15º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2020

By Archbishop Gomez
San Gabriel Mission
July 12, 2020
Source: Facebook Live


Queridos hermanos y hermanas en Cristo,1

El incendio de ayer fue desolador. Démosle gracias a Dios de que nadie resultó herido. Le agradezco también a Dios esta mañana, por esta oportunidad de orar y de lamentar los daños con ustedes.

El Señor está lleno de misericordia, de amor y de ternura hacia nosotros y sabemos que él enjugará toda lágrima de nuestros ojos, que convertirá nuestro duelo en alegría. Nosotros sabemos esto, creemos en sus promesas.

Pero justo ahora, en estos momentos, nos sentimos tristes por lo que perdimos.

Dentro de esta larga temporada de enfermedad y de muerte que estamos viviendo desde la llegada del coronavirus, ésta es una prueba más, una nueva adversidad. Le pedimos al Señor que nos reconforte y nos conceda el consuelo. Le pedimos que fortalezca y aumente nuestra fe2.

Esta destrucción ocurre ahora que nos estamos preparando para celebrar el 250 aniversario de esta gran misión. Pero este fuego no cambia nada. La Misión de San Gabriel siempre será el corazón espiritual de la Iglesia de Los Ángeles, el lugar desde el cual sigue brotando el Evangelio.

Las raíces de ustedes datan de los inicios de la fe cristiana en California, antes de la fundación de los Estados Unidos. De hecho, ustedes son una de las pocas comunidades católicas de este continente que pueden atribuirse el privilegio de haber sido fundadas por un santo.

Anoche estaba yo rezándole al fundador de ustedes, a San Junípero Serra, y reflexionaba sobre sus palabras y su testimonio. Él pasó todos los días por diversos sufrimientos en su servicio al Evangelio, como todos ustedes bien saben. La primera misión que fundó, la Misión de San Diego de Alcalá, fue totalmente destruida por un incendio en 1775, y un buen amigo y compañero de misión del santo halló la muerte allí.

Y pensé, ¿qué nos diría San Junípero esta mañana? Y recordé su pequeña y hermosa oración: “Llevamos toda adversidad por amor a Ti y a la salvación de las almas. Y que, en nuestras pruebas, sepamos que Tú nos amas como a tus propios hijos"3.

Apropiémonos de esa oración esta mañana, queridos hermanos y hermanas.

San Pablo nos dice lo mismo en la segunda lectura de hoy, en la que nos ofrece este hermoso testimonio:

Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar
con la gloria que un día se manifestará en nosotros.

Ésta es nuestra esperanza, mis queridos hermanos y hermanas. ¡Dios nos creó para la gloria, y no para el sufrimiento ni para el dolor! San Pablo nos recuerda que Jesús viene a liberarnos “de la esclavitud de la corrupción”. Él viene para que podamos compartir la “gloriosa libertad de los hijos de Dios”.

Éste es nuestro destino. Somos hijos de Dios y él nunca abandonará a ninguno de sus hijos. Nuestra esperanza nunca es vana porque siempre está puesta en el Señor.

El profeta Isaías nos dice hoy:

La palabra que sale de mi boca;
no volverá a mí sin resultado,
sino que hará mi voluntad
y cumplirá su misión.

La Palabra de Dios se hizo carne y Jesucristo todavía camina con nosotros hoy.

Cristo no es una figura de un pasado lejano. ¡Él está vivo! ¡Ha resucitado de los muertos! Y podemos percibir su poder en nuestras vidas. Él nos habla aquí y ahora, tal y como les habló a sus apóstoles a la orilla del mar, ahora que lo escuchamos en el Evangelio de hoy.

Jesús nos dijo: “yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”4. Y lo dice en serio. Él tiene siempre puestos los ojos en nosotros. Vivimos en su amor.

Entonces, mis queridos hermanos y hermanas, no podemos ceder a esta tristeza. Tenemos que hacer de éste un momento de purificación y de renovación de nuestra misión: una renovación de la Misión de San Gabriel y una renovación de la misión que es cada una de nuestras vidas.

Y hacemos esto, queridos hermanos y hermanas, cuando renovamos e intensificamos nuestro amor a Jesús y nuestra devoción a su Palabra.

Todos estamos familiarizados con la parábola que Jesús nos narra hoy. Es la parábola del “sembrador”. Jesús está hablando de su propia misión: él es el “sembrador” que sale a sembrar las semillas de su Palabra.

Su Palabra es la verdad, su Palabra es la vida y él quiere “plantar” su Palabra en la “tierra” de cada corazón humano. Él quiere plantar su Palabra de amor en el corazón de ustedes, en el mío y en el de toda persona5.

Así que le pedimos hoy la gracia de abrir nuestros corazones a la Palabra que él quiere decirnos, especialmente a la Palabra que quiere dirigirnos ante este fuego devastador.

La Palabra de nuestro Señor es siempre un llamado a la conversión, a cambiar nuestras vidas. ¡Jesús tiene un plan tan hermoso para nuestras vidas! Él no quiere que pongamos nuestra meta sólo en los objetivos materiales y ordinarios de cada día. Él nos está llamando a un mayor amor, a no conformarnos con nada menos que con la santidad, con nada menos que con la gloria, que es nuestro destino.

Más aún, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de nuestro Señor nos está llamando hoy a la misión.

Somos hijos de Dios porque San Junípero y aquellos primeros misioneros franciscanos respondieron al llamado del Señor y sacrificaron todo para traer su Palabra a esta tierra. Ahora es nuestro turno de asegurarnos de que su Palabra sea proclamada a la siguiente generación. No podemos endurecer nuestros corazones ni distraernos con las ansiedades y tentaciones del mundo.

La verdad es que Jesús nos necesita ahora, más que nunca, para ayudarlo a cumplir sus propósitos para el mundo.

Tenemos que vernos a nosotros mismos —a cada uno de nosotros—, como un pueblo en misión. Como discípulos que comparten la misión del Maestro. La Palabra que hemos recibido, este hermoso tesoro, es algo que estamos llamados a compartir.

Entonces, emprendamos el camino, tal y como lo hizo San Junípero, y proclamemos el amor de Dios, su misericordia, su ternura. Salgamos y proclamemos la santidad y la dignidad de toda vida humana y el hermoso proyecto de Dios para nuestras vidas y para nuestra sociedad.

San Junípero nos diría hoy: “¡Siempre Adelante!”.  Hay que seguir siempre adelante, sin mirar atrás.

Pidamos su intercesión, ahora. Y dirijámonos cada día, como él lo hizo, a Nuestra Señora de Guadalupe.

Que ella nos ayude a abrir nuestros corazones para acoger a Jesús, para permitir que su Palabra habite más profundamente dentro de nosotros y para que produzca hermosos frutos en nuestras vidas6.

1. Lecutras (15th Domingo del Tiempo Ordinario): Is 55, 10-11; Sal 65, 10-14; Rom 8, 18-23; Mt. 13, 1-23.

2. Lc 17,5; Mc 9, 24.

3 https://lacatholics.org/saint-junipero-serra/

4. Mt 28, 20.

5. Lc 8,11; Ef 1,13; Fil 2,16.

6. Col 3, 16.

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