NACIDOS PARA COSAS MáS GRANDES: DE LA 'CRISIS DEL HOMBRE' HACIA UN NUEVO HUMANISMO CRISTIANO

By Archbishop Gomez
February 06, 2019

Estimados Amigos,

Me siento honrado de ofrecer esta presentación en la Conferencia de los Innovadores Hispanos de la Fe.

Para la reflexión de hoy he elegido un tema que está profundamente arraigado en la experiencia hispana del continente americano.

Aunque es algo que con frecuencia se pasa por alto, los misioneros españoles hicieron importantes contribuciones a la tradición humanista de Occidente. Me refiero con esto a los dominicos Antonio de Montesinos y Bartolomé de las Casas, al franciscano San Junípero Serra, y al gran obispo de Michoacán, el Siervo de Dios Vasco de Quiroga, entre otros.

Al defender la humanidad y los derechos de los pueblos indígenas, estos misioneros hicieron que nuestra comprensión de la Encarnación y sus implicaciones se hiciera más profunda y nos ayudaron a darnos cuenta de la santidad y el destino trascendente de toda vida humana, creada a imagen de Dios y redimida en Jesucristo.

En su famoso sermón de Adviento del año 1511, Montesinos denunció a los colonos por abusar de los nativos, en su implacable búsqueda de oro. Quinientos años después, vale la pena recordar sus palabras:

Dime, ¿con qué derecho o justicia mantienes a estos indios en una servidumbre tan cruel y horrible?... ¿Y qué cuidados tomas para que se les instruya en la religión? Qué, ¿no son hombres éstos? ¿No tienen almas racionales? ¿No estás obligado a amarlos como te amas a ti mismo?1

Hago referencia a estos innovadores hispanos de la fe porque cada uno de ellos enfrentó un desafío histórico en cuanto a la definición y el significado de la persona humana.

Creo que enfrentamos un desafío similar en nuestros días. En muchos sentidos, las preguntas de Montesinos tienen nuevamente vigencia entre nosotros: ¿Qué significa ser humano? ¿Cuáles son las obligaciones que tenemos hacia nuestros prójimos? ¿Qué papel desempeñan Dios y Jesucristo en todo esto?

Sobre eso quiero reflexionar hoy: sobre la “crisis del hombre” de nuestro tiempo, sobre la pérdida del significado de la persona humana.

Abordo estas cuestiones, no como historiador o erudito sino como pastor de almas. Y como pastor, estoy preocupado por la dirección que está tomando nuestra sociedad. Creo que nuestra forma de vida está haciendo que sea más difícil para la gente el encontrar a Dios y conocer el significado de su vida.

Quiero tratar de entender a qué se debe eso y qué es lo que significa.

“La crisis del hombre”

Permítanme empezar por aclarar los términos que estoy usando.

Al hablar de “crisis del hombre” me refiero a una crisis de la naturaleza humana, a una crisis de los hombres y las mujeres, a una crisis de todos nosotros.

Y la crisis que veo hoy es ésta: en nuestra sociedad parece que ya no compartimos ningún entendimiento coherente o común acerca de lo que significa ser un ser humano. Según mi punto de vista, este problema tiene como origen la amplia pérdida de la conciencia de Dios, que prevalece en nuestra sociedad.

Si se hacen las preguntas: ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? Y ¿para qué deberíamos estar viviendo? Creo que ya no conocemos sus respuestas.

Esto se hace más obvio en la creciente difusión del aborto, de la anticoncepción y la eutanasia en nuestra sociedad y en todo el Occidente; en los nuevos y radicales experimentos que estamos haciendo con el genoma y con el embrión humano. Y, por supuesto, lo vemos en la nueva esclavitud de la trata de personas.

Apenas el mes pasado, tres legislaturas estatales abordaron la cuestión de si se debería permitir el aborto, no sólo hasta el momento del nacimiento, sino incluso después de que el bebé ha nacido. Este es un ejemplo extremo de nuestra confusión moral acerca del estatus de la persona humana.

Pero creo que también vemos que esta crisis se refleja en otras áreas que podrían no ser tan inmediatamente obvias, por ejemplo, en los choques entre políticas de identidad y en la persistencia del pensamiento racista en nuestra sociedad.

Lo vemos reflejado en los debates mundiales sobre migrantes y refugiados; en la confusión generalizada acerca del género y la sexualidad humana y en la dramática disminución de las tasas de natalidad en todo el Occidente. Incluso diría que esta crisis es subyacente a la epidemia de opioides y a las alarmantes tasas de enfermedades mentales, de soledad y suicidio en nuestro país.

