LLAMADOS A SER SANTOS

By Archbishop Gomez
May 02, 2014
Source: Vida Nueva
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El fin de semana pasado nos unimos a la Iglesia universal elevando nuestra acción de gracias y alabanza a Dios por nuestros dos nuevos santos, los grandes Papas del siglo XX: San Juan XXIII y San Juan Pablo II.

Su canonización nos muestra que, incluso en una época profundamente secular como la nuestra, el mundo sigue conmoviéndose con el ejemplo de la santidad.

Más de 800 mil personas estuvieron presentes en Roma para participar en las celebraciones, y millones más en todo el mundo las vieron por televisión. Las historias sobre estos dos santos y su influencia dominaron las noticias globales durante más de una semana antes de la canonización.

La Iglesia Católica no “hace” santos. Sólo Dios puede santificar a las personas. Y los católicos no pensamos en los santos como “mini-dioses” o personas perfectas. “La santidad vive en la historia”, dijo San Juan Pablo II en una ocasión, “y ningún santo ha escapado a los límites y condicionamientos propios de nuestra naturaleza humana”.

Los santos son hombres y mujeres comunes y corrientes, totalmente como nosotros. Pero por la gracia y con su propio deseo de santidad, son capaces de vivir una hermosa amistad con Dios, tratando de hacer su voluntad en su vida cotidiana, viviendo con pureza de corazón y con compasión por los demás. Al canonizar a alguien, la Iglesia está reconociendo la obra de la gracia divina en la vida de la persona y en sus virtudes.

En todas las épocas, los santos nos muestran el poder de Dios y las hermosas posibilidades que Dios tiene dispuestas para nuestra vida. ¡Los santos nos muestran que todos tenemos una vocación a la santidad, a ser santos!

De hecho, en la Iglesia primitiva, “santo” era sinónimo de cristiano. San Pablo solía dirigir sus cartas a “los santos” y a los que están “llamados a ser santos”. Para eso fuimos creados, para la santidad, para ser santos.

Nuestros dos nuevos santos amaban la vida y por eso la vivieron en plenitud, la vivieron con los brazos abiertos al mundo y con sus corazones abiertos a Dios. Y cada uno de ellos, a su manera, cambió el curso de la historia de nuestro tiempo.

Cuando leemos los diarios y los escritos espirituales de San Juan XXIII, nos encontramos con un hombre amable, un hombre que vivió la bondad y la paz interior, que tenía un amor sencillo hacia Dios y hacia toda la familia humana.

San Juan Pablo II tenía una personalidad totalmente diferente. Pero así como San Juan XXIII, estaba profundamente arraigado en la fe de su familia y de su país, y motivado por el mismo profundo deseo de Dios.

Nuestros nuevos santos nos mostraron cómo vivir una vida santa en tiempos “impíos”. Nos mostraron cómo vivir en un mundo en el que el conocimiento de Dios se está desvaneciendo, en el que cada vez más personas viven como si Dios no existiera. Nos mostraron lo que debemos hacer para vivir en estos tiempos en los que se olvida o se niega la santidad y la dignidad de la vida humana.

Ellos nos enseñaron que todos compartimos una tarea común, una responsabilidad común por la familia humana. Estamos llamados a dar testimonio de que la vida es algo precioso y de que sólo Dios, el Dios vivo y verdadero, puede satisfacer nuestros deseos humanos de felicidad y amor, de misericordia y de paz.

Todos recordamos cómo San Juan Pablo II mostró misericordia hacia el hombre que intentó asesinarlo. Recordamos cómo fue a la cárcel, a la celda en la que estaba este hombre y le habló y oró por él. Le dijo: “Yo te perdono”. Incluso les pidió a las autoridades que lo perdonaran. Y, finalmente, lo pusieron en libertad.

Este es un hermoso ejemplo para todos nosotros. Todos tenemos que tener más compasión, más comprensión para con los demás, especialmente con los que nos son más cercanos, en nuestras familias, en nuestros vecindarios. Tenemos que perdonar más. Y tenemos que buscar con más diligencia el perdón de aquellos a quienes hemos herido con nuestras palabras y nuestras acciones.

Este es el camino de la paz, el camino de la misericordia. Y este es el camino que nuestros nuevos santos nos enseñan a seguir.

Así que esta semana, ¡oremos unos por otros! Y pidamos la intercesión de San Juan XXIII y de San Juan Pablo II. Pidámosles que oren por la paz en nuestro mundo y por la paz en nuestro corazón.

Y, a medida que seguimos avanzando en este tiempo de Pascua, le pedimos a Dios que nos conceda a todos la gracia de hacer de nuestra vida un camino de amor y santidad.

Imploremos también las oraciones de nuestra Madre María, la Santa Madre de Jesús. Que ella nos ayude a ser siempre conscientes de que nuestra vida tiene un propósito y un destino, de que Dios nos creó para que seamos santos como Él es santo, de que Él nos ha llamado a moldear nuestro mundo de acuerdo a su hermoso designio de amor, y de que Él nos creó para que seamos santos.

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