EL VERANO DEL AMOR Y LAS ESTACIONES DE DIOS

By Archbishop Gomez
June 30, 2017
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Estos días, en diferentes lugares de la ciudad de Los Ángeles pueden verse banderas festivas a lo largo de las calles recordando el Festival Popular de Monterey, de junio de 1967.

Hay una exhibición especial en el festival que está teniendo lugar ahora en el Museo L.A. Grammy. Y en toda California, especialmente en San Francisco, se está conmemorando el 50 aniversario del “Verano del Amor”.

Cierto aspecto de la cultura popular estadounidense parece tomar consuelo en la nostalgia, en mirar hacia atrás, hacia el pasado.

En cierto modo, es algo que nosotros hacemos también en la Iglesia.

El calendario de la Iglesia es una serie de “remembranzas”. Recordamos acontecimientos que sucedieron, como la Navidad y la Pascua. Recordamos las fechas en que nacieron los santos o las fechas en las que sufrieron el martirio. Todos los días, año tras año, estamos recordando a los que nos han precedido en la Iglesia.

En el corazón de nuestra memoria está la Eucaristía. Las palabras de nuestro Señor en la Última Cena colocan toda nuestra vida cristiana bajo la luz del recuerdo: “Hagan esto en conmemoración mía”.

Y nosotros vivimos de este mandato; vivimos para llevarlo a cabo.

Para la Iglesia, la memoria es un elemento poderoso y vivo. No es un viaje sentimental. Nunca estamos simplemente mirando hacia atrás y deseando que las cosas sean como solían ser.

Lo que estamos recordando es el “acontecimiento” de Jesucristo: su venida al mundo, su muerte y resurrección para salvarnos.

Para los cristianos, la memoria es siempre una forma de acción de gracias. Damos gracias porque en su misericordia Dios ha “recordado” su santa alianza.

Nuestra memoria es también sacramental y personal. Lo que recordamos —el amor de Dios y su promesa de redención— se hace real para nosotros en la Eucaristía.

Vivimos en una sociedad global y comercializada, y los ritmos de la vida parecen acelerarse más con cada año que pasa. Nos hemos acostumbrado al “cambio” como una característica constante de nuestra existencia.

En el proceso, nuestras vidas parecen volverse más fragmentadas y más aisladas de las de los demás. Tenemos nuestros propios recuerdos o las memorias de nuestro propio “grupo”. Pero tenemos mucho menos recuerdos colectivos que nos unan en nuestra humanidad común, mucho menos memorias que nos ayuden a darle un significado y un sentido a nuestras vidas.

Tal vez por eso nuestra cultura popular y los medios sociales parecen siempre estar tratando de crear un sentido de experiencias y recuerdos compartidos. Facebook incluso tiene una aplicación llamada “Un día como hoy”, que recuerda a los usuarios algo que compartieron en una fecha determinada en años pasados.

Como pueblo que somos, parecemos anhelar siempre la continuidad y la conexión. Así, ahora estamos recordando el “Verano del amor”. Y el próximo año será otra cosa.

Pero lo que el corazón humano anhela no puede obtenerse por medio de campañas de mercadotecnia o de recuerdos fabricados.

Sólo Dios nos puede satisfacer. Lo que el mundo necesita ahora es recordar los hechos poderosos de Dios, la gran historia de su amor en la historia humana.

La remembranza del amor de Dios no es una “fantasía pasajera” ni una “moda”. No hay “verano del amor” en la Iglesia. El amor de Dios abarca todas las estaciones.

Recientemente celebré unas misas para recordar la vida de dos santos de Los Ángeles. El primero fue el venerable obispo Alfonso Gallegos, un sacerdote de Watts que tenía un hermoso ministerio para los marginados y los olvidados de nuestra sociedad. La otra fue la Venerable María Luisa Josefa del Santísimo Sacramento, una refugiada de la persecución religiosa que fundó las Carmelitas del Sacratísimo Corazón, de Los Ángeles.

Esta semana, el 1 de julio, estaremos recordando la fiesta de San Junípero Serra, el gran misionero que ayudó a fundar la ciudad de Los Ángeles.

El Papa Francisco recordó recientemente a San Junípero en Roma. Estuvo hablando del lema del santo: ¡Siempre Adelante!, y dijo: “Creo que esto es un sinónimo de la vocación cristiana”.

Cada santo es una encarnación viva de la promesa de amor de Dios. Cada santo nos habla personalmente y nos dice: “¡Mírame y date cuenta de lo que puedes llegar a ser! ¡Mírame y ve el tipo de persona que fuiste creado para ser!”.

La memoria es parte de la “imaginación sacramental” que nos distingue como cristianos. Como creyentes, sabemos que este mundo es más de lo que podemos ver, tocar o probar.

El pan que comemos en la Eucaristía es más que pan. El vino es más que vino. Los hombres y mujeres santos que estuvieron aquí antes que nosotros son ejemplos históricos para nosotros. Pero son algo más que eso. Son también intercesores y abogados que nos ayudan desde el cielo.

Oren por mí esta semana; yo estaré orando por ustedes.

Nuestra Santísima Madre María nos dijo que Dios recuerda su misericordia de generación en generación.

Pidámosle que nos ayude a proclamar el recuerdo de las poderosas obras de Dios en nuestro mundo de hoy. Que ayude a nuestros prójimos a ver que Dios está en todas partes y en todo, que toda la creación es la historia viva de su amor.

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