Tratar de hacer todas estas conexiones es algo que va mucho más allá del tiempo del que disponemos hoy; en lugar de ello, quiero examinar cómo es que hemos llegado a este punto.

La gente ha estado hablando acerca de una “crisis del hombre” al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Se nos olvida que en el siglo pasado, millones de personas fueron asesinadas y generaciones completas se perdieron en gulags soviéticos y campos de exterminio nazis, en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, en genocidios ocurridos en casi todas partes del mundo.

A partir de este oscuro tiempo de matanzas y sufrimientos, surgieron nuevas preguntas existenciales. No sólo sobre el “silencio” de Dios, sino también sobre la falta de humanidad del hombre para con el hombre.

¿En qué se había convertido la persona humana? ¿Hubo alguna oscuridad oculta en el espíritu humano que hizo que cometiéramos actos tan horribles como para llegar a aniquilar a poblaciones enteras, como para que llegáramos a hacer todo lo posible por humillar y destruir a nuestros semejantes?

Creo que es importante recordar que gran parte de la devastación del siglo pasado fue producto de humanismos ateos que se convirtieron en ideologías asesinas.

Los líderes, desde Stalin hasta Mao y más tarde hasta Pol Pot buscaron deshacerse de la “carga” de Dios y crear “un nuevo hombre”, libre de las limitaciones impuestas por la autoridad religiosa. Este fue también el objetivo de Hitler. El nacionalsocialismo, escribió él una vez, “es incluso más que una religión: es la voluntad de crear nuevamente a la humanidad."2

Descristianización y desacralización

Creo que estamos viviendo todavía, de muchos modos, con heridas espirituales no sanadas, derivadas de este período de nuestra historia reciente.

Actualmente, los humanismos ateos se han desvanecido. Pero el proyecto de la clase global de líderes, de crear un mundo sin Dios y de transformar a la persona humana de acuerdo a los dictámenes políticos y económicos, es un proyecto que tiene todavía mucha vigencia.

En este país y a lo largo de todo el Occidente, los creyentes enfrentan ahora la persecución “sutil” de aquellos que quieren expulsar cualquier influencia cristiana que permanezca en nuestra vida política y económica.

Justo en estos últimos tiempos, se han hecho cuestionamientos acerca de los candidatos judiciales que pertenecen a los Caballeros de Colón. Vemos constantes juicios, dirigidos a compañías y organizaciones cristianas de beneficencia, tratando de obligarlas a funcionar de maneras que violan su conciencia.

A eso se debe el hecho de que los obispos de Estados Unidos hayan puesto la defensa de la libertad religiosa como una prioridad clave. Si no somos libres de ordenar nuestra vida e instituciones de acuerdo con la Palabra de Dios, entonces no somos libres de vivir una vida verdaderamente humana.

Pero hoy quiero hablar sobre una amenaza más sutil para la persona humana, que se manifiesta en el creciente “desencanto” y desacralización” de nuestra sociedad.

Creo que es obvio para todos nosotros el hecho de que estamos viviendo actualmente en una sociedad altamente secularizada que no siente necesidad de Dios. Para todos los efectos, vivimos como si Dios no existiera.

Pensamos que no necesitamos que Dios nos ayude a administrar la economía o el gobierno; podemos planear y diseñar todo por nosotros mismos. Somos totalmente autosuficientes. Creemos que podemos confiar en la política o en la ciencia y la tecnología para resolver cualquier problema y para responder a cualquier pregunta.

Y nos hemos vuelto muy buenos en disponer de nuestras vidas. Con nuestra medicina y tecnología podemos ahora controlar las fuerzas de la vida: podemos controlar quién nace y cuándo ha de ocurrir eso. Podemos planificar y controlar cuándo y cómo hemos de morir.

Pero la pérdida de Dios tiene consecuencias aún más profundas. Estamos viviendo actualmente en una sociedad que hace del “bienestar” individual su único objetivo, en una sociedad que no tiene un propósito más importante que el de producir bienes para satisfacer nuestros apetitos personales de seguridad, placer y entretenimiento.

Ya sea que nos demos cuenta o no, todos nosotros estamos bebiendo del espíritu de nuestra época, que es el espíritu de la ciencia y la tecnología, el espíritu de la razón práctica, dirigida a convertir la materia prima de la naturaleza en algo que podemos usar o vender.

La razón es uno de los mayores regalos que Dios nos ha dado. Pero la razón nunca puede separarse de la fe. La razón nunca puede oponerse a nuestra búsqueda de la verdad de Dios y de quiénes somos. Pero eso es lo que sucedió: nuestra sociedad ya no acepta que la razón puede ayudarnos a encontrar a Dios.

