yo llegué a este país como un inmigrante procedente de México y soy un ciudadano naturalizado desde hace más de 20 años. Tengo familiares y amigos en ambos lados de la frontera.

De modo que esta noche no vengo a hablar sobre las elecciones o los candidatos o las políticas de inmigración.

Lo que tengo que decir es que estoy preocupado por la “dispersión” de nuestro debate nacional y por el estado fallido de la política de inmigración estadounidense. Desde hace más de una década, tanto el Congreso, como el Presidente, como los gobiernos estatales y locales, como los tribunales, han fracasado todos ellos en su responsabilidad por abordar esta cuestión. La culpa atraviesa las líneas de los partidos. Y, lamentablemente, no tenemos demasiados ejemplos de liderazgo moral o de valor político que podamos resaltar.

El resultado es que en nuestro país existe actualmente una tragedia humanitaria que afecta a millones de hombres, mujeres y niños.

Así que esta noche, quiero ofrecerles algunas reflexiones que creo que podrían ayudarnos a avanzar en este tema. No pretendo tener un “programa” ni tampoco ofrecer una solución legislativa.

Quiero que centremos nuestra atención en tres áreas: la humanidad de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes; la historia, identidad y promesas de Estados Unidos, y la necesidad de una mayor misericordia y comprensión en nuestro enfoque sobre estos temas.

Vamos, pues, a empezar.

1. El rostro humano de la inmigración

El domingo pasado, en la Iglesia universal tuvimos la alegría de celebrar la canonización de la Madre Teresa.

Y he estado pensando acerca de algo que la Sta. Madre Teresa acostumbraba decir. Ella solía decir: todos hablan de los pobres, pero nadie les habla con los pobres.

Creo que existe un verdadero problema en el momento actual respecto a la manera en que nuestra nación ha estado abordando el tema de la inmigración.

En ocasiones me pregunto cuántos de nosotros, especialmente cuántos de nuestros políticos y personalidades de los medios, cuántos de ellos realmente han tenido una conversación con una persona indocumentada. Tan sólo una conversación normal.

A veces, cuando en nuestros debates públicos hablamos “acerca de” ellos, estamos haciéndolo de manera abstracta. Explicamos cómo los inmigrantes son una amenaza para nuestros trabajos, para nuestros salarios o forma de vida; cómo son una carga pesada para nuestros servicios sociales.

Son, claro está, consideraciones importantes. Pero también es importante recordar que detrás de cada “estadística” está un alma, un alma que tiene la dignidad de ser un hijo de Dios; un alma que tiene derechos y necesidades tanto espirituales como materiales.

A principios de este año tuve el privilegio de estar en Ciudad Juárez, México, del otro lado de la frontera de Texas para celebrar Misa con el Papa Francisco. Fue inspirador ver su propio contacto personal, amistad y compasión por los migrantes y los refugiados.

Tuve también el privilegio de estar en Washington, D.C. en septiembre del año pasado, cuando el Papa Francisco le habló al Congreso de los Estados Unidos. Y nos recordó que él mismo es hijo de inmigrantes. En aquella ocasión, el Papa Francisco dijo algo muy hermoso, sobre lo cual creo que todos debemos reflexionar:

“En este continente... miles de personas se ven obligadas a viajar al norte para conseguir una vida mejor para ellos mismos y para sus seres queridos, en busca de mejores oportunidades. ¿No es esto lo que nosotros queremos también para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, sino más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna”.

Ese es el matiz que le falta a nuestros debates nacionales. Estamos abrumados por los “números” de inmigrantes que hay entre nosotros. Pero ellos son algo más que “números” o bocas que alimentar. Son nuestros hermanos y hermanas y tienen rostros, nombres, familias e historias, justo como cualquiera de nosotros.

