'MIENTRAS HAYA CRISTIANOS, NADIE DEBERíA TENER QUE SUFRIR SOLO'

By Archbishop Gomez
February 01, 2015
Source: Vida Nueva
featured image


Nota del editor: Las reflexiones del arzobispo para esta semana son una adaptación de la homilía en la Misa de Réquiem por los no-nacidos, celebrada el 24 de enero en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles.

Cada año por estas fechas nos reunimos para rezar por los no-nacidos y para pedir la gracia y el valor de defender la vida.

Encomendamos las almas de estos pequeños inocentes a las manos de nuestro Dios amoroso, para que Él les dé la paz y que su esperanza sea una inmortalidad plena.

Hay muchas injusticias en nuestra sociedad, pero la más fundamental es una que rara vez reconocemos: la rutinaria destrucción de vidas humanas inocentes que tiene lugar todos los días. Por lo tanto, al mismo tiempo que rezamos por las almas de estos pequeños, recemos también esta noche por nuestra ciudad, por nuestro estado y por nuestra nación.

Este problema no es solamente cultural o político; es algo profundamente personal, tanto una cuestión moral, como también espiritual.

Nuestras vidas no son nuestras. Este mundo no es nuestro hogar permanente. Nuestra fe nos dice que en esta tierra somos sólo peregrinos, extranjeros y exiliados. Hay un tiempo y un propósito para todo bajo el cielo. Hay tiempo para nacer y tiempo para morir. Estamos aquí sólo por un corto tiempo y luego nos vamos.

Pero ninguno de nosotros –nadie— tiene derecho a decidir quién puede vivir y quién puede morir ni cuándo ha de llegar ese momento. Queremos controlar todo, pero no podemos. Sólo Dios tiene ese derecho. Sólo Dios, que es el Dueño y Señor de nuestro principio y de nuestro final.

Este es el motivo por el cual el derecho a la vida es el fundamento de todos los demás derechos, y libertades, y el verdadero fundamento de la justicia y la paz en la sociedad.

Porque si el niño en el seno materno no tiene derecho a nacer, si los enfermos y los ancianos no tienen derecho a ser atendidos, entonces no hay una base sólida para defender los derechos humanos de nadie.

Esta semana, al mismo tiempo que recordamos ese trágico día en que la privación de la vida de los no-nacidos fue legalizada en nuestro país, algunos de nuestros líderes aquí California introdujeron una legislación para legalizar la posibilidad de dar muerte a los ancianos, los enfermos y los discapacitados.

Tenemos que rezar y trabajar para que esta legislación, el Proyecto de Ley del Senado 128, no tenga éxito.

No podemos permitir que triunfe la cruel lógica que dice que la vida humana es desechable; la cruel lógica que dice que en algunos casos no vale la pena vivir, que no vale la pena proteger algunas vidas.

La eutanasia y el aborto no son sólo asuntos de fe y religión. Son cuestiones básicas relacionadas con los derechos humanos y con la justicia social. Son cuestiones que tienen que ver con qué tipo de sociedad somos y con qué tipo de personas queremos ser.

Una sociedad civilizada no trata de resolver sus problemas permitiendo que la gente se suicide o evitando que la gente nazca. Y no podemos permitirnos llegar a ser un pueblo que responda al sufrimiento humano eliminando al que sufre.

El Papa Francisco nos dice que: “Todo cristiano tiene el deber de dar testimonio del Evangelio: para proteger la vida con valentía y con amor, en todas sus fases”.

Por lo tanto, pidamos a Dios que nos llene de valor y de una convicción renovada para proclamar este hermoso Evangelio de la vida en nuestra sociedad, para amar y ponernos al servicio de la vida. De toda vida, especialmente de aquellas que necesitan más cuidados, más atenciones, de esas vidas que pueden ser una carga para los demás.

La vida humana es un ciclo. Tanto al principio como al final de su vida, los seres humanos dependen de la bondad de los demás.

Tenemos que hacer del “cuidar unos de otros” el fundamento de nuestra vida como cristianos, y el fundamento de nuestra sociedad.

Hemos de abrir nuestros corazones a los que están sufriendo para cuidar de la persona que vive con un dolor crónico, del discapacitado, de la mujer que está teniendo dificultades con su embarazo, de los enfermos terminales.

Mientras haya cristianos, ¡nadie debería tener que sufrir solo!

Los niños no-nacidos cuyo duelo llevamos murieron incluso antes de que se les pudiera dar nombre. Pero Dios sabe sus nombres, desde antes de la fundación del mundo.

Pidámosle entonces a Nuestra Señora, la Reina de los Ángeles, que rece por estos pequeños y por nosotros. Que Ella nos ayude a honrar su memoria estableciendo una cultura de la vida en nuestro tiempo, para que nadie más tenga que morir por ser indeseado.

Para unirse al movimiento para derrotar a S.B. 128, visite Católicos contra el Suicidio Asistido (http://noassistedsuicideca.org/).

Back to Top