PENTECOSTéS 2020

By Archbishop Gomez
Cathedral of Our Lady of the Angels
May 31, 2020


Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,1

Como sabemos, estamos viviendo en un momento de conflicto y de agitación en nuestra ciudad y en otras ciudades de nuestro país.

Queremos orar juntos hoy por George Floyd, quien fue asesinado esta semana, y por su familia. Y oremos por todos los que están trabajando para poner fin a la injusticia del racismo en nuestra sociedad.

Es una triste verdad que hemos tolerado el racismo por mucho tiempo ya en Estados Unidos. Pero esto no es lo que Dios quiere.

Pentecostés, esta gran fiesta que celebramos hoy, nos muestra la verdad sobre el propósito y el plan de Dios para nuestra familia humana.

Como escuchamos en la primera lectura, durante Pentecostés, en Jerusalén habían hombres y mujeres de “toda nación bajo el cielo”.

Y cuando el Espíritu Santo descendió sobre María y sobre nuestra Santa Madre y sobre los apóstoles, todos comenzaron a hablar en “distintas lenguas”. Y todos los que estaban en Jerusalén en ese tiempo pudieron entender lo que decían, “cada quien en su propia lengua materna”.

Este es el bello sueño de nuestro Creador para la raza humana.

Cuando Dios nos mira, Él ve más allá del color de nuestra piel, o de los países de donde venimos, o del idioma que hablamos. Dios solo ve a sus hijos, a sus amados hijos y a sus amadas hijas.

Pentecostés es el “cumpleaños” de la Iglesia y el primer día de su misión. Y la misión que Dios le dio a la Iglesia es la bella misión de reunir a todos los pueblos de la Tierra en una sola familia de Dios.

Y la misión de la Iglesia, mis hermanos y hermanas, es nuestra misión. La misión de ustedes y la mía. ¡El fuego que empezó en Pentecostés debe seguir ardiendo en nosotros!

Somos llamados a continuar el trabajo de Pentecostés en nuestra sociedad. En el Evangelio de hoy, Jesús le dice a los apóstoles, “Así como el Padre los ha enviado al mundo, así yo también los envío al mundo”.

Jesús nos está enviando al mundo. Él nos está enviando a nuestros hogares, a nuestros centros de trabajo, a nuestros vecindarios. Dondequiera que nos encontremos, Jesús nos está llamando a ser discípulos misioneros.

Y cuando vemos a nuestra ciudad y a nuestro país en este momento, pienso que podemos ver que tenemos una importante responsabilidad para compartir la verdad de que todos somos hijos de Dios, y que Dios ama a cada persona.

Como sabemos, esto es un desafío.

En los eventos de esta semana y de este fin de semana, podemos ver que hay millones de nuestros hermanos y hermanas que todavía son forzados a sufrir humillación y desigualdad solo por su raza y por el color de su piel.

Y así como lo decíamos antes, esto no está bien. Esto no debe funcionar así en Estados Unidos. El racismo es un pecado y niega lo que Dios quiere para la persona humana. Todos lo sabemos.

Pero el camino hacia adelante para todos nosotros es el amor, no el odio y no la violencia. Nada se gana con la violencia y mucho se pierde. Jesús dijo hoy en el Evangelio, “Que la paz sea con ustedes”.

Jesús está enviando a cada uno de nosotros a propagar el mensaje de la paz, de persona a persona, de corazón a corazón. Hoy más que nunca, necesitamos un espíritu para hacer la paz y para buscar soluciones no violentas para nuestros problemas.

La paz que Jesús nos da no es una falsa paz de quienes aceptan la injusticia debido al miedo o para evadir problemas o confrontaciones.

La paz que Jesús nos da es algo que tenemos que construir, algo que tenemos que “hacer”.

Significa trabajar para ayudar a las personas a ver otro punto de vista, a ver el otro lado del argumento. Significa estar siempre trabajando para construir la confianza, para promover el entendimiento, y para alentar el perdón y la amistad.

Es un trabajo arduo, un trabajo desafiante. Y sabemos que no podemos hacerlo sin la ayuda de Dios.

La paz es uno de los “frutos” del Espíritu Santo, en esta gran fiesta del Espíritu Santo, oremos hoy por los dones del Espíritu, por los frutos de Su Espíritu.

En el Evangelio de hoy, Jesús sopló sobre los apóstoles y les dijo, “Reciban al Espíritu Santo”.

Hoy, Él nos está diciendo esas mismas palabras, a ustedes y a mí. Él nos está invitando a abrir nuestros corazones, a recibir Su Espíritu. A recibir el poder de Dios, el amor de Dios.

Cuando permitimos que el Espíritu Santo trabaje en nuestras vidas, entonces vemos toda la bondad y la belleza en el mundo, vemos la imagen de Dios en otros.

Y también adquirimos una nueva compasión, un nuevo sentido de las necesidades de las personas y de sus sufrimientos, y también sentimos nuestra responsabilidad para amar a los demás por el amor de Dios.

De manera que, mis queridos hermanos y hermanas, oremos hoy para recibir al Espíritu Santo y renovemos nuestra conciencia de Su presencia en nuestras vidas.

Y pidámosle en forma especial al Espíritu Santo que nos traiga ese fuego a nuestros corazones y a nuestras vidas para que podamos ser mejores testigos y más fuertes constructores de la paz en estos momentos desafiantes para nuestra sociedad.

También sigamos orando por todos aquellos que están enfermos por el coronavirus y por todos los valientes hombres y mujeres que siguen trabajando para cuidarlos.

Y pidamos por la intercesión de María nuestra Santa Madre, quien es la Madre de la Iglesia y la Reina de la Paz.

Que ella nos ayude a seguir el camino de la no violencia y a encontrar la fuerza para eliminar el racismo de nuestros corazones y para que trabajemos para construir una sociedad por la vida, la libertad y la igualdad para todos.

1. Lecturas: Hechos 2:1-11; Salmos 104:1, 24, 29-31, 24; 1 Corintios 12:3b-7, 12-13; Juan 20:19-23.

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