Y esto nos está cambiando lentamente, con mucha frecuencia, de un modo que no podemos percibir.

Me preocupa, estimados amigos, el hecho de que nos estemos volviendo prisioneros del “positivismo” de nuestra época. Hemos aceptado un modo de vida que define lo que es real y verdadero solamente en base a lo que podemos verificar con nuestros sentidos o confirmar a través de experimentos científicos.

Eso descarta cualquier posibilidad de que podamos conocer a Dios o de que Dios pueda ejercer cualquier autoridad sobre nuestra vida. ¿Por qué sucede esto? Porque nuestra sociedad dice que no podemos “ver” a Dios o “probar” científicamente que él existe.

Del mismo modo, nuestra sociedad ya no cree en la existencia de valores permanentes o universales como la belleza o la verdad. Como resultado, las declaraciones sobre cómo debemos de vivir o sobre lo que contribuye a una “buena vida” se tratan como creencias irracionales, como opiniones privadas o como meras preferencias personales.

El resultado final de esta forma de pensar es la degradación de la persona humana.

Estamos perdiendo nuestra dimensión religiosa, el carácter sagrado de nuestra personalidad: la verdad de que somos criaturas espirituales creadas a imagen de Dios, nacidas con un deseo interno de buscar la verdad y la trascendencia, un deseo que sólo Dios puede satisfacer.

Una crisis relativa a la Encarnación

Estimados míos, según lo veo yo, la crisis de la persona humana es una crisis relativa a la Encarnación.

Cada época tiene sus herejías. El Papa Francisco ha alertado sobre el regreso del pelagianismo y el gnosticismo en nuestros días. Él tiene razón en eso. Podemos ver estas herejías en muchas áreas de nuestra vida personal, política y económica.

Pero la herejía que subyace a todas las demás es el rechazo de la Encarnación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Como bien sabemos, la Encarnación es el misterio central de nuestra fe. Es el amor de Dios Padre revelado en la venida redentora de Jesucristo, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad. Por el poder del Espíritu Santo, él tomó carne humana en el seno inmaculado de la siempre Virgen María, que es la Esposa del Espíritu Santo y la Madre de Dios.

En su Encarnación, Jesucristo asumió una naturaleza humana, un alma racional y un cuerpo humano y su naturaleza divina y humana se unieron perfectamente en su persona, de manera que él es verdadero Dios y verdadero Hombre, el Hijo unigénito de Dios y el verdadero Hijo de María.

Jesucristo hizo todo esto para traernos la salvación, para hacer posible que la humanidad participara del misterio de la vida de amor de Dios.

Esta es la hermosa verdad de la Encarnación. Es la revelación definitiva de Dios de quién es él y de quiénes somos nosotros como sus criaturas, del potencial divino que tenemos como criaturas creadas según la imago Dei, a imagen de Dios.

De acuerdo a las famosas palabras del Concilio Vaticano II, la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”3. Pero el Concilio también advierte: “por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida."4

Y eso es lo que ha sucedido, según mi punto de vista. Nuestra sociedad ha olvidado a Dios. Ya no cree que Dios se haya revelado a sí mismo en Jesús. Ya no cree en la divinidad de Jesús; es simplemente un hombre más, un filósofo interesante, tal vez, pero tan sólo un hombre.

Está más allá del alcance de esta charla, pero la creencia en la Encarnación, tal como se desarrolló en la Edad Media y en el Renacimiento temprano, moldeó a nuestra civilización Occidental, tanto en las artes, en la literatura, en la ciencia y en la filosofía, y de manera crucial, en nuestra comprensión de la persona y el gobierno humanos5.

Por eso el rechazo de la Encarnación está teniendo consecuencias tan profundas. Vemos surgir ya un humanismo sin Dios, que se está volviendo cada vez más inhumano. Estamos empezando a pensar que si no estamos hechos a imagen de Dios, podemos ser moldeados a imagen de quienes se llaman “dioses” a sí mismos,

Esto se manifiesta en la destrucción y manipulación de embriones humanos, en el ahora tan común aborto de los niños diagnosticados con Síndrome de Down. También se puede ver en algunos de los modos en que funciona la economía global, en la cual, desde las fábricas que explotan al personal, hasta el tráfico de personas, los débiles son utilizados como instrumentos al servicio de los poderosos.

La era secular ha tardado mucho en llegar y hay muchos factores que contribuyen a ello. Pero en muchos sentidos, la herejía de nuestra era es tan antigua como la creación.

