UN AMOR ARDIENTE HACIA LAS ALMAS

By Archbishop Gomez
March 22, 2019
Source: Vida Nueva
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En estas columnas de Cuaresma estoy tratando de estudiar los Evangelios y de reflexionar más profundamente sobre el carácter humano de Jesucristo, sobre sus prioridades y preocupaciones, sobre su forma de pensar, sentir y actuar.

Espero que juntos podamos adquirir este hábito de leer los Evangelios en oración, pidiéndole al Espíritu Santo que nos ayude a conocer a la persona de Jesús con quien nos encontramos en estas páginas y a penetrar en los misterios de su vida. Siempre que leemos “sobre” Jesús, hemos de orar, pidiendo “llegar a ser” Jesús, para llegar a pensar con su mente y a sentir con su corazón; para hacer lo que Él haría.

Hemos reflexionado sobre su humildad y sobre su tierna misericordia hacia los pecadores. Esta semana, nos fijaremos en su deseo de llevar la salvación a los demás; lo que las anteriores generaciones de escritores espirituales llamaban su “celo por las almas”.

Jesús entregó todo lo que tenía en su ministerio, sin límite y sin pensar para nada en sí mismo.

En varios lugares, los evangelios nos dicen que Él estuvo hambriento, sediento y cansado por sus recorridos. Incluso cuando quería descansar, parecía que la multitud no lo dejaba y su amor lo impulsó a seguir adelante, siempre enseñando y alimentando a la gente.

Jesús vivió con un ardiente deseo por la gloria de Dios y por la salvación de las almas. En cada página de los Evangelios podemos ver su compasión, su entusiasmo por compartir el amor de Dios.

Me encanta la historia de Zaqueo, el recaudador de impuestos. Él fue uno de tantos a quienes los líderes justos y religiosos de la época habían calificado como “pecadores” e indignos de su ministerio o de su cuidado.

Jesús ve algo más en Zaqueo: un alma perdida que necesita de salvación, un pecador que está esperando escuchar el llamado para hacerse santo.

Para Jesús, cada alma es importante, cada alma es preciosa. Él no quiere que ni uno solo se pierda.

Su amor es apasionado y personal. Él llora por Jerusalén, siente compasión por las multitudes que se sienten perturbadas y abandonadas. Él es el Buen Pastor que deja a su rebaño para salir en busca de la oveja perdida.

Jesús vino a encender la tierra con el fuego del amor de Dios. Y nos llama, a cada quien a nuestro modo, a ser sus instrumentos para llevar su salvación hasta los confines de la tierra.

Necesitamos desarrollar en nuestros corazones el mismo amor de Él, su mismo deseo ardiente de llevar la salvación a los demás.

El celo por las almas es el amor cristiano en acción. El amor desea lo que es bueno para el otro. Y no hay ningún bien mayor que podamos compartir con alguien que el amor de Dios y su promesa de salvación.

Vivimos en una cultura de un individualismo radical y esto nos puede llevar a pensar que simplemente deberíamos dejar a las demás personas en paz, que deberíamos quedarnos en nuestro propio camino o cuidar de nuestros propios asuntos, según se dice.

Me temo que muchos de nosotros hemos adoptado un tipo de fe “privatizada”, una fe centrada en sí misma, egocéntrica, que no se preocupa demasiado por la salvación de los demás.

No es ésta la manera en la que vivió Jesús y tampoco es la manera en la que Él quiere que nosotros vivamos.

Jesús le preguntó tres veces a San Pedro si lo amaba. Cuando Pedro dijo que sí, Jesús le dijo tres veces que le probara su amor, cuidando de las almas de los demás.

Jesús nos hace esta misma pregunta a ustedes y a mí. ¿Tenemos una profunda preocupación por la salvación de nuestros seres queridos y de nuestro prójimo? ¿Estamos orando y trabajando todos los días para acercar a la gente a Dios?

Si hay 100 personas en nuestra vida, Jesús quiere que nos preocupemos por la salvación de todas ellas, sin excusas ni excepciones.

Para Jesús no hay nadie que sea indigno, nadie que no merezca otra oportunidad. Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Incluso en la cruz, Él estaba trabajando en la salvación del alma del buen ladrón.

Ese es un alto estándar a imitar, pero es importante. Tenemos que orar y trabajar por la salvación de cada pecador, incluso de los enemigos de la Iglesia, incluso de aquellos que cometen o cooperan en los males más graves.

El celo por las almas no significa que debamos ser agresivos, o que tengamos que imponer nuestra fe sobre los demás o hacer ostentación de nuestras creencias.

Compartir el amor que uno siente como hijo de Dios debería ser algo tan natural como respirar. Una sonrisa que es sincera, una buena disposición para escuchar, para tratar de entender lo que los demás están pensando o sintiendo; una actitud alegre, una conversación esperanzadora. Todo esto es un buen comienzo.

Y recuerden, somos sólo instrumentos. Hagan todo lo que puedan por la gloria de Dios y por la salvación de las almas y Jesús hará el resto.

Esta semana, al seguir haciendo nuestro recorrido de Cuaresma, oren por mí y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, que haga crecer nuestro celo por las almas.

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