Cuando verdaderamente se habla con ellos, cuando se escuchan sus historias, le puede a uno doler el corazón. Con frecuencia su viaje a este país ha sido difícil y han sufrido la pobreza, la explotación y dolores que nosotros nunca podremos conocer. Muchos se han visto forzados a abandonar a sus seres queridos, a sus padres, cónyuges e hijos, a quienes tal vez ya no vuelvan a ver.

Los inmigrantes que conozco son personas que tienen fe en Dios, que aman a sus familias y que no tienen miedo de trabajar duro ni de sacrificarse. La mayoría han llegado a este país por las mismas razones que han traído a los demás inmigrantes a este país: para buscar un refugio en contra de la violencia y la pobreza; para lograr una vida mejor para sus hijos, justo como el Papa lo dijo.

2. Una nación de inmigrantes

Eso me lleva a mi siguiente punto: la historia de Estados Unidos y la identidad nacional.

Es muy común describir a Estados Unidos como “una nación de inmigrantes”. Ese fue el título de un buen libro que John F. Kennedy escribió cuando era senador aquí en Massachusetts.
Y es verdad. A excepción de nuestros hermanos y hermanas indígenas, casi todos los estadounidenses son hijos o hijas de alguna persona que llegó a este país, procedente de otra parte.

Pero me preocupa que, a lo largo del camino, hemos perdido algunos capítulos importantes de nuestra historia.

Me doy cuenta de que estamos a sólo unas 50 millas más o menos de Plymouth Rock, que es una especie de “zona cero” de la historia de Estados Unidos.

Como todos sabemos, en las narrativas estándar, la historia de nuestro país empezó allí, en la década de 1600, con los Peregrinos y el Mayflower.

Pero, amigos míos, con el debido respeto a los Peregrinos, ¡quiero sugerir que llegaron a este país con unos cien años de retraso!

La verdad es que mucho antes de Plymouth Rock, mucho antes de George Washington y de las 13 colonias; mucho antes de que este país tuviera incluso un nombre, ya había misioneros y exploradores, que habían venido aquí desde España y desde México y que fueron asentando los territorios de lo que ahora son Florida, Texas, California y Nuevo México. Los primeros asiáticos, de las Filipinas, comenzaron a llegar a California unos 50 años antes que los Peregrinos llegaran a Plymouth Rock.

Algo que debemos considerar es que la primera lengua no indígena que se habló en este país no fue el inglés. Fue el español.

No tenemos tiempo suficiente esta noche para hablar de todo esto. A mí se me hace fascinante estudiar las raíces hispanas y católicas de Estados Unidos. Si ustedes se interesan por este tema, pueden echarle un vistazo al pequeño libro que escribí hace unos años, llamado Inmigración y el futuro de Estados Unidos.

Lo que quiero resaltar esta noche es que tenemos que recuperar esta historia “olvidada”.

Cada pueblo tiene una historia qué contar acerca de sus comienzos. Una historia que narra de dónde proceden y cómo llegaron aquí. Esta “historia de los orígenes” les ayuda a darle sentido a lo que son como pueblo.

En el momento actual, la historia que contamos acerca de Estados Unidos empieza aquí, en la Costa Este: en Nueva York, Jamestown, Boston, Filadelfia. Recordamos el primer día de Acción de Gracias, la Declaración de Independencia, la Guerra de Revolución.

Esa historia no está mal. Sólo que es incompleta.

Y como no está completa, da la impresión distorsionada de que América fue fundada sólo como un proyecto de los europeos occidentales. Nos hace asumir que sólo los inmigrantes de esos países “pertenecen” realmente aquí y pueden reclamar el derecho de ser llamados “estadounidenses”.

Esta mala interpretación de la historia tiene implicaciones obvias para nuestros debates actuales.

Todo el tiempo escuchamos advertencias por parte de los políticos y de los medios de comunicación acerca de que la inmigración procedente de México y América Latina está cambiando de alguna manera nuestra “identidad” y “carácter” estadounidenses”.