A veces pienso que estamos viviendo la tentación original de la serpiente en el jardín del Edén: la tentación de mirar a Dios con resentimiento, de dudar de sus intenciones amorosas para con nosotros; la tentación de querer ser dioses nosotros mismos, dueños de nuestro propio destino, de decidir por nosotros mismos lo que es bueno y lo que es malo. También creo que podemos estar volviendo a vivir la historia de Babel, la historia del primer intento de la humanidad de tratar de usar la razón y la tecnología para construir una civilización sin Dios.

Hacia un nuevo humanismo

Estas son las sobrias realidades que vemos cuando leemos los signos de los tiempos. Pero para el cristiano, la realidad siempre incluye la promesa de Dios, la esperanza que tenemos en Jesucristo. ¡Dios nunca nos deja sin esperanza, incluso en los tiempos que parecen ser más oscuros!

La Iglesia existe para dar testimonio de la esperanza que hay en nosotros, para evangelizar con suavidad y reverencia. La evangelización es la única tarea que Jesucristo le dio a su Iglesia. La crisis del hombre y la globalización de la civilización técnica es lo que complica nuestra misión, pero no la cambia.

Tenemos que examinar los desafíos de nuestro momento histórico (sociales y espirituales, políticos y económicos) y hemos de buscar nuevas maneras, nuevas estrategias para proponer el Evangelio en esta sociedad que ha excluido a Dios y que ha negado el carácter espiritual de la persona humana.

He tratado de empezar ese examen en esta charla hoy. Lo que queda por hacer es sugerir un camino a seguir para realizar la misión de la Iglesia.

En la Iglesia, renovación y reforma significa siempre volver a la fuente. Es decir, volver a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre que por su persona y misión, su vida, muerte y resurrección, nos trae la salvación. Tenemos que proclamar audazmente que Jesucristo revela el rostro humano de Dios y que en su rostro vemos reflejada la gloria que Dios tiene destinada para nuestras vidas.

Para explicar la Encarnación, los primeros cristianos a menudo usaban lo que hoy llamaríamos “eslóganes”. Estos son los tres más importantes, y deberían ser conceptos clave en toda nuestra predicación y enseñanza:

“Dios se hizo hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser Dios” (San Atanasio).

“A todos los que creyeron en su nombre, les dio el poder llegar a ser hijos de Dios” (Juan 1,12).

“La gloria de Dios es la persona humana plenamente viva en Jesucristo” (San Ireneo).

Para los primeros cristianos, éstos no eran sólo dichos bonitos. Expresaban más bien la verdad que Jesucristo reveló y la experiencia viva de aquellos cuyas vidas él tocó.

Mario Vittorino, un filósofo y converso del siglo IV, dijo: “Cuando me encontré con Cristo, descubrí mi verdadera humanidad”6.

El misterio de la Encarnación contiene un profundo humanismo, arraigado en nuestra “deificación” y “filiación divina”. En Jesucristo, descubrimos que nuestra vida humana tiene una vocación divina, que nuestra humanidad está hecha para ser “divinizada”, para compartir la propia naturaleza de Dios. En Jesucristo, descubrimos que hemos nacido para “renacer” como hijos de Dios, como sus hijos e hijas amados.

Desde el principio, la imitación de Jesucristo ha sido la forma básica de la vida y la espiritualidad cristianas. Jesús nos llamó a seguirlo, a pensar con su mente, a amar con su corazón, a vivir de acuerdo a sus palabras. San Pablo dijo sencillamente: “Yo soy imitador de Cristo”.

En esta imitación de Jesucristo, nos damos cuenta de lo que es la plenitud de nuestra humanidad: caminar tras sus huellas, vivir los misterios de su vida, tomarlo verdaderamente como el camino y la verdad de nuestras vidas.

El objetivo de imitar a Cristo es “volvernos como Jesús”, ser conscientes de su presencia dentro de nosotros. “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí”, dijo San Pablo.

Necesitamos recuperar este heroico cristianismo de los santos, que consiste en vivir profundamente los misterios de Jesucristo. Este es el poder que llega a nosotros a través de la Encarnación.

Gracias a que Cristo se humilló a sí mismo para compartir nuestra humanidad, tenemos ahora esta asombrosa posibilidad de compartir su divinidad. Como Cristo es la imagen perfecta de Dios y la imagen perfecta de un hombre, por la gracia podemos compartir su perfección; podemos ser santos como él es santo.

La verdad de la Encarnación es la verdad de que estamos llamados a la santidad, a vivir para la gloria de Dios, a ser santos en medio de nuestra vida ordinaria.

