3ER DOMINGO DE PASCUA

By Archbishop Gomez
Cathedral of Our Lady of the Angels
April 26, 2020


Queridos hermanos y hermanas en Cristo,1

Seguimos en el tiempo de la Pascua, caminando con Jesús en estos días después de su Resurrección. En las lecturas de hoy, escuchamos una vez más, la esperanza que tenemos en Jesús Resucitado.

San Pedro nos dice en la primera lectura: “Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio”.

Esta es nuestra esperanza y nuestra fe.

Seguimos estos días enfrentando una situación muy difícil, incluso después de tantas semanas y, como sabemos, todavía hay muchas personas que están muriendo debido a la pandemia del coronavirus

y sigue habiendo mucho miedo e incertidumbre.

Pero sabemos que el amor de Dios es más fuerte que la muerte. Lo sabemos, porque en este tiempo de la Pascua, celebramos que Dios Nuestro Señor ha resucitado a Jesús de la muerte y le ha dado la gloria.

Pero también sabemos que Jesús nos acompaña, que escucha nuestras penas y que responde a nuestras oraciones. Esta es la promesa que se nos hace en el pasaje que escuchamos hoy en el Evangelio.

Es un pasaje que conocemos bien, los discípulos que iban camino de Emaús.

Creo que todos estamos experimentando en estos días algo semejante a lo que les sucedió a esos discípulos. La situación en la que vivimos sigue estando muy triste, estamos deprimidos y decepcionados y nos cuesta trabajo comprender lo que ha estado sucediendo alrededor de nosotros.

Pero en nuestra tristeza y confusión, Jesús se acerca a nosotros para acompañarnos en el camino, tal y como lo hace con los discípulos en el Evangelio de hoy. Jesús viene para acompañarnos; viene para estar con nosotros en nuestro camino.

Lo primero que pienso que podemos reflexionar es la humildad de Jesús. Hoy lo vemos acercándose a estos discípulos que no supieron reconocerlo a pesar de que seguramente lo acompañaron por mucho tiempo.

Jesús se acerca a nosotros, a pesar de que a veces no sepamos reconocerlo. ¡Cada alma significa mucho para Jesús! Se acerca a todos los que creen en él y nunca nos abandonará.

¡Queridos hermanos y hermanas, Jesus está con nosotros! ¡Necesitamos estar convencidos y tener mucha fe, especialmente en este momento difícil en el que es fácil dudar y perder la esperanza! ¡Siempre tenemos que mantener la confianza de que Jesus está con nosotros!

Jesús pues viene a nosotros en nuestras situaciones difíciles, y tenemos que recibirlo y conversar con él, así como lo hicieron los discípulos de Emaús.

Tenemos que contarle nuestras dificultades y sufrimientos, expresarle todas las preocupaciones y los deseos más personales. Y como ellos lo hicieron, tenemos que abrirle nuestro corazón y dejar que él nos aconseje y nos ilumine.

Me parece, queridos hermanos y hermanas, que especialmente en este momento que estamos pasando y como a los discípulos de Emaús, Jesús nos está llamando a encontrarnos con él, de una manera nueva, en las Escrituras y “al partir el pan”.

Primero, Jesús responde a la ansiedad de los discípulos de Emaús explicándoles las Sagradas Escrituras. También nosotros hemos de encontrar las respuestas que estamos buscando en la Palabra de Dios, en la Sagrada Escritura.

Así como Jesús les enseñó y explico los pasajes de la Escritura nosotros hemos de leer los Evangelios y descubrir los misterios de lo que está sucediendo en nuestro mundo y en nuestras vidas, a la luz del sufrimiento de Jesús y de su resurrección de entre los muertos (2.)

Luego, los discípulos de Emaús le rogaron a Jesús que se quedara con ellos: “Quédate con nosotros, ya que es casi la tarde y el día está por terminar”. Y Jesús se quedó con ellos.

Jesus también se queda con nosotros! Incluso ahora, en este momento en el que sentimos que se acerca la tarde y en que no podemos ver cómo será la mañana. Incluso ahora, Jesús se queda con nosotros.

Y como lo hizo aquella tarde de Pascua en Emaús, Jesús nos invita a sentarnos a la mesa con él.

Y toma el pan en sus sagradas manos y pronuncia la bendición, parte el pan y nos lo da. El amor de nuestro Señor por nosotros se nos revela en los signos sacramentales del pan y del vino.

Él también se nos da a conocer al partir el pan, incluso ahora, que estamos sufriendo porque nuestras iglesias se ven obligadas a permanecer cerradas y en que no podemos recibirlo en el Santísimo Sacramento.

Hermanos y hermanas, de todo corazón, quisiera decirles que comparto su sentimiento por no poder recibir a Jesus en la Eucaristía sacramentalmente en estos días.

Y como ustedes, y junto con mis hermanos sacerdotes, estoy esperando ansiosamente el día en que podamos reunirnos nuevamente para celebrar la Eucaristía en el altar y que todos podamos recibir la Sagrada Comunión sacramentalmente.

Pero Jesús no se ha ido, él no se aleja de nosotros. ¡Está más cerca de nosotros que nunca! ¡Él sabe que lo amamos más que nada en el mundo! Él sabe cuánto anhelamos estar con él.

Y, desde luego, todos podemos recibirlo espiritualmente, muchas veces cada día, rezando la Comunión Espiritual

Dios nos está purificando a través de esta pandemia. Está probando nuestra fe y haciéndonos más fuertes. Y nos está llamando a ser testigos de su amor.

Y así como llamó a aquellos discípulos, nos está llamando a “levantarnos inmediatamente” y a llevar el mensaje de esperanza a nuestros seres queridos y a todas las personas que nos rodean.

Entonces, queridos hermanos y hermanas, al seguir reflexionando sobre la alegría de la resurrección, pidámosle hoy a Jesús que se quede con nosotros, que sea nuestra luz en esta oscuridad.

Que nos explique las Escrituras y que esté con nosotros con su presencia Eucarística y que el fuego de su amor arda en nuestros corazones.

¡Y pidámosle a María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, que nos ayude a perseverar en la oración y a estar siempre llenos de optimismo! (3)  Que ella nos ayude a seguir alegrándonos en la Resurrección de su Hijo Jesús y en la esperanza de la vida eterna.

1. Lecutras: Hech 2, 14, 22-33; Sal 16, 1-2, 5, 7-11; 1 Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35.

2. Lc 24,46–47.

3. Lc 18,1; 1 Tes 5,17.

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