Al oír estos argumentos, pienso: ¿de qué identidad estadounidense estamos hablando?

Ha habido una presencia e influencia hispana en este país desde el principio, ya desde unos 40 años después de Colón.

De hecho, ¿sabían ustedes que hoy es el día de Acción de Gracias? Una vez más, y con el debido respeto a los Peregrinos, el primer día de Acción de Gracias fue celebrado realmente en esta fecha, es decir, en la Natividad de la Virgen, en 1565, y por los hispanos de San Agustín, Florida. Ustedes pueden leer acerca de ello en mi libro.

El santo más reciente de Estados Unidos, San Junípero Serra, fue canonizado el año pasado en Washington, D.C. por el Papa Francisco. Él fue un latino, un inmigrante de México. Pero la mayoría de la gente no sabe que él escribió una carta de derechos para los pueblos indígenas de California, y lo hizo tres años antes de la Declaración de Independencia.

Estos hechos deben formar parte de nuestra historia de Estados Unidos. Y también, amigos míos, si tomamos realmente en serio estos hechos, tendríamos una comprensión mucho más profunda y más rica de la identidad y del carácter estadounidenses, de lo que significa ser estadounidense, de quién es un estadounidense, y del tipo de país que estamos destinados a ser.

3. La misericordia y el ideal de Estados Unidos

Los fundadores de Estados Unidos soñaban con un país en el que gente de todas las razas, religiones y orígenes étnicos pudiera vivir en igualdad, como hermanos y hermanas, como hijos del mismo Dios.

Ese hermoso ideal ayudó a que este país se desarrollara como una nación generosa y acogedora, como un faro para los perseguidos y los pobres; con una floreciente diversidad de culturas, religiones y estilos de vida.

Pero es cierto también que en varios momentos de la historia de Estados Unidos, nuestra fe y nuestro compromiso con este ideal original se ha tambaleado. Existe una corriente de nativismo y discriminación racial que ha permeado siempre nuestra historia. Y parece reavivarse sobre todo en momentos en que la gente se ve afectada por el miedo y la incertidumbre sobre el futuro.

Creo que nuevamente estamos en uno de esos períodos de nuestra historia actualmente.

Muchos de nuestros vecinos están hoy preocupados y ansiosos. Están preocupados por lo que la economía mundial implica para sus trabajos y para sus salarios; están preocupados por la amenaza del terrorismo. Se preocupan de que nuestras comunidades se estén desintegrando y de que nuestra cultura se esté desmantelando.

Y muchos han llegado a concentrar su atención en los 11 millones de personas indocumentadas que viven dentro de nuestras fronteras, considerándolas como una especie de símbolo de todo lo que los preocupa.

Ahora, hablando como pastor, creo que los temores de nuestros vecinos son reales y creo que tenemos que tomarlos en serio.

También desde el punto de vista de un pastor, tengo que decir que estoy preocupado por otra cosa más que estoy viendo. Me preocupa que, a causa de nuestro miedo, nos estamos encerrando en nosotros mismos, estamos endureciendo nuestros corazones. Existe crueldad dentro de nuestras políticas y de nuestra retórica pública.

Esto me lleva a mi tercer punto: la misericordia. Me preocupa que estemos perdiendo nuestro sentido de la misericordia, nuestra capacidad para mostrar perdón y bondad, para empatizar y sentir el dolor de los demás.

Desde 2008, hemos deportado a más de 2 millones de personas indocumentadas.

La mayoría no son criminales violentos. De hecho, hasta una cuarta parte de ellos son madres y padres de familia que nuestro gobierno está arrancando de hogares ordinarios.

Esa es la triste realidad de la política migratoria de Estados Unidos hoy en día. Nuestro sistema ha sido ineficiente durante tanto tiempo, nuestros políticos han dejado de actuar durante tanto tiempo, que resulta que a las personas que estamos castigando ahora son nuestros propios vecinos.