Amigos, esta es la hermosa imagen de la persona humana que estamos llamados a proclamar en nuestro tiempo.

La nueva evangelización exige un nuevo humanismo, basado en la verdad de la Encarnación, en la verdad de la persona humana como imago Dei.

La tarea que implica este nuevo humanismo es la de renovar nuestra teología y exégesis, profundizando nuestra comprensión del misterio de la Encarnación. Implica profundizar en nuestra cristología y mariología, en nuestra antropología cristiana. Implica también una renovación filosófica, es decir, pensar de nuevas maneras sobre la metafísica y la epistemología, así como también sobre las relaciones cruciales entre fe y razón, entre verdad y libertad.

Pero, sobre todo, amigos míos, tenemos que volver al proyecto que San Juan Pablo II nos presentó al principio del tercer milenio: poner todo lo que hacemos en la Iglesia en el contexto de la santidad.

Tenemos que recuperar la conciencia de que fuimos creados por el Dios santo y vivo, y de que este Dios nos invita a ser santos como él es santo, es decir, a amar como él ama. Hemos de recuperar la conciencia de que buscar la santidad es la medida ordinaria de lo que significa seguir a Jesús.

Este proyecto empieza con nosotros, con ustedes y conmigo. No podemos evangelizar si no somos primero evangelizados nosotros mismos. Necesitamos ser testigos y modelos de este nuevo humanismo, es decir, tenemos que vivir la hermosa verdad que proclamamos, tenemos que llegar a ser los santos que estamos llamados a ser.

Para cosas más grandes

Permítanme concluir brevemente como empecé: invocando a una innovadora hispana de la fe. No es muy conocida, pero debería serlo: la venerable María Luisa del Santísimo Sacramento.

La llamaban la “Madre Luisita” y era una carmelita contemplativa que sirvió a los más pobres de los pobres en México en los años 20’s. Fue llevada a la clandestinidad y luego al exilio durante la sangrienta persecución de la Iglesia que hubo allí, la persecución religiosa más violenta que se haya enfrentado en el continente americano. Ella llegó a Los Ángeles en 1927, junto con miles de refugiados de México.

A raíz de la violencia perpetrada en nombre de un humanismo ateo, la Madre Luisita nos llamó a vivir como santos en la vida cotidiana, confiando en la Providencia amorosa de Dios y con nuestro corazón abierto a los sufrimientos de los pobres y los olvidados.

Ella solía decirle a la gente: “Naciste para cosas más grandes”. En esta breve y hermosa expresión, tenemos la verdad de la Encarnación. Y esta es la verdad de nuestras vidas.

Amigos, hay una desesperación oculta que acecha por debajo de las superficies brillantes de nuestra cultura de consumo. Por mucho que tratemos de distraernos y divertirnos a nosotros mismos, por mucho que intentemos adormecer nuestros sentidos por medio del consumismo y del entretenimiento, la gente sabe que le falta algo.

Sabemos que, en último término, nuestra ciencia no puede salvarnos, nuestra tecnología no puede redimirnos. La felicidad que promete la sociedad de consumo no dura; requiere constantemente de alimentarse por medio de una inexorable novedad.

Sólo Jesucristo puede saciar nuestros anhelos más profundos: el de amar y ser amado; el de vivir con alegría y confianza; el de enfrentar la muerte sin temor.

Tenemos que hacer que este mensaje sea el núcleo de la nueva evangelización. El camino hacia adelante es el que nos lleva de regreso a la fuente, a la hermosa verdad de la Encarnación.

Gracias por darme esta oportunidad de desarrollar algunas de estas ideas. Espero con gusto nuestra conversación sobre el tema.

1. Citado en Lewis Hanke, La lucha española por la justicia en la conquista de América. [The Spanish Struggle for Justice in the Conquest of America](Little, Brown, 1965 [1949]).

2. Mark Greif, La era de la crisis del hombre: pensamiento y ficción en América, 1933–1973 [The Age of the Crisis of Man: Thought and Fiction in America] (Princeton, 2015), 6.

3Gaudium et Spes, 22.

4. Gaudium et Spes, 36.

5. Patricia Ranft, Cómo la doctrina de la encarnación moldeó la cultura occidental [How the Doctrine of the Incarnation Shaped Western Culture] (Lexington, 2012).

6. Antonio López, Iluminando el misterio del hombre: Gaudium et Spes cincuenta años después [Enlightening the Mystery of Man: Gaudium et Spes Fifty Years Later] (Humanum, 2018), 48, n. 4.

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