La mayoría de los 11 millones de indocumentados en los Estados Unidos han estado viviendo aquí durante 5 o más años. Dos tercios de ellos han estado aquí por lo menos una década. Casi la mitad viven en hogares con un cónyuge e hijos.

Así que reflexionen acerca de lo que eso significa cuando hablamos de deportaciones.

Significa que con tal de aplicar nuestras leyes, le estamos quitando a su padre a alguna nina, estamos despojando de su madre a un nino. Estamos fracturando a las familias y castigamos a los niños por los errores de sus padres. Y recordemos nuevamente, no estamos hablando de criminales violentos. Estamos hablando de gente trabajadora común y corriente.

Ha habido alguna mejoría en el último año más o menos. El gobierno está tratando de prestar más atención en mantener a las familias unidas.

Pero aun así, en este momento toda nuestra política en los Estados Unidos está centrada en la deportación y en castigar a los que están dentro de nuestras fronteras sin la documentación adecuada. Hemos hecho de estos 11 millones de personas el foco de toda nuestra ira y de todo nuestro temor acerca de nuestro deficiente sistema de inmigración.

Hay algo equivocado en ello. Somos un pueblo mejor que eso.

La verdad es que durante casi 20 años, nuestro gobierno no estuvo exigiendo el cumplimiento de las leyes de inmigración. En parte, eso se debía a que las empresas estadounidenses estaban exigiendo mano de obra “barata”, procedente de otros países.

También es cierto que todos nosotros, en cierta medida, nos hemos estado “beneficiando” diariamente de una economía construida a base del trabajo de los indocumentados. Son las personas que cuidan de nuestros hijos. Trabajan en nuestros jardines y en la limpieza de nuestras oficinas. Construyen nuestras casas y atienden las mesas de nuestros restaurantes; cosechan los alimentos que comemos.

Cuando pensamos acerca de nuestro defectuoso sistema de inmigración, hay muchas culpas qué asumir. Pero no nos estamos castigando a nosotros mismos ni a las empresas que contratan trabajadores indocumentados; tampoco a los funcionarios del gobierno que desviaban la mirada. Estamos castigando, en cambio, a los sin voz y a los más vulnerables: a los padres de familias comunes y corrientes que vinieron aquí en busca de una vida mejor para sus hijos. A ellos los estamos haciendo los chivos expiatorios de nuestros fracasos como sociedad. Eso no está bien.

Los políticos y las personalidades de los medios dicen que los indocumentados deberían regresar a sus países de origen y “hacer fila” para volver a entrar en este país legalmente.

Eso suena razonable y justo. Pero la realidad es que puede tomar más de 10 años entrar legalmente a este país debido a que nuestro sistema de inmigración es tan deficiente y atrasado. Las “listas de espera” son aún más largas para las personas que quieren entrar desde la mayoría de los países de América Latina.

Así que, en efecto, estamos pidiéndole a la gente que haga una decisión casi inhumana. Les estamos pidiendo que se separen de sus hijos, de sus seres queridos, y tal vez durante una década o más.

¿Es ése el tipo de justicia que queremos? Tenemos que ponernos en el lugar de esas personas. ¿Qué haríamos si nos tuviéramos que enfrentar a ese tipo de elección? ¿Acataríamos esa ley, si eso significara que tal vez no íbamos a volver a ver nunca más a nuestras familias?

Una vez más, si ustedes hablan con estas personas, se les romperá el corazón.

¿Pueden imaginarse lo que es vivir en las sombras de nuestra sociedad, en una especie de “limbo perpetuo”, año tras año, sin gozar de plenos derechos en su lugar de trabajo y sin la posibilidad de planear su futuro?

¿Pueden imaginarse el estrés, la constante incertidumbre, el temor de que un día, sin previo aviso, se queden sin la posibilidad de volver a casa para la cena y que nunca puedan volver ver a sus familias?

Eso es lo que significa ser indocumentado en Estados Unidos. Ese es el rostro humano de nuestra política de inmigración en la actualidad.

Y cuando miren a los ojos de un niño cuyo padre ha sido deportado —y yo lo he hecho— se darán cuenta de qué tan inadecuadas son nuestras políticas.

4. El camino a seguir

De acuerdo. Esta ha sido una plática larga.

He tratado de resaltar tres puntos. En primer lugar, que tenemos que recuperar nuestra percepción de la humanidad de los inmigrantes que están dentro de nuestras fronteras. En segundo lugar, que tenemos que recordar que los hispanos y los asiáticos formaron parte de la estructura étnica original de Estados Unidos y que “pertenecen” aquí tanto como cualquier otra persona. Y, por último, he argumentado que necesitamos más misericordia en nuestra aproximación a los retos que enfrentan los inmigrantes indocumentados.

Permítanme concluir sugiriéndoles algunas indicaciones para seguir adelante.

La primera es obvia, pero tenemos que repetirla. Las personas no dejan de ser nuestros hermanos y hermanas, sólo porque tengan un estatus migratorio irregular. No importa cómo hayan llegado aquí, no importa lo frustrados que estemos con nuestro gobierno, no podemos perder de vista su humanidad sin perder la nuestra.

Por lo tanto, tenemos que resistir las tentaciones del nativismo y de la discriminación. Y tenemos que esforzarnos por tener un discurso y políticas públicos que reflejen nuestra humanidad común y que promuevan la dignidad de la persona humana.

La buena noticia es que el pueblo estadounidense es mucho más compasivo y comprensivo que algunas de las voces más fuertes que estamos escuchando hoy en día.

Existe un amplio consenso en que nuestra nación tiene la obligación de asegurar sus fronteras y de determinar quién entra en el país y cuánto tiempo ha de quedarse.

Hay también un amplio acuerdo en que necesitamos actualizar nuestro sistema de inmigración para que nos permita acoger a los recién llegados que tengan el carácter y las habilidades que nuestro país necesita para desarrollarse.

Incluso existe un amplio consenso sobre cómo tratar a las personas indocumentadas que viven entre nosotros.

Una encuesta Marista solicitada el año pasado por los Caballeros de Colón encontró un apoyo abrumador para concederles un camino generoso a la ciudadanía, siempre y cuando cumplan con ciertos requisitos, tales como aprender inglés, pagar algunas multas y tener un trabajo en el que paguen impuestos.

Así que tenemos un consenso a nivel de la opinión pública en cuanto a reformas migratorias que serían significativas, justas y misericordiosas. Lo que estamos esperando es que los políticos y las figuras de los medios tengan el deseo y el valor de encabezarlas.

Entonces, ¿qué nos toca a nosotros, como estadounidenses ordinarios?

Creo que tenemos el deber de ser los guardianes del ideal estadounidense, ese ideal de una nación concebida bajo Dios y comprometida con la dignidad humana, con la libertad y con el florecimiento de diversos pueblos, razas y creencias.

Amigos míos, yo todavía creo en ese ideal fundacional de Estados Unidos. Y sé que ustedes también creen en él, al igual que millones de nuestros vecinos.

A nivel humano, creo que es importante que conozcamos a nuestros hermanos y hermanas inmigrantes, ya sean documentados o no. Tenemos que encontrar la manera de acompañarlos y ayudarlos.

Y, finalmente, creo que todos nosotros tenemos que tratar de crecer en la empatía y en la compasión, con la gracia de Dios. Tenemos volver más profundos nuestros lazos de amistad y de ayuda mutua.

Necesitamos trabajar para un nuevo Estados Unidos, en el que nadie sea un extranjero. Un país en el que nos encontremos con el “otro” como con un hermano, como con una hermana. Como con alguien que es, tal y como nosotros lo somos, un hijo creado a imagen y semejanza de Dios.

Gracias por escucharme esta tarde.

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